La “Gira descomunal Villa Clara con todos”, según consta en la fundamentación del proyecto, recibió el nombre como tributo a la novela Jira Descomunal, de Samuel Feijóo. Constituyó, para el sector de la cultura, el plato fuerte en el programa de extensión del recién concluido verano. Iniciativa loable, sin dudas, aunque me sienta obligado a un cuestionamiento inicial.

Si se quiso parafrasear el texto feijosiano, ¿por qué no ser fiel plenamente a nuestro gran folclorista y denominarla jira en lugar de gira? Doy por descartado el prurito ortográfico, porque según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), ˂jira˃ significa: “Banquete o merienda, especialmente campestres, entre amigos, con regocijo y bulla”. Por otra parte ˂gira˃ denota: “Serie de actuaciones sucesivas de una compañía teatral o de un artista en diferentes localidades”.

Esa avalancha de expediciones recién concluidas benefició a 36 poblados de los 13 municipios de la provincia. 288 actividades integraron su repertorio y, en efecto, si nos atenemos solo a lo evidente, tuvo más de gira que de jira. No obstante, mucho de jira tuvo también, porque devino banquete para esa otra hambre —del espíritu— que nos reseñara Onelio Jorge Cardoso, otro clásico villaclareño.

Fue un megaproyecto, realmente, descomunal, no solo por la connotación cuantitativa del adjetivo, sino por la hondura y diversidad de sus propuestas. Su más apreciable propósito, con algunas ganancias: rescatar de las garras de la banalidad acechante (casi omnipresente) a un público pocas veces tocado por ofertas de excelencia.


Las artes aportaron color, sabor y saber al aire de esos poblados. Foto: uneac.cu


Celebro la idea, celebro el esfuerzo, la celebro y le canto a ella misma, pues implicó destinar recursos al noble propósito reivindicativo de llegar hasta espacios en desventaja. Con nueve puntos de diez posibles califico la aventura, que espero sea próspera y sostenible.

Me concentro en el elogio: la música —bailable y de concierto—, la danza, el libro y la literatura, el teatro —para niños y adultos—, las artes plásticas, el cine y el circo aportaron color, sabor y saber al aire de esos dormidos poblados donde —cito con deleite a Eliseo Diego— la demasiada luz forma otras paredes con el polvo.

Mucho me complace que los encuentros se concibieran sin el paternalismo reductivo de enfrentar a los pobladores solo con expresiones afines a sus gustos, preferencias y carencias culturales, aunque tampoco transcurrieran de espaldas a ellas.

En virtud de esa lógica, se combinaron entregas de lo más refinado con otras de corte popular. Un rápido pase de lista incluiría a los grupos de teatro la Rosa, Drippy, Alánimo y Guiñol de Santa Clara; las compañías Danza del Alma, Danza Baila Cuba, Abbó Aché y Oché; el conjunto Elizabeth y Razones; una exposiciones de artes plásticas, la banda de conciertos, trovadores, historiadores, poetas, periodistas y narradores, con sus  correspondientes libros.

Las de corte popular tuvieron el protagonismo en bailables con las orquestas: Alejandro y sus Ónix, La Hermandad, Rivalta y su Guararey, Grupo Condado, Son Aché, y Guzmán y su Poder Latino; pero también impactaron favorablemente: Los Charros del Centro, magos, payasos, filmes en 3D, y el volumen de décimas de humor (grueso y escatológico) Decimerón.

La concentración de procesos artísticos en espacios citadinos constituye, a mi entender, una de las disfunciones que el enorme entramado estructural puesto en función de la cultura no ha podido superar con la extensión e intensidad deseadas. A lo largo de la historia cultural de varias décadas, en Villa Clara —y también en otras provincias— no han faltado iniciativas exitosas encaminadas a borrar algunas desventajas adyacentes al fatalismo geográfico: Los Colines, de Ramón Silverio; El Caballero andante, del Centro Provincial del Libro y la Literatura; La Cruzada Literaria, del Sectorial de Cultura de Manicaragua; los festivales del libro y de cine en la montaña, entre otros, apuntaron sus flechas a esas dianas y la mayor parte de las veces dieron en el blanco.

Un detalle sumamente relevante de esta gira es que buceó en lo más desdibujado de lo que llamo “el interior del interior”, pues se saltó el escalón de las cabeceras municipales, donde la densidad de instituciones es superior, y enfiló su propuesta hacia poblados que antes fueran municipio y perdieron esa condición; también a otros que nunca fueron más de lo que son, a los bateyes de centrales desactivados y a comunidades donde el diablo solo ha dado dos voces y pocos oyeron.

Una gira que desafía los horrendos calores estivales y, para mayor inquietud, se autocalifica descomunal tiene que ser empresa de románticos realistas. Es muy probable quela mayoríade los escritores y artistas involucrados sintieran, en alguna medida, el ímpetu de lo fundacional, la emoción de quien abre, para otros, nuevas puertas a través de las cuales atisbar, con más luces, la realidad. Insisto en que, dentro de la larga práctica de expansión de la cultura en nuestro país, no asistimos a una experiencia nueva, pero si tenemos en cuenta la discontinuidad que caracteriza a estas avanzadas, cada nuevo contacto ilumina por primera vez muchos espíritus.

Bien sabido es que el proceso de globalización neoliberal propone la extinción de las identidades. El utópico viaje de las periferias al centro es un tránsito de absorción y disolución de los rasgos que tipifican a las comunidades: la urbe desbordada por los cinturones de pobreza es el modelo de convivencia que esa tendencia ha conseguido; las matrices simbólicas de las distintas capas que se les agregan a esas metrópolis solo tienen como opciones subsistir mediante acciones de resistencia o aceptar la nivelación aplanadora que termina borrándolas.

El gran aporte de intervenciones como esta gira descomunal consiste en invertir ese proceso: el viaje se realiza desde el centro hacia las periferias. Además combina en sus ofertas el lenguaje de una alta cultura (pensémosla, pese a todo, hegemónica) con el de las expresiones tradicionales que se consumen en esos asentamientos. El nivel de interacción entre unos modos y otros cuenta con el respaldo de una política educacional y cultural que durante décadas elevó el nivel de los pobladores.

Por lo antes dicho, pese al dispar nivel de receptividad de las manifestaciones, considero que no se tiraron al vacío los recursos puestos en función del proyecto. La selección de los exponentes fue cuidadosa y equilibrada. No hay dudas de que se gestó una oferta de rigor. Y Aunque no podemos aspirar a que la presentación de un libro convoque tanto como un bailable, seguramente algún saldo dejaron los intercambios con escritores en determinados sectores que —se podría decir— por fortuna existen hasta en lo más intrincado de nuestros montes.

Como resultado más apreciable, consigno que los beneficiarios recibieron con gratitud, y reciprocaron efusivamente, cada entrega.

Voto entonces, porque esta gira no constituya un hito ocasional. Experiencias así aportan nuevos sentidos al principio de que la cultura es patrimonio de toda la nación. Y concluyo —romántico realista también— sugiriendo que gire la jira el próximo verano. Y que siga descomunal.