Si un lector interesado buscara, por pura curiosidad o por empeño académico, los inicios de la entrañable relación entre fotografía y ciudad, encontraría, sin falta, que la misma surgió casi con el invento del daguerrotipo. Por el París de 1838, recorriendo sus calles infatigablemente, Daguerre daba a conocer su invento a cuantos quisieran, a la par que tomaba imágenes de la mítica ciudad (aún existen varios ejemplares de aquella serie de imágenes, según la historiadora de la fotografía Marie-Loup Sogues). Ese fue el comienzo.

Desde luego, había entonces que operar el daguerrotipo sin que apareciesen en el encuadre personas o animales, pues cualquier movimiento físico echaba a perder la imagen. La ciudad sin habitantes se prestaba perfectamente para tales esfuerzos icónicos, pero desde luego, una urbe sin sus habitantes es un esqueleto vacío, habría que esperar un tiempo para poder obtener mejores escenas citadinas. Como es sabido, la imagen en movimiento no resultó ser problema alguno poco después, con los acelerados avances tecnológicos al servicio de la fotografía.
 

Ernesto Javier Fernández Habana, 2014, detalle (impresión digital, acrílico, leds)
 

En consecuencia, cualquier libro de historia de la fotografía (y existen decenas de ellos) consigna que esta pareja inició sus relaciones bien temprano en la historia de las imágenes construidas por el ser humano. Además, y esto es esencial, las dos, fotografía y ciudad, están hechas de tiempo, un vínculo indisoluble como concepto, son vasos comunicantes.

En el caso particular de La Habana, la primera imagen conocida, tomada por una máquina de hacer daguerrotipos, antes que un paisaje o un retrato, corresponde a una ventana, es decir, un fragmento de edificación. A seguidas, se registraron diversos espacios de la ciudad colonial. Con el decursar de los años se pudo apreciar que la capital de Cuba era (es), por donde quiera que le apreciase, una ciudad muy fotogénica. Las ciudades portuarias por lo general lo son. Obviamente, la conservada huella del siglo XIX (y anteriores) otorgaba a La Habana un sello de antigüedad flotando en el presente, que provocaba las mayores incitaciones para las imágenes. La historia de nuestra isla y su creciente papel en la geopolítica mundial a partir de 1959 dimensionó extraordinariamente ese potencial visual.

A este recuento, que realizo a vuelo de pájaro (y de un ave muy veloz, por cierto), habría que añadir la calidad y el talento de los fotógrafos que registraron el testimonio gráfico de la ciudad. Este es un elemento clave dentro del tema que nos ocupa, pues Cuba ha tenido la suerte de ser favorecida por la alta concentración de buenos fotógrafos, con nivel de artistas del lente, que han nacido en su tierra y también, no menos importante, por la arribazón de fotógrafos de otros países que han acudido a la isla a obturar el lente de sus cámaras. Un recorrido somero ofrecería nombres de reconocimiento tanto local como internacional: Charles D. Fredricks, Charles E. Doty y Walker Evans entre los primeros visitantes, y de los nacidos en el país estarían, haciendo una operación de síntesis muy cerrada, Adolfo Roqueñí (el pionero de todos), José Manuel Acosta, Constantino Arias, José Agraz, Tito Álvarez, Osvaldo y Roberto Salas, Pedro Abascal, Nelson y Liudmila, y Alfredo Sarabia (hijo), entre muchos otros.

Pero si hablamos de las últimas décadas, habría que afirmar que la ciudad de La Habana ha disfrutado de un protagonismo temático en el quehacer de nuestros fotógrafos. El arte contemporáneo, sus principios y coordenadas han jugado aquí un papel esencial. Esto fue un proceso lento y farragoso al inicio. Téngase en cuenta que todavía por la segunda mitad de la década de los 70 del siglo XX la fotografía en nuestras universidades no era considerada como una de las bellas artes. De manera que cuando se revirtió esa situación y la fotografía comenzó, años después, a ser reconocida como una más de las artes visuales y se organizaron simposios, se creó la Fototeca de Cuba y entró en el circuito de exposiciones, todo cambió radicalmente. Con la fotografía artística, más allá de la esencialmente fotorreporteril, la ciudad cobró mayor presencia icónica. En lo adelante enfatizaré en ese arte posmoderno, sus eventos y los libros de fotografía.

Asociado a una tendencia folclorista de pobre empaque, se desató en las décadas más recientes la fotografía (y los libros que las contenían) de zonas ruinosas de la ciudad, que no son pocas, y de los inmortales automóviles norteamericanos de los años 40, 50 y 60, nuestros inefables “almendrones”, como si no hubiese otra imagen interesante que registrar del presente habanero. En esa tendencia hubo de todo, arte genuino y fotografía turística o de viajes; muchas veces, en el segundo caso, sin mayores merecimientos en cuanto a la calidad de las imágenes. Hubo hasta una teorización que vinculó el fenómeno ruinoso a los saldos político-económicos del proyecto cubano, lo que implicaba obviamente a la fotografía con la política. Lo cierto es que, con mucha frecuencia, resulta difícil encontrar entre los numerosos libros de imágenes publicados durante estos años, fotos que puedan ser consideradas de valores artísticos y no meras postales de viaje trasuntadas con esa idea de manipulación política.

Añado a esto que la sociología visual, la disciplina que en el mundo se ha establecido para el análisis académico (ciencias sociales quiero decir, no la academia de arte) de las imágenes, en Cuba ha tenido muy poca asimilación en las universidades e institutos de investigación. De manera que el instrumento científico que debiera examinar nuestra visualidad, no ha tenido el debido desarrollo. Así, el arte es el que se ha encargado de tomar las riendas en los asuntos de la iconicidad y, junto con él, su pensamiento acompañante, es decir, la crítica, los estudios visuales y la historia del arte.

Numerosas exposiciones se han realizado sobre el tema fotografía y ciudad en los años más recientes. Sin embargo, me detendré en dos que me parecen de las más importantes. La primera, “Crosscurrents/Gegentromungen”, organizada en 2004 en la galería Refugium, de Berlín, Alemania, la que se hizo como parte del gran evento parisino “Mois de la Photo”. En ella prevalecieron la intención documental, los tonos en blanco y negro, la mirada curiosa del fotoperiodismo, pero, sobre todo, se destacó la mirada introspectiva de sus imágenes. El discurso curatorial pretendió (y lo logró) mostrar los cruces e interacciones entre las imágenes de la realidad y la imagen que la gente tiene de esa realidad. De esta suerte, hubo imágenes que dialogaron fluidamente con el espectador, mientras que otras mostraron un discurso conceptual más posmoderno. El Malecón habanero, la Plaza de la Revolución, el hospital siquiátrico (antiguo hospital de Mazorra), fueron registrados como espacios vitales en los que concurren problemas sociales latentes como la racialidad, la marginalidad, la participación popular en las actividades políticas, la sexualidad y otros. Cristóbal Herrera, Nelson Ramírez de Arellano y Liudmila Velazco, Katia García, Pedro Abascal, Raúl Cañibano, Alfredo Ramos, Jorge Luis Pupo, entre otros, sobresalieron en la exposición.

Dos años más tarde, la muestra “La ciudad y la fotografía. La Habana 1900-2005”, la más importante de todas a mi juicio, y la más centrada en el tema, expuesta en la galería El reino de este mundo, de la Biblioteca Nacional José Martí, como parte de la Novena Bienal de La Habana, reunió a importantes artistas como René Peña, Pedro Abascal, José Manuel Acosta, José Agraz, Juan Carlos Alom, Joaquín Blez, Alberto Díaz (Korda), Eduardo Muñoz Ordoqui, entre los cubanos de distintas generaciones, y los extranjeros Craig Barber, Micaela Cibulkova, Jack Mc Donald y Moritz Neumuller, entre otros. Un total de 46 artistas concurrieron en la exposición que llamó la atención de públicos y crítica. La ciudad fue mostrada desde sus increíbles, misteriosos y recoletos ángulos, evidenciando sus mágicas incitaciones visuales, a la vez que como espacio testigo de placeres y dolores, alegrías y sufrimientos de sus habitantes. Registró esta muestra una ciudad desde las perspectivas cronológica, sociológica, historicista, incluso biográfica y desde su intimidad más cerrada. En fin, una ciudad plural, ecléctica y ecuménica como lo es La Habana.

El arte cubano y la fotografía en particular han puesto de relieve a la ciudad como una de las grandes creaciones colectivas de la Historia (con mayúscula). Es a los creadores fotográficos a los que se deben las atinadas miradas sobre La Habana. La ciudad no es un simple escenario habitable, sino un espacio en el que coinciden y se imbrican actividades sociales, económicas, políticas y culturales con concepciones estéticas, formas de entender el urbanismo, la convivencia y comunicación entre sus habitantes y el arte. La ciudad es el telón de fondo en el que se debate y realiza la vida de los seres humanos y ese espacio vital ha tenido en los artistas a los gestores de un imaginario espléndido.
 

Ernesto Javier Fernández Habana 2014, detalle (impresión digital sobre acrílico transparente y leds)
 

No existe la ciudad ideal (por más que ciertas encuestas turísticas nos ofrezcan anualmente a “ciudades maravillas”), sin embargo, sí existen imágenes extraordinarias que hacen vivir más allá de su propia existencia a las ciudades, al tiempo que las transmutan y trascienden. La fotografía cubana actual da continuidad a esa preocupación permanente del arte por la ciudad, ese espacio desarticulado que precisa de las imágenes para su correcta apreciación.

Hoy las ciudades son depósitos de energía y violencia, de vitalidad y depresión, escenarios que se desequilibran entre el crecimiento sostenido de sus habitantes y la torpeza, incapacidad e indolencia de las administraciones que tratan de ordenar la irracionalidad de la vida moderna. La Habana no es la excepción. En este contexto hay obras fotográficas que se convierten en pequeñas utopías, formalizando ansiedades colectivas y emergencias sociales, así como hay otras que solo buscan la crítica social del entorno urbano desde sus imágenes impactantes. Entre unas y otras existen las imágenes que persiguen el fragmento citadino pleno de belleza visual, diríamos que son las menos o quizá las menos importantes, pues para todo artista consciente en el presente es la obra de arte, incisiva y cuestionadora, la única que merece la atención de la crítica y de las corrientes internacionales del arte; el arte como proceso de investigación sociológico. Como ya se ha expresado por algunos autores, el arte posmoderno ha tratado de crear un contrapunto iconográfico a la realidad que rodea al hombre desde una finalidad cognoscitiva de carácter emancipatorio.

Achille Bonito Oliva, a propósito de una frase de Ingres (“Se dice que es necesario acomodarse a los tiempos, pero ¿por qué motivo, si los tiempos están equivocados?”), expresó hace años que del conflicto del arte con las convenciones nace la rehabilitación de la historia y la neo-historia, una reflexión que me resulta muy pertinente para cerrar este texto. Fotografía y ciudad serán siendo, pues, un dúo genitor de fuertes imágenes de indagación sociológica a la vez que de fascinante imaginación, de creación de una narratividad que trasciende la historia más pedestre. Apostemos a ello.