Polémico, audaz y con un pensamiento descolonizador que atraviesa toda su obra ensayística y literaria, recuerdo a Leonardo Acosta como el hombre con quien se podía hablar de cualquier tema y salir enriquecido con su erudición lejana a la pedantería y de raigambre muy cubana.

Lo conocí en la década de los 80 en un bar nada elegante del Vedado. Me lo presentó el entonces oboísta de la Orquesta Sinfónica Nacional, Amado del Rosario, quien trabajó esporádicamente con él en el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC.


 

Enseguida comprendí que me encontraba ante un ser excepcional, capaz de discutir sobre literatura, cine, y sobre todo, de música, pues a esta última manifestación artística dedicó la mayor parte de su vida y de su tiempo.

Cuando en 2007 se le otorgó el Premio Nacional de Literatura, algunos murmuraban que Leonardo solo tenía dos libros para demostrar sus dotes como escritor: Paisajes del hombre, de narrativa, y el cuaderno de poemas El sueño del samurai.

No comprendían los que así hablaban que la vasta obra ensayística de este autor —un devoto, entre otras cosas, de Alejo Carpentier—, no era la de un musicólogo más, sino la de un experto en el arte de convertir sus palabras en algo más que un instrumento de comunicación.

Quizás Leonardo Acosta pudo desarrollar tantas tesis como musicólogo porque era también un instrumentista de larga experiencia. Su saxofón había figurado en la década de los 50 en orquestas tan descollantes como la Riverside o la banda gigante de Benny Moré. Y junto al pianista Frank Emilio había aprendido cómo aplicar la armonía a la improvisación del jazz.

Sus viajes a Nueva York lo pusieron en contacto con las más grandes cumbres de ese género musical, como Dizzy Gillespie o Miles Davis, y su innata lucidez le permitió desentrañar las relaciones ocultas entre lo que hacían los norteamericanos y los cubanos con los que le tocó compartir experiencias inolvidables.

Quizás fue el jazz su gran pasión. En 1958 inauguró el Club cubano de esa manifestación, y dedicó varios tomos a su estudio, mezclando en ellos la Sociología, la Antropología y la Literatura, porque Leonardo sabía muy bien lo que aportaban estas disciplinas a la obra que nos legó.

Según el especialista Jesús Gómez Cairo, el de Acosta es un enorme legado, “primero como músico práctico; como instrumentista tuvo una larga trayectoria y después, desde la música misma se convirtió en un investigador profundo que a lo largo de años fue desarrollando una obra musicológica de gran envergadura, esencialmente sobre temas de la música cubana”.

Es por ello que en 2014 se le confiere el Premio Nacional de Música, convirtiéndose de ese modo en el único hombre de la cultura cubana que reúne dos premios tan disímiles aparentemente (el de Literatura y el ya mencionado de la Música) pero que, en su caso, están plenamente justificados.

Conversar con él, ya lo he dicho, era un placer. Pero también un peligro, porque sus argumentos desafiaban las ideas preconcebidas para sumergirse en una profundidad a la que no todos podíamos llegar.

A Leonardo también le debemos las bandas sonoras de largometrajes y documentales, una bibliografía que ronda la veintena de libros y, sobre todo, el andamiaje de un aparato conceptual que pocos de los musicólogos del llamado Tercer Mundo poseen.

En este sentido, resalto una vez más la labor descolonizadora de este ensayista, que fue también un apasionado de la descolonización.

En sus últimos años apenas salía de su casa, y como yo no era una amiga íntima me perdí sus comentarios sobre esta época que estamos viviendo, donde el humanismo parece ceder el paso a una posmodernidad confusa en la que vale todo. Creo que él tendría las suficientes preguntas y respuestas para un diálogo esclarecedor.

Lástima que ya no volveré a hablar con él. Pero, en todo caso, me quedan sus libros y el recuerdo de aquel primer encuentro donde me deslumbró para siempre con sus apabullantes opiniones sobre todo lo humano y lo divino.