Estamos en el lugar donde yo he vivido desde que tenía un año. Todo este espacio que rodea al City Hall —dice Eugenio mientras echa un vistazo a través de las puertas del cuartel general de Teatro Caribeño— eran placeres yermos. En San Pablo número 415 estaba mi casa, en medio de una barriada del Cerro que siempre ha permeado mi vida. Tuve una educación muy rígida: desde los cinco años empecé a asistir a un colegio protestante, el Adventista del Séptimo Día, y bajo esa misma religión fui bautizado con 12 años. Por otra parte, existía una contradicción religiosa muy fuerte en mi vida. Si por una parte yo asumí una religión, por otra mi familia era muy heterogénea desde el punto de vista cultural y de creencias. Mi padre era blanco y mi madre, negra, y entre ellos el color no tenía trascendencia, puesto que ambos eran pobres y, por tanto, pertenecían a la misma clase. Mi tía por parte de madre era santera, y hubo dos mujeres que me criaron que eran espiritistas. Creo que hubo algo excepcional en mi crianza, pues jamás nadie me exigió adherencia alguna a determinada fe, siempre tuve la posibilidad de elegir.

Eugenio Hernández Espinosa
Fotos: Cortesía Alina Morante


Cuando yo iba con mi padre y mi tía Julia a las sesiones espiritistas, me parecía como si estuviera en un teatro. Yo miraba todo sin prejuicio, por ejemplo, veía que entraba un personaje ─poseído─ y todo era muy normal para mí. Así me fui nutriendo de este mundo desde el punto de vista cultural, no religioso. Por otra parte, la Biblia se convirtió en mi libro de cabecera; con la guía de mi pastor, yo la leía completa cada año y después me entregaban un certificado. Para mí fueron impresionantes las historias del Antiguo Testamento, porque eran unas historias llenas de contradicciones. En mi casa, mi familia también me enseñó conceptos como la verdad, la justicia, la esclavitud y su papel en la Historia de Cuba, aunque a veces de manera empírica yo pude aprehender estas ideas.

Comencé entonces a desarrollar una angustia, debido a mi deseo de apresar lo que me era enseñado en casa y unirlo de manera orgánica a todo ese conocimiento que debía a la Iglesia. Aquello derivó en un gran conflicto para mí, que curiosamente coincidió en el tiempo con el Golpe de Estado dado por Batista. En aquel entonces, yo me reunía en este barrio con personas que pertenecían a la Juventud Socialista Popular, lo que se convirtió en otra de mis influencias culturales.

Poco a poco, fui entendiendo que el Paraíso como concepto no era aquel lugar celestial que se enseñaba en la Biblia, sino uno terrenal donde el hombre vive activamente. Fue entonces que me hice miembro de la Juventud Socialista y renuncié al Protestantismo. En la Juventud, algunas de mis tareas eran pintar paredes en contra de Batista, y en aquel acto conocí verdaderamente el sentido de riesgo, del compromiso que entraña el acto de escribir. Imagina que si me descubrían podían matarme al momento, o torturarme porconspiración.

Entonces, si yo bajo el régimen de Batista pude ser veraz, y escribir lo que para mí era la justicia, entonces, dentro de la Revolución, una vez que triunfó, ¿qué podía impedirme seguir siendo fiel a mi sentido de la verdad? Y eso hice. Por eso me convertí en un crítico de actitudes parásitas dentro de nuestra sociedad, como el oportunismo, el dogmatismo, la corrupción… y creo que eso caracteriza mis obras, son especialmente críticas con las cosas que pienso que deben cambiar.Incluso, quienes se han opuesto a mis obras me han servido, hasta cierto punto, de estímulo. Si hubieran pasado sin levantar polémica—recordemos que Calixta Comité fue censurada y también María Antonia tuvo fuertes detractores—, hubiera sido una prueba de que me había equivocado al reflejar esos mundos. Pero no, las oposiciones han tenido para mí el significado de que he trasmitido con mis obras cosas verdaderas. Mi única arma para el cambio han sido mis creaciones, con ellas he pretendido siempre ayudar a limpiar, para que las cosas sean claras y diáfanas…Para mí es de vital importancia ser auténtico y fiel a uno mismo, es lo que le pido siempre a mis actores: que lleven adelante su verdad.

Mi única arma para el cambio han sido mis creaciones, con ellas he pretendido siempre ayudar a limpiar, para que las cosas sean claras y diáfanas.

Además de mis influencias familiares y religiosas, algo que marcó mi vida —y siempre lo digo— fue mi entrada al Seminario de Dramaturgia. Antes del triunfo de la Revolución yo escribía obras de manera empírica junto a quien fuera luego también dramaturgo, y que por entonces era mi compañero de estudios, Reinaldo Hernández. Ambos estudiábamos Química en la Escuela de Arte y Oficios. Recuerdo que en el laboratorio, en lugar de hacer lo orientado, nos poníamos a dar taller a todo lo que escribíamos. Durante ese tiempo escribí varias obras: El pequeño Herodes estaba inspirado en el asalto al Palacio Presidencial, en la obra Herodes era Batista; también de ese tiempo es Adiós Mañana,piezasobre una familia pequeño-burguesa donde prima la crítica a la doble moral…De esas obras yo no tengo copias, quien único pudiera tenerlas es Rogelio Martínez Furé, a quien yo se las daba siempre para que las leyera. Fue entonces que se abrió la convocatoria del Seminario de Dramaturgia en el Teatro Nacional. Primero hubo dos cursos preparatorios; recuerdo que fue Mirta Aguirre, que también daba clases allí, quien me dijo: “Usted está seleccionado para estudiar Dramaturgia, pero no puede estar trabajando”.Sí, porque a los estudiantes se les pagaba una mensualidad para que se dedicaran de lleno a los estudios, y no era una cantidad despreciable para la época: cien pesos mensuales —ahora serían más de 800 pesos—.


 


Estudié junto a Gerardo Fulleda León, Miguel Collazo, Tomás González, José Milián, René Fernández…un sinfín de dramaturgos importantes hoy.El claustro, por su parte, era excelente; teníamos profesores cubanos y también de México, Uruguay, Argentina, Italia…Ya mencioné a Mirta Aguirre, pero también tuvimos a Roberto Fernández Retamar, Osvaldo Dragún, Wanda Garatti, Alejo Carpentier…Lo más importante de ese Seminario es que ningún profesornos intentó imponer nunca su manera de crear como única y verdadera, es decir, que se nos dio a cada cual la libertad de creación genuina, además de que se nos enseñó sobre todo a decir nuestra verdad, y todos los estudiantesde ese grupo nos suscribimos a ese principio de no traicionarnos a nosotros mismos.

La libertad de escoger de la que he gozado en mi vida me ha permitido fraguarme mi camino exactamente de la manera en que he querido.

Pienso que lo que se aprende a lo largo de la vida, tanto de profesores como de la familia, fragua en uno como individuo y se refleja siempre en lo que crea. Por suerte, la libertad de escoger de la que he gozado en mi vida me ha permitido fraguarme mi camino exactamente de la manera en que he querido. Como dramaturgo también he tenido que renunciar a muchas cosas —los dramaturgos y escritores tenemos que luchar mucho para sobrevivir, mira los ejemplos de Lezama Lima y Virgilio Piñera, quienes no vivían de la literatura—, pero al final me ha complacido lo que he hecho, pues he estado convencido de lo que escribo, aunque haya tenido mis detractores.

Cuando se estrenó Calixta Comité fue un éxito de público, pero al segundo día fue bajada de la cartelera del Mella. Varios días después se puso en la Covarrubias con determinados invitados para que se criticara y hablara de la obra. Los creadores, que fueron al final quienes dieron su opinión al respecto, defendieron posiciones muy comprometidas, pero no comprometidas con ellos mismos, y eso fue triste. Irónicamente, dos años después, el Conjunto Artístico de las FAR me pidió la obra para montarla y, además, fue publicada, pero en su momento hirió fuertemente a algunas personas que se vieron reflejadas en ella.

En mi vida siempre he estado con la gente de a pie: cojo la guagua, escucho a las personas, me intereso por sus problemas y me gusta indagar en las razones de los mismos, mirar más allá de lo circunstancial y, sobre todo, ser veraz. Yo creo que la gente se identifica con mis obras porque se pueden observar en ellas.

Cuando Maria Antonia fue llevada a escena en 1967, el púbico rompió las puertas de cristal del Mella para entrar—ese cuento lo sabe todo el mundo—. Allí había gente de todo tipo, incluso gente que nunca había visto teatro, personas de barrios humildes. Hasta entonces el teatro que se hacía era heredero de las salitas, que eran particulares y su programación estabaorientadahacia un público pequeño-burgués. Era poco común que las clases populares fueran al teatro; para ellas estaba el teatro vernáculo que se hacía en el Martí con su negrito, su gallego y la mulata. El personaje del negrito era muy pintoresco y siempre estaba a la sombra de una familia rica, es decir, que era su criado o algo por el estilo, pero tenía ese sino que era casi un adorno, un divertimiento. Recuerdo que una vez aquí, frente al City Hall, llegó un circo que tenía un número de un negrito; al salir de allí con mis amigos, nos empezaron adecir el nombre del personaje del negrito de una manera peyorativa. Lo que yo hice con mis obras de teatro fue romper con esa imagen, poner al personaje del negro en el centro de un conflicto real y no jocoso.María Antonia es la suma de varias mujeres que conocí en mi vida, mujeres reales cuyos conflictos estaban, por supuesto, anclados en la vida de cualquier persona de a pie.

El día antes del estreno, fui a la UNEAC, me llamó Virgilio Piñera y me dijo: “Me han dicho que María Antonia es un bodrio y otros me dicen que es buena. ¿Qué tú me recomiendas, que vaya al estreno o vaya al ensayo general?”. “Esa es su opción”, le dije yo, y él fue al estreno. Virgilio no pudo soportar la obra y salía a cada rato al vestíbulo. Creo que lo que pasó es que María Antonia presenta un mundo que Virgilio no entendía. Él hubiera podido escribir, por ejemplo, La noche de los asesinos, pero no María Antonia. Por otra parte, se logró una asistencia masiva de personas que se estrenaban como espectadores. La gente, desde la platea, hablaba con los actores mientras actuaban, les decían “cállate, cochino” o “mira qué chusma”. ¡Qué cosa más maravillosa fue aquella de ver a los espectadores activos, participando e interactuando con la obra! María Antonia se convirtió también en el espacio social donde la gente interactuaba de manera espontánea, nada que ver con ese teatro europeo donde se provocaba al espectador de manera física, echándole agua, por ejemplo. En el Mella simplemente sucedió.

¡Qué cosa más maravillosa fue aquella de ver a los espectadores activos, participando e interactuando con la obra!

Yo siempre he escrito para los espectadores, pues sé que hay quienes van a verse retratados. Con Emelina Cundiamor, Tibor Galarraga…también ha sido similar: yo hago una crítica en la obra para que el público realice una autocrítica sobre su conducta. Mi objetivo al escribir nunca es cambiar nada, a veces solo le entrego al espectador argumentos para que también pueda defenderse en sus espacios sociales.

Hay temas muy importantes que entonces golpeaban y que aún siguen siendo problemas en nuestro país: el racismo es uno, el machismo otro, y tan importante como este último, el “hembrismo”, y es algo que toco en mis obras protagonizadas por mujeres.Es cierto que la mujer se encuentra en este momento en nuestra sociedad en unespacio de más poder, pero no es mentira que también sigue siendo la promotora del machismo. Yo conozco muy bien el mundo femenino, pues fui criado por tres mujeres fuertes y luchadoras. Siempre he conocidomujeres interesantes en mi viday me he sensibilizado mucho con la injusticia que han padecido. Hubo varias de la vida real que me han inspirado para mis obras, sobre todo porque,similares a personajes sacados de la ficción, son personajes duales e interesantísimos. Yo conocí una mujer a quien admiré mucho porque era muy buena y muy trabajadora. Era doméstica en una casa y un día la acusaron de haber robado. Aquellas dos imágenes de la misma mujer entraron en conflicto en mi cabeza. “¿Cómo se puede ser tan bueno y a la vez ser delincuente?”, me preguntaba. Por otra parte, yo fui iniciado en el barrio de San Isidro, como hacían todos los jóvenes de mi época. Allí conocí a una muchacha de quien me enamoré y cada vez que podía, y tenía el dinero, iba a buscarla. Un día, después de más de dos semanas sin verla, al fin me hice de algo de dinero y fui hasta San Isidro. Ella ya no trabajaba en el burdel, sino en un bar justo al frente y la invité a una cerveza. Entonces ella, que me decía “el estudiantico”, se puso muy contenta por la visita y sacó de detrás de la barra una caja: “Mira lo que le compré a mi chulo”, me dijo. Yo al principio me insulté cuando vi el desparpajo con que ella hablaba del hombre que la explotaba. Entonces, cuando abrió la caja,vi que el tal regalo no eran más que unos zapaticos para bebé, pues resultó que ella trabajaba para un hombre y ese hombre era su niñito. Así que, una vez más, dos imágenes muy diferentes de una misma mujer estaban haciendo lo suyo dentro de mí. Todo eso me fue enseñando que la vida hay que verla a profundidad, y que todos, absolutamente todos, somos personas duales de alguna manera, y por lo tanto, intensas e interesantes, con experiencias y características contradictorias. Todas estas experiencias me han ido convirtiendo en quien soy, afianzando mi verdad, que siempre he defendido en mis obras hasta las últimas consecuencias.