Quienes con zozobra hemos seguido las noticias procedentes de Brasil, al final recordamos las palabras de un poeta toscano que vivió hace más de setecientos años.

Francesco Petrarca dijo: “Todo el mal que puede desplegarse en el mundo se esconde en un nido de traidores”. Luiz Inácio Lula da Silva acaba de recibir un nuevo fallo adverso.

Y mucha razón asiste a los señores del foro para haber tomado tal decisión.

No porque haya aparecido por parte alguna la más endeble prueba de que el ex presidente recibiera como soborno el tan traído y llevado apartamento.

El líder, venerado por su pueblo. Foto: Francisco Proner
 

No. Otras son las argumentaciones de los letrados. Dentro de sus inmundas cajas craneanas han de fermentar graves cargos, como éstos:

Un muerto de hambre. Hijo de un estibador alcohólico. No probó el pan hasta los siete años. A los doce, era limpiabotas. Después, ayudante en una tintorería y vendedor ambulante de frutas tropicales. A los catorce años lo hallamos en una planta de producción de tornillos, con un horario de doce horas diarias, el que se merece esta gentuza. Como quería hacerse el importante, se gradúa de tornero. Y pierde un dedo, seguramente por ser un obrero descuidado, mientras trabajaba en una fábrica de carrocerías de automóviles.

Claro, como no le gustaba trabajar, se mete a líder sindicalista. Cada vez que hay elecciones del sindicato, sus compañeros —unos imbéciles, claro está—  lo escogen con más de noventa por ciento de la votación. Nos dio muchos dolores de cabeza. Imagínense, fue el líder de un paro que duró cuarenta y un días, en el cual participaron trescientos mil obreros paulistas. Y mucho decidió en cuanto a la caída del gobierno militar, que tanto bien le hizo a los brasileños.

Puesto que su ambición carecía de límites, fue presidente por dos períodos. No sé como, pero este alcornoque  triplicó el producto interno bruto per cápita,  disminuyó el desempleo por debajo de Estados Unidos y Alemania, bajó la tasa de mortalidad infantil a menos de la tercera parte. Y sacó de la miseria a más de treinta millones de muertos de hambre, iguales que él.

Dijo horrores de toda la gente respetable de este mundo. Calificó a la asistencia del Fondo Monetario Internacional como un «beso de la muerte». Sobre los amables vecinos norteños comentó: «Si hay una cosa que admiro de Estados Unidos es que lo primero que piensan es en ellos, lo segundo es en ellos y lo tercero en ellos. Y si aún les queda tiempo, piensan en ellos nuevamente». No caben dudas: un tremendo irrespetuoso.

Ah, pero, ¿sabes las dos cosas que más me han molestado en torno a él? La primera, que se dio el lujo de terminar en la presidencia con un ochenta por ciento de aprobación por parte de esa chusma que es el pueblo brasileño. La segunda, que el expresidente Obama, quien no es izquierdista ni de lejos, lo calificase como el político más popular del mundo.

Pero, comadres y compadres, dejemos atrás los rezongos de los leguleyos viles.

A mí sólo me queda por decir que, en aquella infausta noche, cuando hace sólo unos minutos se dio a conocer el veredicto indecente, me acordé de aquel viejo obrero del azúcar, mi abuelo paterno.

Él —tan religioso como conspirador revolucionario—, ante un hecho bajuno, mascullaba con su voz de trueno: “¡Esto llora ante los ojos de Dios!”.