Lugar: vestíbulo de la Galería El Retablo, en Matanzas. Protagonistas: una pareja de desconocidos, que obviamente nunca habían estado en nuestro teatro. Ante un cartel que anunciaba las funciones de “Los zapaticos de rosa”, en el mes de enero de este año, surgió de ellos la, para mí, alucinante pregunta: ¿esto es teatro o títeres? Les respondí: esto es teatro de títeres. Huyeron despavoridos. Reflexioné ante lo sucedido. Desde 1987 me dedico profesionalmente al arte de los retablos. Una pasión que comenzó en la infancia, y fue alimentada posteriormente por maestros como Mayra Navarro, Freddy Artiles, René Fernández, Zenén Calero, Armando Morales o Xiomara Palacio, por solo mencionar algunos de los que he conocido personalmente, tanto en el plano humano como artístico.

¿Qué hubiera respondido ante la citada pregunta Wolfgang Amadeus Mozart, autor de la ópera “Bastián y Bastiana”, para ser representada por niños o marionetas? ¿Y el dramaturgo británico Bernard Shaw, que escribió en la última etapa de su vida un texto para muñecos de hilos titulado “Shakespeare contra Shaw”? De seguro que el bailarín y coreógrafo Michael Fokin, junto al compositor Igor Stravinski, creadores del ballet “Petrushka”, protagonizado por tres muñecos, tendrían una respuesta contundente. Federico García Lorca, el poeta andaluz que sumó a su poesía, comedias y tragedias, varias piezas para títeres que son todavía pura vanguardia (“Retablillo de Don Cristóbal”, “El paseo de Buster Keaton”, “Los títeres de cachiporra”, etc.), tal vez se hubiera reído ante tamaña simpleza, que solo deja ver total ignorancia sobre el tema. Más ejemplos de artistas vinculados desde su propia obra al universo de los muñecos pudiera citar, Charles Chaplin, Frida Kahlo, Pablo Picasso, Cándido Portinari, Alejo Carpentier, la lista sería interminable.

La tradición titiritera en Cuba cuenta ya con varios decenios dedicados a un arte reparador y minimalista
 

A mi meditación mezclada con perplejidad, sobre un asunto que siento demasiado obvio, se juntaron todas las veces en que también he estado a punto de realizar similares preguntas a la de mis desconocidos. Agrupaciones y titiriteros solistas de aquí, y también de allende los mares, que “en todas partes cuecen habas”, como dice el refrán popular, realizan el oficio con una falta de gracia y compromiso, de dignidad y buen gusto, de inteligencia y riesgo artístico, que inevitablemente empujan a nuestro arte a un callejón sin salida, a un vado donde la tontería, el didactismo ramplón, el anquilosamiento en los procederes creativos, condenan a la titerería a ser considerada como arte menor y no el “Onceno arte”, como proclama ahora mismo la Unión Internacional de la Marioneta (Unima).

Cuánto daño puede hacerle a nuestra querida profesión, esa comodidad mental que reduce al niño a ser un espectador de producciones superficiales donde priman las repeticiones de estribillos, las bromas gastadas, una estética de la fealdad, no como categoría, sino como resultado del descuido y el desinterés en alcanzar una visualidad atractiva, una plástica que, por encima del colorido radiante, se proponga conceptualmente otras sugerencias.  

El resultado final es que se asocie al teatro con cosa de adultos, responsabilidad, cuestión seria, y a los títeres con asunto vano, fácil, algo que no merece nuestro tiempo ni nuestra atención. Estuve atento en la puerta de entrada a la Sala Pepe Camejo, antes de la función de “Los zapaticos…”, para ver si la pareja regresaba o no. Empezamos tarde. Dimos la última campanada cinco minutos después del tiempo de inicio de las representaciones. Decididamente para estas personas lo que hacíamos era títeres y de ninguna manera regresarían.

Una cosa es la preferencia por uno u otro arte y otra la subvaloración de las manifestaciones asociadas a la infancia, que incluye por supuesto la detracción de los pequeños al sentirlos clase inferior, apenas con derechos y valores. Es una batalla que en Cuba, tras el triunfo de la Revolución de 1959, y pese los ingentes esfuerzos a favor de la niñez y su relación con la profesión titiritera, no se ha alcanzado la ansiada victoria final. Se han ganado ciertas zonas, a veces para clamar, y otras para defender con hechos un arte de herencia milenaria, que perdura, insiste y cuando es efectivo, su verdadera esencia, de índole intrépida, original, subyugante se torna innegable.

Somos el país donde en los años sesenta del pasado siglo XX, los hermanos Camejo y Pepe Carril, al mando del Teatro Nacional de Guiñol, subieron a los retablos obras de Jarry, Giradoux, Tagore, Fernando de Rojas, Valle Inclán, Saint Exúpery, Brene, Estorino, además de los esfuerzos de otras compañías como el Teatro de Muñecos de La Habana, o los guiñoles provinciales fundados a lo largo de todo nuestro territorio. Los nombres de músicos, bailarines, coreógrafos, pintores e investigadores como Marta Valdés, Leo Brower, Miriam Ramos, María Álvarez Ríos, Iván Tenorio, Raúl Martínez, o Rogelio Martínez Furé, se relacionaron con los títeres. Esos seres de tela, papel y cartón son también el teatro, con una luz especial, imperecedera, con toda la gracia del turco Karagoz, la picardía de Mister Punch, de Monsieur Guignol, Polichinela y Pinocho, el personaje títere más famoso de la literatura.

Falta aún mucho por hacer en materia de crecimiento, desarrollo y dignidad del teatro de títeres. No es una faena para paladines solitarios. La acción de estos puede conquistar algunas zonas, áreas que todavía no son suficientes. Hay que ir en pos de todos los triunfos posibles. Hacer teatro de títeres puede ser blasón, símbolo, la alegoría de un mundo maravilloso del que una vez nos contaron, pero que puede y debe continuar su andadura por el mundo. La pregunta de si lo que hacemos es ¿teatro o títeres? rodará por tierra, será risible, como el desvarío de alguien fuera de la realidad, porque teatro y títeres es y será para todos una sola entidad.