También para la interacción entre teatro y calle transcurre un tiempo de transformaciones. Se evidenció en las recientes IX Jornadas de Teatro Callejero, acontecidas en Matanzas bajo el impulso y la coordinación de El Mirón Cubano.

Cuando en 2001 se fundó el evento, el propósito esencial de Albio Paz, su indiscutible artífice, fue reunir los entonces incipientes focos que se lanzaban a cultivar esta especialidad en el país, muchos de ellos, precisamente, alentados por la práctica del autor de La Vitrina desde que, como dramaturgo y director, sacara a conquistar la calle al Mirón en el inicio de los años 90.

En los albores de las Jornadas, las discusiones se centraban en qué era el teatro callejero a diferencia del teatro en la calle. La praxis marcaba las coordenadas teóricas, pues se carecía de una sólida tradición al respecto, si bien nunca se valorizó en toda su dimensión el enorme nicho que representaba el teatro de relaciones de Santiago de Cuba.

A toda velocidad marcha este siglo. Las artes pierden los rectos determinismos de antaño y las fronteras se vuelven cada vez más porosas. En consecuencia, las últimas ediciones de las Jornadas admiten con naturalidad la entrada de otras nociones, más viejas, más nuevas, de arte en la calle: performances, intervenciones, operaciones conceptuales.

foto de estatuas vivientes
Las estatuas vivientes son parte de los nuevos conceptos incluidos en la IX edición de las Jornadas.
Foto: Cortesía Teatro El Mirón Cubano


Y, entre ellas, las estatuas vivientes. Vistas siempre como imágenes pintorescas del paisaje urbano de muchas ciudades del mundo, han surgido durante los últimos años en Cuba y se esparcen por los centros históricos de La Habana, Santiago de Cuba, Cienfuegos o Trinidad. En balnearios, hoteles y sitios turísticos también se pueden apreciar. D’ Morón Teatro las pasea por todo el país en su particular estilo teatral que las toma, de algún modo, como su célula estética.

Las IX Jornadas de Teatro Callejero les dieron entrada. El Parque de la Libertad acogió una carrera de estatuas vivientes, a la manera del tipo de concursos que protagonizan en el mundo. Como suelen permanecer estáticas, dado su carácter de estatuas, carrera es un término irónico; pero sí cumplieron la “carrera” transeúntes y espectadores, avisados o casuales. Muchos se fotografían junto a ellas o interactúan de distintas maneras. Las estatuas responden en sus específicos códigos con sus sintéticas cadenas performativas, relacionadas de modo orgánico con las figuras, representaciones o personajes que se modelan en cada estatua.

Algunas son más directas en su mímesis; otras, más etéreas. Unas más sencillas, otras más conceptuales, varias muy trabajadas desde las artes plásticas. Predominan las individuales, pero algunas se presentan en conjuntos. En su extrañamiento, todas son poéticas.

Las estatuas mismas, sus calidades en todos los órdenes, el modo de sobrevivencia económica de sus creadores mediante ellas, sus pertenencias institucionales o no, algunos peligros derivados de los maquillajes y otros materiales que se utilizan, los espacios de inserción que reclaman… constituyen interesantes zonas de discusión alrededor de esta nueva modalidad entre nosotros.

Los coordinadores de la carrera expusieron algunas de ellas en el espacio teórico del evento. Con sus exposiciones y dilemas, abrieron caminos y conciencia en torno al creciente movimiento en el país.

Así, la presencia de las estatuas vivientes en estas Jornadas de Teatro Callejero, aumentó su visibilidad dentro del movimiento escénico. Resta seguir aproximándose a ellas, y a su movimiento, sin prejuicios y con las intensas interrogantes que movilizan al contemplarlas.