La lección de Chávez desbordó su país y contribuyó, junto con Fidel, a que muchos de nuestros países se sintieran unidos de nuevo en una causa común.

Cuando a fines del siglo pasado el extraordinario compañero Hugo Chávez asumió la presidencia de su país, este comenzó a vivir una época nueva, afirmada en la herencia de Simón Bolívar, como Fidel Castro había proclamado la de José Martí. Se trata de continuar la faena iniciada por los próceres de nuestra América, haciendo reverdecer a la altura de los nuevos tiempos el magno proyecto cuya realización es un irrenunciable deber. 


Roberto Fernández Retamar. Foto: Internet


La lección de Chávez desbordó su país y contribuyó, junto con Fidel, a que muchos de nuestros países se sintieran unidos de nuevo en una causa común. La muerte de Chávez no representa en forma alguna la de su contribución imperecedera. Su sucesor, el compañero Nicolás Maduro, lleva adelante un proceso revolucionario que, como era de esperar, está siendo combatido por el Imperio y sus amanuenses. Entre estos últimos se halla el actual Secretario General de la lamentable Organización de Estados Americanos, que merece el justo título de ministerio de colonias yanquis. Bien lo sabemos los cubanos, ya que nuestro país fue expulsado de esa desprestigiada institución a principios de 1962.

Los criminales ataques que está sufriendo la Venezuela chavista no nos recuerdan solo el caso de Cuba, sino también el del Chile de Salvador Allende, cuyo noble gobierno fue combatido y finalmente destruido por órdenes del criminal de guerra Henry Kissinger y el abominable Richard Nixon. 

Cuantos apreciamos las necesarias tareas que para bien de su pueblo acometen con valor los continuadores de Chávez, estamos en el deber moral de apoyarlos plenamente.