Hace 55 años el escritor norteamericano Ernest Hemingway, que vivió más de 20 en Cuba, puso fin a su vida disparándose con una escopeta de caza en su domicilio de Ohio.

Muchas mixtificaciones se han tejido alrededor de este suicida que, según todo parece indicar, sucumbió ante la depresión, los insomnios y la pérdida de la memoria. Algunos piensan que ese pozo del que extraía sus ficciones quedó totalmente seco y prefirió morir antes de soportar la esterilidad.


Fotos: Tomadas de internet


Lo cierto es que la figura de Hemingway se yergue en estos tiempos de tanta banalidad literaria como una de las grandes del siglo XX y una de las más influyentes de la cuentística contemporánea. Su teoría del “iceberg” sigue siendo uno de los recursos más efectivos dentro de las técnicas narrativas actuales.

Para los cubanos, el creador de El viejo y el mar es alguien muy vinculado al mundo intelectual de esta Isla. Aquí no solo pescó y persiguió a los submarinos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, sino también escribió algunas de sus obras capitales, incluida la ya mencionada por la que obtuvo el Premio Pulitzer y el Nobel de Literatura en 1954.

Llegó por primera vez a La Habana en 1928 cuando apenas tenía 29 años de edad. Pero entonces solamente hizo escala acompañado de su segunda esposa Pauline Pfeiffer, con la que tuvo dos hijos y que fue desplazada por la talentosa periodista Martha Gellhorn, responsable de que, en 1940, Hemingway fijara su residencia en el barrio de San Francisco de Paula, en la legendaria Finca Vigía, que después de su muerte, su cuarta esposa, Mary Walsh, traspasara al gobierno revolucionario cubano que decidió instalar allí un museo.

Turistas de todo el mundo, fundamentalmente norteamericanos, y también cubanos de todas las generaciones, son visita frecuente en esta suerte de santuario, donde según el escritor Gabriel García Márquez “a veces se tiene la impresión de sentir la presencia del escritor deambulando por los cuartos con sus grandes zapatos de muerto”.

Pero Finca Vigía no es solo una vitrina. Es también un centro movido donde se realizan coloquios internacionales, concursos literarios, profundas investigaciones que todavía revelan facetas desconocidas de un hombre cuya divisa siempre fue que el ser humano podía ser destruido, pero nunca vencido.

De estilo sobrio, realista y casi autobiográfico, Ernest Hemingway fue, junto a William Faulkner, el escritor que más influyó en los autores latinoamericanos. Sus huellas las percibo también en el contemporáneo Raymond Carver, que heredó de su compatriota ese poder de sugerir más de lo que se cuenta y esa precisión para poner en blanco y negro sus palabras.

Si bien su mito de aventurero, cazador y pescador tiene muchos visos de realidad, Hemingway fue también ese hombre frágil, muy parecido al protagonista de su novela The sun also rise, traducida como Fiesta, para mí, su obra cumbre en este género a pesar de la popularidad de Adiós a las armas y Por quién doblan las campanas.

Esa fragilidad, por cierto, no contradice el valor que demostró en las contiendas bélicas en las que participara, especialmente en la Primera Guerra Mundial y en la Civil Española. A ellas fue como corresponsal de guerra, pero en todas se involucró como soldado, siempre al lado de las causas más justas. Su literatura está impregnada de esas experiencias y de otras muchas.

Siempre afirmó que no se debía escribir de lo que no se conoce y esa manera suya de transformar en literatura la vida que escogió, prueba que, al menos en su caso, esta aseveración resulta un verdadero apotegma.

Según el ya citado Gabriel García Márquez, que estudió y leyó bien la obra y vida del autor de Fiesta, “la realidad es que hubo siempre dos Hemingway distintos y a veces contrapuestos…”.

Había —pensaba— uno para el consumo mundano —mitad estrella de cine, mitad aventurero—, que se exhibía a sus anchas en los lugares más visibles del mundo… Era el Hemingway que no había leído un solo libro y que tal vez no quiso a nadie en el mundo y al que no se le podía quedar ninguna frase sin terminar.

Pero, según también García Márquez, había otro Hemingway en La Habana, escondido de sí mismo en una casa rodeada de árboles enormes, en cuyos aposentos se fueron acumulando, a través de los años, los trofeos de artes viriles que el Hemingway mundano le llevaba como recuerdos de sus navegaciones y regresos.

En esa casa, que es Finca Vigía, habita el escritor que los cubanos prefieren al invocarlo. Porque allí se dedicaba a pulir sus impecables textos cargados de amor y de esperanza, que seguramente extrajo de ese mundo interior que solo sus libros son capaces de revelarnos.


 

No puede hablarse de Hemingway en Cuba sin referirnos a la relación que mantuvo con los pescadores de Cojímar, ni a su yate Pilar y el eterno patrón de este, Gregorio Fuentes, quien concedió antes de morir miles de entrevistas para hablar de aquel hombre en apariencia rudo y cuya sensibilidad sale a flote, sobre todo, en la historia de ese viejo cubano, Santiago, que regresa con el esqueleto de un pez enorme, símbolo de una victoria que solo los que buscan en lo invisible son capaces de identificar y valorar.

Recordar el 55 aniversario de su muerte es más que una conmemoración, un acto de justicia a quien ofrendó la medalla de su Nobel a la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba.

Y a pesar de sus parcas declaraciones acerca de su simpatía por la Revolución Cubana, ahí están sus declaraciones de 1959 a la prensa norteamericana y también a la europea en las que hace pública su satisfacción por el triunfo de un orden que cambiaría a una Isla que en otras épocas había calificado de “larga, hermosa y desdichada”.

No sé si las actuales generaciones tienen tanto que aprender de Hemingway como aprendió la mía. Pero en todo caso es imprescindible su lectura. Como la fue ayer y la será para siempre. Leerlo será el mejor homenaje que podemos tributarle a ese maestro del cuento que tantas lecciones de coraje dio y que solo perdió su última batalla.