En la actualidad, el producto o bien musical se encuentra contaminado en extremo por intereses como los del mercado expresado en la industria cultural. Sin caer en la tontería de pretender satanizar al mercado —para mí está claro que este no solo puede perdernos, sino que también tiene la posibilidad de salvarnos−, vale recordar que los músicos, incluidos los cantautores, viven de él.  


Portada de Amoríos, el disco más reciente de Silvio. 


A lo anterior habría que agregar que el mercado resulta un espacio de transacción que ejerce una función promocional de suma importancia, dinamizadora del consenso cultural. No se puede negar que a partir de su irrupción entre nosotros, y de que el hecho musical empezó a concebirse en función de la ley de oferta y demanda, es el fenómeno que más ha marcado los derroteros, no ya de la Canción Cubana Contemporánea, sino de toda la música popular facturada en el país, unas veces para bien y otras para mal. Cierto es que ha lanzado figuras locales al estrellato, pero igualmente no ha propiciado el desarrollo armonioso de manifestaciones sonoras que no están entre las favorecidas por la débil industria discográfica cubana, al no aparecer entre las de mayores ventas.

La creación facturada por trovadores y/o cantautores se ve forzada por las circunstancias a cruzar fronteras genéricas y estilísticas que hasta hace muy poco resultaban infranqueables para los artistas del gremio.

Creo que a estas alturas, a todos nos ha quedado claro que para el ingreso y la aceptación dentro del ámbito comercial, la creación facturada por trovadores y/o cantautores se ve forzada por las circunstancias a cruzar fronteras genéricas y estilísticas que hasta hace muy poco resultaban infranqueables para los artistas del gremio y que, según el parecer de los más tradicionalistas y ortodoxos, vienen a ser algo así como pecados de lesa humanidad. Sucede que en aras de insertarse dentro de los ambivalentes espacios de la industria cultural y su circuito de difusión comercial —comprendiéndose en este la industria discográfica, radiofónica, el espectáculo musical, la televisión, las revistas y publicaciones especializadas, la publicidad y sus productos, y la industria cinematográfica—, con frecuencia hay que entrar en un peligroso territorio de pleitesías y desarrollos inocuos que faciliten la circulación y distribución de la obra musical, lo cual representa un proceder diríase que mercenario, pero que, paradójicamente, presupone un poderoso filtro que posibilita visualizar las formas de mayor solidez y vigor en relación con las veleidades ocasionales y las modas espurias.


Isla, de Lien y Rey, del sello Colibrí.


Al margen de que por las realidades de un lugar como Cuba lo anterior registra peculiaridades específicas —pongamos el hecho cierto de que en nuestro país la industria de la música apenas existe o su desarrollo es incipiente—, no se puede soslayar la realidad creciente de que la canción popular moderna, de la que también forma parte la producción trovadoresca o el híbrido derivado de esta, en la actualidad flota entre las aguas tormentosas de los criterios y gustos que exige o demanda una audiencia mediatizada, y las corrientes sensibles de los autores-compositores que aprecian en este género una legítima forma de expresión musical seria. Con el arribo de la década de los 90, aparece entre nosotros el mercado como fenómeno, con el cual los cantautores y demás artistas cubanos han tenido que aprender a lidiar.

Hasta ese momento, en el mundo musical de la Isla nadie estaba entrenado para ello, ni los músicos ni las instituciones, pues la Revolución nunca estuvo centrada en que la música fuera generadora de ingresos; veía su cultivo como una forma de elevar el nivel espiritual de los individuos. Así, por ejemplo, antiguamente el trabajo discográfico era parte del sistema cultural del país y no tenía una proyección comercial, lo que implicó que estuviésemos muchos años de espalda a lo que se hacía en todo el mundo en materia de marketing (o mercadeo, como hay que decir en español), un terreno con el cual todavía no estamos suficientemente preparados para interactuar, lo que en mayor o menor grado ha afectado a nuestro talento musical.


Antes que lo prohíban, de Jorgito Kamankola, vio la luz gracias al crowdfunding.


De lo antes expresado, se comprenderá que los hacedores de la Canción Cubana Contemporánea, a sabiendas de que para hacer cultura (léase también música) hace falta economía, se debaten entre hacer una obra de arte, un producto mercantil o un híbrido a medio camino entre uno y otro extremo. El dilema apuntado se convierte en un aspecto significativo en todo análisis que pretenda hacerse en relación con estos temas. Porque lo cierto es que también entre nosotros se crean y aúpan gustos, tendencias, arquetipos y cánones estético-musicales, que llegado el caso, pueden ser objeto de actos de franca y llana manipulación.

Por supuesto, el trovador y/o cantautor, como cualquier músico, se encontrará expuesto a la tentación de alcanzar la popularidad y todo lo que esta implica.

Porque si bien en Cuba resulta imposible hablar de la tradicional y clásica alianza entre capital y marketing, en materia de música sí existe lo que se conoce como mainstream, que viene a ser la manifestación visible de lo que se promueve como el signo de triunfo; es decir, la sempiterna presencia de una élite de artistas en los principales espacios de los medios de comunicación, quienes dan la imagen del hombre o la mujer de éxito, en muchas ocasiones asociada a una estética estandarizada. De tal suerte, aunque en nuestro país los volúmenes de venta de discos no resultan indicadores de triunfo en la misma escala que dicho parámetro lo representa en otras sociedades, el grado de popularidad registrado sí lo es. Y, por supuesto, el trovador y/o cantautor, como cualquier músico, se encontrará expuesto a la tentación de alcanzar la popularidad y todo lo que esta implica.


Senderos, de Santiago Feliú.


Los trovadores y/o cantautores que en Cuba sobreviven a los tiempos del mercado impuesto por las nuevas circunstancias, a contrapelo de ser portadores de una de las más legítimas tradiciones en materia de cultura, han pasado a ingresar en las filas de quienes entre nosotros se mueven dentro de una escena alternativa, en la que se comparte una determinada sensibilidad que apuesta por una noción diferente a la mayoritariamente promocionada por los medios de comunicación en el país. Ello conlleva que el público fiel a este modo de asumir la creación —que, dicho sea de paso, en su inmensa mayoría tiene una magra economía doméstica, lo cual le imposibilita destinar una porción de su salario (por reducida que sea) para la compra de CDs— no alcanza a ser significativo para los intereses del limitado y pequeño mercado discográfico cubano, el cual —no está de más recordar— en lo fundamental gira en torno al CUC o peso convertible.

La cruda y descarnada realidad es que nuestros clásicos trovadores son marginados y relegados a una especie de autoexilio musical.

No es nada exagerado expresar que, al margen de ciertas acciones auspiciadas por instituciones y organizaciones como el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, la Unión de Jóvenes Comunistas, la Asociación Hermanos Saíz, la revista El Caimán Barbudo, y alguna que otra dependencia del Ministerio de Cultura (en particular, el Instituto Cubano del Libro), en pro de que la trova vuelva a ser patrimonio de uso cotidiano, la cruda y descarnada realidad es que nuestros clásicos trovadores son marginados y relegados a una especie de autoexilio musical, ya que para acceder a los circuitos discográficos y de comunicación oficiales tendrían que transar con su propuesta tal como la han concebido, es decir, producir la paradoja de renegar de su función de trovador. Por suerte para nosotros, hay quienes persisten en echar raíces con lo que hacen, aunque ello los empuje de manera inexorable a marchar a contracorriente, en defensa de un canto que, a pesar de… y no obstante a…, siempre estará presente, no solo en la memoria colectiva de la gente, sino en cada ocasión que precise de aquella expresión significativa que le interpreta.

Así pues, la mesa está servida y no importa que los tontos hayan dejado el cake fresco y sin cortar. Allá los que se lo pierden.