Con Despedida, Daniela Muñoz y Jorge Ricardo nos transmiten sus vivencias y, también, las emociones de algunas de esas jornadas; pero lo hacen desde una postura casi antropocéntrica, pues el gran protagonista es el cubano humilde, el de a pie, que no posó para ser fotografiado. Ese es uno de los muchos valores de esta serie de imágenes que nos muestran, con sensibilidad marcada, el carácter luctuoso de esos días y su impacto emocional en cada persona retratada: constituye, de muchas maneras, el humilde tributo personal, pequeño, de un pueblo a su líder. Con Jorge Ricardo conversamos.
 


¿De qué manera se concreta la participación de ustedes en la caravana?

En realidad, no pudimos ir en la caravana. Desde el momento que nos enteramos cómo serían las cosas, intentamos con todos nuestros contactos colarnos, pero no pudimos. Había ofrecimientos de trabajos y encargos, pero al final nos fuimos por nuestra cuenta.

Arreglamos asuntos pendientes, sin más pesares que el dolor de la muerte, y decidimos hacer el viaje largo para esperar la caravana en Santiago de Cuba, donde la gente es más fidelista, agradecida, humilde. Por ser conocedores de la lista de espera, sospechamos que estaría llenísima, pero de todas maneras nos fuimos para allá el viernes. Por suerte nos equivocamos y no estaba tan terrible. Aunque no hubiéramos salido sin hablar con un “buquenque” que nos sacó más de un peso…, pero lo valía: llegar antes que la caravana era esencial.

Es una acción cotidiana moverse por la Isla, solo que esta vez tenía una connotación especial. No había muchas coordinaciones. Un buen amigo de Daniela nos esperaba a la hora que fuera, así que no hubo problema tampoco con la estancia.

¿Cómo surge la idea de enrolarse en la caravana? ¿Qué los motivó?

Al día siguiente de la muerte de Fidel buscamos actividades espontáneas. Nos costó, pero finalmente los estudiantes reaccionaron. Sabía que si mis padres hubieran estado en Cuba, estarían al lado mío; pero no fue así, y yo quería compartir mis vivencias con ellos, que se sintieran participes a través de mis fotos. En medio de lágrimas en la Escalinata de la Universidad de La Habana, se me ocurrió que si Fidel regresaba para Oriente, yo quería hacerlo con él, hacer  el épico viaje de regreso de la Caravana de la Victoria. Si ya su muerte era algo grande y significativo, una caravana era el colofón.

Indudablemente, por lo que significa Fidel para Cuba y el mundo, lo acontecido durante esas nueve jornadas es irrepetible, histórico. Alguna anécdota vivida esos días…

Como dije, nuestra primera reacción fue buscar acciones espontáneas. Lo de la Universidad fue muy bueno, pero entre los estudiantes del ISRI y la FEU lo volvieron oficial, reiterativo, cuadrado. Así y todo fue muy emocionante, lloré cantidad, coreé todas las canciones de Silvio, me encontré con la gente que sentía la muerte del Comandante.

 Pero lo mejor fue la marcha desde 23 y L hasta 23 y Malecón. Fue el que preguntó y quiso ir. Si no estabas interesado, no te enterabas. Es la primera vez en Cuba que veo una manifestación no convocada por el gobierno, y eso me dio mucha alegría. Se gritó de todo a favor de Fidel y contra los yanquis; se gritó también por América Latina y terminamos poniendo una palabra en cada flor que le ofrecimos.

¿Qué criterios tuvieron en cuenta para la selección de la obras?

Las fotos se hicieron con el propósito de compartirlas, eran más para otros que para nosotros mismos. Siempre tratamos de contextualizar las imágenes. Había unas cuantas que no podían faltar en la selección, las que más aceptación habían tenido.

Lo que nos propusimos con Gabriela Román González, la curadora, es que todas las fotos tuvieran una fuerza estética que se valiera por sí sola, pero al mismo tiempo fueran parte de un todo. Son 24 fotos en total y, por casualidad de la vida, 12 son de Daniela y 12 mías. Se descartaron imágenes buenas, impresionantes, pero esas se verán en otra ocasión.

Como jóvenes, ¿para qué les ha servido esta experiencia?

Perder un líder es complicado. Muchos pierden el rumbo. Pero como jóvenes creo que estamos ansiosos de tener riendas en las manos, de hacer valer los ideales revolucionarios de nuestro tiempo.

 En el camino de regreso fui reflexionando con la periodista mexicana Gloria Muñoz, sobre qué nos llevábamos del viaje. Y creo que lo más importante, lo principal que traje de Santiago de Cuba, es la esperanza de ver renacer el proyecto de la Revolución Cubana en manos de los jóvenes; la esperanza de ver cómo los más adultos depositan su confianza en la juventud para dirigir un país, tal y como lo hizo Fidel en su momento.

 La fotografía es testimonio de un momento. ¿Cuál consideras que es el principal resultado de este trabajo?

El mayor testimonio que guardan estas fotos está muy claro en las imágenes, y la canción de Raúl Torres no pudo describirlo mejor: en la despedida del Comandante en Jefe, los agradecidos lo acompañan.

La fotografía es un arte muy personal, casi íntimo. ¿Dónde termina la mirada de Jorgito y dónde comienza la de Daniela? ¿Les fue difícil unificar criterios y ponerse de acuerdo?

Para mí fue fácil. En el proceso creativo, donde aparecen las cuatro manos y los cuatro ojos, buscamos dos cámaras. Cada uno se concentraba en su punto de vista y era cuestión de enfocar adonde te llevara el instinto, con parámetros diferentes.

Lo más complicado hubiera sido ponerse de acuerdo en una selección; pero en ese momento te vuelves espectador y simplemente opinas: esta me gusta y esta no. En nuestro caso es sencillo, porque tenemos, por suerte, muchos puntos en común. Y en el momento de decidir entre dos fotos en las que no coincidíamos, apareció la curadora para resolver la controversia.