La vida hay que vivirla con alegría infantil; solo así llegan las oportunidades de habitar ese sitio nombrado “País de las maravillas”. Hoy me ha visitado un conejo blanco, apurado por empinar un papalote con el cual pudiera volar y llegar a tiempo a una celebración. Dice que hoy es el Día Mundial del Títere. Me eché a reír, pensando que en el mundo de los títeres no existirían muchas razones para tener un día de festejos a esta altura. Luego, me di cuenta de que estaba equivocado y dejaba de pensar como el niño que una vez soñó con imposibles, le daba nombre a los objetos y les construía historias.


Alicia en busca del conejo blanco. ​Foto: Cortesia del Teatro de Las Estaciones


En el mundo de los retablos todo es posible: están presentes la parodia, la farsa, lo absurdo, lo grotesco, lo hiperbólico; y lo visual adquiere connotaciones importantes. Ingredientes suficientes para darle a la “vida real” el toque de “irrealidad” que necesita; ya que eso nos enseñan los seres animados: que la realidad es tan rica en matices y a la vez tan extravagante y divertida que se burla de las miserias humanas.

En el teatro de títeres encontramos ese sitio ideal donde podemos dejar el alma al desnudo, sin miedo a ser herida. Nos crecen alas, cultivamos la tierra que da a luz a nuevos hijos capaces de preñar a la tierra nuevamente, para seguir pariendo hasta la eternidad… y en ese ciclo interminable sentimos que somos felices.

De vez en cuando me preguntan si verdaderamente existe el conejo blanco. Sí, existe más allá de un retablo, cobró vida y se pasea entre la realidad y la ficción, desdibujando sus trazos para invitarte a su mundo. Está aquí en mi mente. Va conmigo a todas partes. ¡Cómo si todo fuera un retablo que cuenta cosas de hadas! Creer en cuentos de hadas nos da la posibilidad de creer también que nuestras vidas pueden ser distintas y que sí es posible tener un final feliz…; a lo mejor tu final feliz no es precisamente el que soñaste, pero el simple hecho de creer que pueda existir un final feliz ya te hace especial.

Aprendí de los títeres a amar la vida como el juguete que me regalaron mis padres, como el beso de amor robado en medio del primer aguacero de mayo, como el suspiro de un gato que siente en la noche la necesidad de contar los cometas. El universo del títere es semejante al de los sueños: tan delicados que el aleteo de un zunzún podría quebrarlos; pero la fuerza y el espíritu del soñador, pueden siempre salvarlos.

Por todo esto, agradezco al conejo blanco la invitación al festejo. Saco el cordel y empino mi papalote para que sea visto desde todos los rincones de esta isla, con la convicción de que el arte ha de provocar renovados deseos de vivir:

¡Gracias, conejo, por renovar la esperanza!