Había llegado a La Habana a estudiar percusión en la Escuela Nacional de Arte (ENA). Un par de baquetas y muchos sueños eran el contenido fundamental de su maleta. Puerto Padre quedaba ahora a algunos cientos de kilómetros de distancia; allí quedó el piano donde aprendió los primeros acordes y el sueño de un niño que consideraba a Dámaso Pérez Prado todo un genio y la admiración por su padre, que le habló de danzones y jazz. Emiliano Salvador estaba solo con sus primeros demonios musicales y humanos a los 15 años. Eran los años sesenta.

Por aquel entonces el Club Cubano de Jazz funcionaba indistintamente en el Cabaret Parisién o en el club Havana 1900 o en el Johnny Dreams, a la salida del túnel de la Quinta Avenida. Era el sitio de reunión perfecta para aprender y crecer, para conocer y escuchar a aquellos músicos que eran parte de la leyenda o que simplemente querían hacerla.

La ENA era un gran hervidero de jóvenes que soñaban con la gloria y Emiliano no estaba ajeno a ello. Dicen que pasaba horas en el salón de estudio frente al piano, el instrumento complementario que lo seducía; y que dejaba regadas las baquetas en cualquier lugar.

foto del musico cubano Emiliano Salvador
Emiliano Salvador Foto: Gonzalo Vidal


Cada domingo a mediodía la cita era obligada con la gente del club. Siempre había una base y el resto de los asistentes esperaba su turno para descargar. Allí completó su formación en temas de cubanía, interpretando a dos manos Sherezada, de Frank Emilio, y desbordándose mientras interpretaba Caravana.

Pero él quería más que aquellas notas que le brotaban; de aquel estilo que comenzaba a diferenciarlo de sus compañeros de estudio. Entonces quiso la suerte que Leo Brower no solo le llamara para el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC —la puerta al mito de la música cubana de los setenta—, sino que lo asumiera como alumno.

Su nombre comenzó a correr de boca en boca, de escenario en escenario y, sin proponérselo, estaba fundando un estilo, labrando su legión de seguidores. Coincidir en tiempo y espacio con Chucho Valdés a cualquiera le hubiera puesto los pelos de punta; no a este guajirito venido de un pueblo donde el mar señorea lo mismo que en la ciudad capital, que nunca más encontró su baquetero.


Foto: Internet


Para los setenta el Club Cubano de Jazz está a punto de fenecer. Solo quedan las descargas dominicales en la Casa de la Cultura de Plaza, donde Rojas, Mario Barba, Horacio “el negro” Hernández (padre), Leonardo Acosta y Bobby Carcassés se la juegan y organizan un Festival de Jazz. Emiliano Salvador está entre los debutantes y allí decide fundar su agrupación: Nueva visión.

Era su punto de vista muy personal de la música cubana, del jazz latino una vez que se había bebido todas las referencias anteriores. Ya había probado suerte con la Nueva Trova al dirigir musicalmente el grupo que acompañaba a Pablo Milanés, se había arriesgado con los danzones cuando nació Angélica su hija, pero  él quería mucho más.

Había una forma de hacer y entender el piano antes de Emiliano Salvador, y otra junto con él, y después de él. Su impronta llegaba hasta los mismos conservatorios donde todos los bateristas, o una gran parte de ellos, querían ser un Emiliano más. Se pueden nombrar: Gonzalo y apedillarse Rubalcaba, Miguel Ángel, o simplemente Pan con Salsa, Omar Sosa, Tony Pérez, o cualquiera que sus padres le hayan puesto. La “emilianomanía” ya era indetenible en la música cubana, sobre todo en el jazz; y comenzaba a expandirse por él, cuando un Oscar Hernández, un Michael Camilo o un Danilo Pérez le descubrieron.

Cuentan que cierta vez, en el Club Maxim, donde dieron refugio temporal a los jazzistas en los años ochenta; Emiliano se lamentaba de que hubiera tanta música, le saturaba según sus palabras. Minutos después estaba frente al piano, enajenado como sabía hacerlo, y desbordando más música aún.

Puerto Padre había quedado en el pasado, su visión musical se convertirá con el paso de los años en un estándar del jazz afrocubano. Emiliano saldría en busca de nuevas emociones y se reunirá con amigos para grabar su testamento musical a fines de los años ochenta: El atipical trío. Nuevamente se arriesgará a la vanguardia, pero para ese entonces ya estaba herido de muerte.

En el año 1992 dará un concierto, a principios de octubre, en el Teatro Mella, y será la antesala de sus presentaciones en Canadá. Allí sería el anfitrión de muchos eventos, parecía que la fama le tocaba las puertas, pero no ocurrió así. Dicen que escribía una versión sinfónica de su tema A Puerto Padre cuando, súbitamente, cayó sobre el piano. Recién había cumplido 41 años, pero Emiliano Salvador había vivido con más intensidad de la que hubiera deseado la música.

Dicen, no fui testigo del acontecimiento, que su amigo Leonardo Acosta, cuando supo la noticia de su partida, desempolvó su sax tenor y tocó largamente Una mañana de domingo, el mismo tema con el que debutara como compositor aquella tarde, ante los miembros del Club Cubano de Jazz.

Veinte cinco años después los jazzistas cubanos comienzan a descubrirlo; se sorprenden de que su música y su estilo hayan resistido el paso del tiempo y de las modas. ¿Será que la brisa que corre en Puerto Padre tiene su propio corredor sonoro?