La Revolución es como una mata de Ruda. Tienes que cuidarla todos los días pues si no lo haces se puede morir. Así decía mi madre. Así decía Olga. Olga Blanco que solamente vio una vez el mar y nunca fue a La Habana. Y así aprendí  a cuidar una mata de Ruda de verdad y a una Revolución que para mí unas veces es ardua; otras, muy luminosa, y las más de las veces, un espacio para desaprender el camino andado.

 


Foto: Con más luz, Boquerón, Guantánamo. Cortesía de Sonia Almaguer

 

Mi madre que apenas sabía escribir me contaba que una vez le escribió a Fidel y que él no le contestó pues a lo mejor la carta no tenía la dirección adecuada o Fidel estaba muy ocupado pero de todos modos ella seguía teniendo confianza en la Revolución.

Mi madre decía la palabra país con un gusto que daba gusto. Y la vez que me dijo que los cubanos debieran amar a Cuba como si fuera una novia me dio pie para escribir un poema que decía más o menos así:

Un país es como una novia/uno ama sus precipicios/y todos los días conoce un poco más de sus aguas. Una novia es como un país/te siembras y no pones en peligro su perfume. Y es aquí donde radica el misterio/la casa es larga y viene a la deriva. De un machetazo han muerto al bandido que asustaba a bichos y perros que perdían el sentido de ladrar. Yo estoy desde siempre en esa foto. Veo flotar la bandera, al parecer le han comido dos puntas, pero es el viento que mezcla las cosas malas con las buenas. /A la novia le han hecho unos tajos/ni el zumo de la verdolaga cura estas diatribas de la guerra. Tengo al país a un soplo de la mano

Y hablo con los héroes/Martí dice la palabra exilio y se queda mirando las tablas de mi casa que ya dije era larga y viene a la deriva. Yo sigo en esa foto, me rodean unas frutas, algo milagroso va a caer del techo. Mi padre enseña unas revistas: Este es Máximo Gómez, éste es el Che y los caballos pasan sin otro ademán que poner los puntos sobre las íes o el mapa que cuelga de mi cuarto. Cuando la novia no está

Anochece del país para adentro. Ella no sabe las comidas que hicieron posible al calígrafo que en 1940 mandó postales por encima del mar. País Novia, largo y acomodado, te amaso con los dedos y escucho el sonido de los jinetes que ya han puesto los puntos sobre las íes y el mapa no resiste tanta quietud./Novia/estás condenada a esos ríos que al llegar a la ciudad son turbios pero inseparables. Te elogio como a este país que me gano todos los días y ya sabrás las circunstancias en que uno detesta la sal y el almanaque. / Sigues con esos tajos y el mejunje que puede salvar no está en los que al otro lado se retratan orondo y no han paseado por un camino de vaca escapada de los corrales y las mieles. /Novia hasta los huesos/País mío por siempre/quisiera para ustedes un larguísimo elogio que diga de la carne, el silencio y el metal, abuelos y dictaduras/Los amo tanto que los confundo/País-Novia/Novia-País/Este/Mi larguísimo elogio.

Y mi madre. Olga. Olga Blanco que solamente vio una vez el mar y nunca fue a La Habana lloraba largo y tendido cuando yo le leía este poema. Para entonces yo me había ido de casa y viajé allende el mar y tuve nostalgias y  extrañé las comidas, el café mañanero y la mata de Ruda que siempre me daba la bienvenida en un lugar del mundo llamado La Tozas. Y así fue como fui entrando despacio al misterio y al asombro que mi madre solía comparar con una labor de jardinero y con una planta muy difícil de cultivar.

En días en que “uno detesta la sal y el almanaque” me monto a la máquina del tiempo y voy de la mano de mi madre que sin muchas palabras, con pocas metáforas, con muchos aciertos me va dictando un infinito decálogo que he ido cambiando con el tiempo, con las furias, con los desbordamientos. Desbordamientos  que me producen al saber que Ella, mi madre y yo seguimos en el mismo camino. Ahora  son otros los jardines pero el perfume sigue siendo largo y sostenido.