En septiembre de 1960 me encontraba en Nueva York como delegado en la Comisión Económica y Representante Alterno de Cuba ante las Naciones Unidas, bajo la dirección del embajador Manuel Bisbé Alberni. Se acercaba el XV período de sesiones de la Asamblea General y conocíamos que Fidel había decidido asistir al frente de la delegación. Amigos norteamericanos habían leído informaciones al respecto en la prensa y me contactaron para ofrecernos un hotel.


Vista general de Hotel Theresa, Nueva York. Fotos: Internet


Se trataba de Malcolm X, dirigente de los Musulmanes Negros, y de Robert (Bob) Taber, periodista de la CBS que había entrevistado al Comandante en Jefe durante la gesta de la Sierra Maestra y que entonces participaba activamente en el Comité Pro justo Trato para Cuba [1], organizaciones que, junto con otros partidos y movimientos de izquierda, atendía yo en nuestra Misión.

Consideraban que, si Fidel iba realmente a la ONU, no debía alojarse en alguno de los hoteles del mid-town, donde tradicionalmente se hospedaban los jefes de Estado o gobierno, sino en el Hotel Theresa, en Harlem, donde tendría el apoyo constante de los musulmanes negros y otros amigos de la Revolución.

Cuando regresé a la Misión, el doctor Bisbé se hallaba reunido con los embajadores Raúl Primelles y Carlos Blanco discutiendo la cuestión. Recuerdo que este último —que no demoró mucho en abandonar las filas de la Revolución— proponía que nuestro Primer Ministro, al igual que los demás presidentes latinoamericanos, se hospedara en el lujoso y renombrado Waldorf Astoria, en la exclusiva Park Avenue.

Por supuesto, Bisbé y Primelles se opusieron, recordando que allí se alojaron el tirano Batista y sus personeros. Yo informé mi conversación con Taber y Malcolm X y propuse aceptarla, alegando que Harlem no solo era un sitio seguro, dado el apoyo popular que allí teníamos, sino que era un símbolo para los 20 millones de afronorteamericanos que entonces constituían la población negra de Estados Unidos.

El embajador Bisbé valoró la proposición de nuestros amigos, pero nos dijo que ya había conversado con la dirección de un hotel que le parecía reunir todas las condiciones por su seguridad y cercanía a la Misión y a la ONU: el Sheraton, ubicado en la Calle 37 y Madison Avenue (a una cuadra del edificio de nuestra actual Misión Permanente). Como todos estuvieron de acuerdo, me pareció inconveniente insistir.

El arribo de Fidel al entonces aeropuerto de Idlewild (hoy John F. Kennedy) fue inolvidable: cientos de cubanos y amigos latinoamericanos se congregaron en las afueras, por donde debería pasar la comitiva, agitando banderas y coreando “¡Fidel, Fidel!”. Un policía yanqui intentó impedir que Fidel saludara desde el carro y este le apartó, con gesto airado.

A la entrada del Sheraton, por Madison, había un grupo no muy grande de batistianos de la organización denominada “La Rosa Blanca”, que vociferaban contra el jefe de la revolución. Pronto llegarían cubanos y amigos latinos y norteamericanos en mayor cuantía y los esbirros de Batista recibieron algún que otro buen sopapo.

Al poco tiempo empezaron desavenencias con la administración del hotel. El Comandante me envió a ver qué deseaba el Manager, que insistía en verle con urgencia. Se trataba de un hombre de mediana estatura, robusto, de bigotito y lentes. “Mr. Roa —me dijo—, estoy muy preocupado por los pickets de elementos hostiles al Primer Ministro Castro, temo que puedan causar daños a nuestro inmueble… Por eso es necesario que su delegación deposite $20 000 como garantía”. Repuse que eso era absurdo y que el Primer Ministro no aceptaría semejante baladronada.

Cuando lo comuniqué a Fidel, se indignó. “¡Son unos bandidos!”, exclamó. “Raulito, dile que son unos bandidos y que no aceptaremos ese chantaje. Nos vamos del hotel”. Y, dirigiéndose al embajador Bisbé, le instruyó pedirle una entrevista urgente a Dag Hammarskjold, entonces Secretario General de la ONU. Mientras, yo cumplí mi encomienda al pie de la letra.

El Comandante, como acostumbra muchas veces, daba zancadas de un lado a otro de la habitación. Ordenó al capitán Antonio Núñez Jiménez adquirir tiendas de campaña, porque estaba dispuesto a pernoctar en los jardines de la ONU. No era posible que dicha Organización estuviera en un lugar donde no se tenía la menor cortesía con las delegaciones que, con todo derecho, venían a la Asamblea en representación de sus países.


Nikita Jrushchov, Primer Secretario del Partido Comunista Soviético, visita a Fidel, en el Hotel Theresa.


Fue entonces que le dije a mi padre lo del Hotel Theresa. “¿Por qué no lo dijiste antes? ¡Eso es formidable!”. Le expliqué las razones y me cortó la palabra: “Eso ya pasó, ahora nos vamos de aquí. Dilo a Fidel”.

Me dirigí al Comandante, que de momento no pareció prestar atención. Pero se volvió luego y preguntó: “¿En Harlem, el guetto?”. Repuse que sí, que Malcolm X y Bob Taber me habían sugerido que podía alojarse allí. “¿Puedes conseguirlo todavía? Entonces, habla con ellos y nos llamas a la ONU; estaremos con Hammarskjöld”. Instruyó al capitán José Abrantes acompañarme.

Así fue. Ubiqué a Taber y fuimos a la oficina de Malcolm. Este hizo una llamada y me dijo que podía informarle a Fidel que tenía dos pisos en el Hotel Theresa donde podría alojarse con su delegación.

Imagino la cara de Hammarskjold cuando Fidel le dijo que se iría a Harlem, con los negros discriminados, los preteridos y humildes de Nueva York. Ya el estirado sueco había obtenido algún hotel elegante cercano e insistía en que era lo apropiado. Fidel se fue al Theresa.

Cuando llegó, decenas de musulmanes negros, cubanos, latinos y curiosos le esperaban. El grito de ¡Viva Fidel! tronó por las calles de Harlem. El Jefe de la Revolución saludó, sonriente, y se fundió en un abrazo con Bob Taber en el vestíbulo del hotel. Allí, en la entraña humilde de la urbe imperial, le visitarían Nikita Jruschov, Jawaharlal K. Nehru, Gamal Abdel Nasser, y otros dirigentes. Malcolm X llevó el abrazo fraternal del pueblo negro combatiente. La Revolución Cubana de los humildes, por los humildes y para los humildes estaba en casa.

 

Nota:
1. Fair Play for Cuba Committee.