Desde estas mismas páginas fue anunciado, hace un par de meses y refiriéndonos al Festival de Toronto, el triunfo del cine latinoamericano hablado en femenino, o lo que es igual, con mujeres al frente de sus realizaciones (http://www.lajiribilla.cu/articulo/cine-hablado-en-femenino-cautiva-festival-de-toronto). La edición número 39 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en La Habana, y los principales premios Coral que entregaron sus diversos jurados, confirmaron el avance internacional de las realizadoras, y ya no solo en el concurso de óperas primas, sino en todos y cada uno de los apartados en que se otorgan premios. Muchas veces el tema femenino alcanzó predominio gracias a los notables realizadores interesados en los conflictos de una mujer protagonista, devenida espejo de pesadillas y rémoras.

En cuanto a los largometrajes de ficción, el primer premio Coral, y el galardón a la mejor actuación correspondieron, respectivamente, a la argentina Alanis y a su protagonista Sofía Gala. Directora y actriz sacan adelante, con notable dignidad artística, una propuesta profunda, plena de humanismo, que elude los subrayados de los inefables melodramas femeninos reconcentrados en la victimización de la prostituta. Al igual que en sus anteriores filmes Un año sin amor o Aire libre, Anahí Berneri relata el itinerario de un personaje tratando de recomponer, desde su dignidad personal, los restos del naufragio.
 

Foto: Racso Morejón
 

En las antípodas de este cine intimista, contemporáneo y sociológico, se colocó la también argentina Lucrecia Martel con la multipremiada Zama, que representa el regreso a la brecha de la celebradísima autora de La ciénaga, La niña santa y La mujer sin cabeza, luego de un paréntesis de nueve años. La prestigiosa y siempre polémica realizadora incursiona en registros bastante distantes de su filmografía anterior: el protagonista masculino (un militar de poca monta) y el filme histórico de reborde épico, pues se trata de un servidor de la corona española abandonado a su suerte en un territorio que hoy correspondería a Paraguay.

Lucrecia Martel acierta a ilustrar, visual y sonoramente, el crescendo de paranoia, incentivada por el lento transcurrir del tiempo, en un filme lánguido y hermosamente pictórico, reconocido en La Habana con los premios Coral por la mejor dirección, sonido, dirección de arte, y por supuesto, el que otorga la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica, pues la célebre realizadora siempre ha sido mimada por los más exigentes especialistas europeos y latinoamericanos.

El Coral de Ópera Prima reconoció, como mejores debutantes del evento, el dueto integrado por las también argentinas Cecilia Atán y Valeria Pivato, directoras de La novia del desierto, una especie de cuento de hadas de paradójico espíritu realista, sobre la crisis, y posible redención, de una mujer de 54 años que trabaja como empleada doméstica en una casa de familia en Buenos Aires y un día se queda sin trabajo, por lo que se ve obligada a viajar al campo en busca de segundas oportunidades y del remedio a la soledad. También sobre el aislamiento, y la necesidad de recomenzar, discursa Invisible, del también argentino Pablo Georgelli, quien ahora ganó el Coral al mejor guión —firmado por el director junto con María Luisa Gargarella— en esta historia de una singular muchacha de 17 años quien descubre de pronto que está embarazada.

Y si bien fue copiosa la recolección de premios por parte de las mujeres que trabajan en el cine argentino, en algunas categorías relevantes se impusieron sus colegas chilenas, brasileñas y colombianas. El premio a la mejor actriz del evento lo obtuvo, como se menciona al principio, la argentina Sofía Gala, pero compartido con la chilena Daniela Vega, protagonista de Una mujer fantástica (Chile, Sebastián Leilo), película que impresionó al tribunal hasta el punto de entregarle el Premio Especial del Jurado. Como en su anterior filme Gloria, Lelio vuelve a enfocarse en la perspectiva de una mujer a contracorriente, una mujer transexual cuya pareja muere y la familia de él la rechaza y margina por completo, hasta que ella decide enfrentar la mirada descalificadora, hipócrita o condescendiente de la sociedad machista.

El jurado de la Asociación Católica Mundial para la Comunicación (SIGNIS) se inclinó por las brasileñas, y así reconoció al filme A tus ojos, de Carolina Jabor, y otorgó mención a Plaza París, de Lucía Murat, ambas realizadoras interesadas en comportamientos aparentemente desajustados, en hombres y mujeres, que traducen neurosis dignas de ser tratadas desde el enfoque sicosocial. Y de Brasil procede también el documental Baronesa, de Juliana Antunes, premiado como el mejor del evento, y en torno a dos mujeres, vecinas de un barrio periférico de Bello Horizonte, en el ínterin de alejarse de la violencia y las tragedias que parecen cercarlas. En cuanto a documental, el Premio Especial del Jurado fue otorgado a la chilena El pacto de Adriana, de Lisette Orozco, quien relata en primera persona el testimonio sobre su tía Adriana, quien trabajó para la policía secreta de Pinochet, y ahora vive en Australia, aunque los refugiados chilenos piden su extradición.

Y la perspectiva sicosocial, capaz de analizar el presente conflictivo y pasado calamitoso es adoptada igualmente por la colombiana Laura Mora en su ópera prima Matar a Jesús (Premio Especial del Jurado en su categoría) en la cual se confrontan las opciones de una joven  puesta a elegir entre vengar la muerte de su padre, asesinado por un sicario en plena calle, o ceder a la posterior seducción del asesino. Mora recurre a una historia de venganza para aunar denuncia social (policía inepta, poder judicial bueno para nada) con la confesión personal, íntima, de experiencias traumáticas compartidas por miles de colombianos. Y tales experiencias son relatadas también en el cortometraje de ficción Genaro (Andrés Porras y Jesús Reyes) “coralizado” en su categoría, y relativo a la historia de un campesino a quien le encomendaron la tarea de entregar los cuerpos de los paramilitares muertos en combate.

Sin embargo, el cine colombiano se las arregló para hablar también sobre el poder de la fantasía y la necesidad de salvar nuestros mejores recuerdos mediante el largometraje animado El libro de Lila (Marcela Rincón) premiado como el mejor en una categoría donde fue laureado también el brillante cortometraje cubano Los dos príncipes, Premio Especial del Jurado de animación para el dúo que integran Yemelí Cruz y Adanoe Lima, a quienes se deben también el memorable video musical Lo feo, y el cortometraje La luna en el jardín.

Escasos fueron los premios para el cine cubano porque también exiguos resultaron nuestros representantes incluidos en los diversos apartados competitivos. Además de Los dos príncipes, la diseñadora cubana Diana Carmenate fue ganadora del Coral al mejor cartel por su obra para el documental ¿Qué Remedio? La Parranda, de Daniela Muñoz, mientras que en el acápite de guión inédito alcanzó una mención Kiribati, del actor, realizador y guionista Vladimir Cruz, quien se limitó a desear, en el acto de entrega de los galardones, que la película escrita llegue pronto a la pantalla grande.

En tanto el festival de La Habana sigue siendo un evento de prestigio internacional gracias, sobre todo, a la extraordinaria respuesta del público habanero, que continúa asistiendo masivamente a la decena de salas comprometidas con el evento, el Coral de la popularidad es uno de las recompensas más perseguidas por los cineastas. Este año las preferencias mayoritarias se inclinaron por el largometraje cubano, drama alegre o dramedia, de espíritu retro y efectos especiales que es Sergio y Serguei, tercer largometraje de ficción de Ernesto Daranas, a quien también se deben Los dioses rotos y Conducta.

Sergio y Serguei se instaló en la preferencia del público cubano gracias, creo yo, a su sabor agridulce, farsesco a ratos, y a las ya mencionadas atracciones, a las cuales se añade una visualidad muy bien resuelta entre lo aéreo y lo tangible, lo cósmico y lo terrenal, lo ingrávido y lo contingente. En sentido positivo, valga mencionar también el desempeño de un notable reparto integrado por Tomás Cao, Héctor Noas, Mario Guerra y Yuliet Cruz, junto con el muy conocido Ron Perlman, encantado con relatarle a todo el mundo la tremenda odisea que significó para él, en tanto actor norteamericano, rodar en Cuba una película cubana, como lo es este homenaje a la auténtica, esencial fraternidad, como el único valor que nos permitiría mejorar el futuro.

Luego de una ceremonia de entrega de Corales oscura y aburrida (y conste que no estoy pidiendo glamour ni limosinas, sino algo de emoción, de rigor, de brillo), cerró la edición 39 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en la cual el evento logró conectarse a plenitud con las tendencias estéticas, filosóficas y temáticas predominantes en el cine latinoamericano de hoy mismo, independientemente de que pueda discreparse con tal o mas cual galardón, y de la exclusión de este o aquel título entre los premiados.

Debe tenerse en cuenta que los muchos aciertos del Festival en general, y del intenso trabajo de sus organizadores a lo largo de un año, se deslucieron parcialmente con las averías del servidor y los problemas del dsp (siglas en inglés de la frase Señales o imágenes digitalmente procesadas) no solo en el Chaplin sino también en otras salas. De este modo, se interrumpió el curso y organización de los filmes programados, y cambiaron drásticamente, y sin anuncios, los horarios de exhibición de todas las muestras, incluida la competitiva.

El Festival ha venido incrementando, hasta abarcar la casi totalidad de sus ofertas, el número de proyecciones en dsp, pero habrá que capacitar a nuestros proyeccionistas y operadores sobre los secretos de tal tecnología, habrá que hacer mil pruebas a cada equipo ANTES de que comience el Festival, para evitar lamentables accidentes de última hora. Estamos precisados a ponernos al día en cuanto al sistema que se emplea en todos los festivales de categoría en el mundo, pero también debemos ser conscientes de nuestras limitaciones económicas, tecnológicas, y tener preparados un Plan B y uno C, D, E, etcétera, con tal de evitar el colapso de una tanda, de una sala, de la programación de un día entero, o de varios días, como ocurrió esta vez. Tal vez debiéramos callar el desaguisado, y concentrarnos en cantar loas a un evento instalado como el más importante, que ocurre en Cuba, en el ámbito cinematográfico. Para que continúe siéndolo, más vale mencionar al menos una parte en el sector de los errores y las insuficiencias. Que para deleitarse con lo mejor del cine latinoamericano y mundial siempre habrá un resquicio en diciembre.