Los mundos virtuales desmoronaron en un breve tiempo la lógica existente para contar historias. Un supuesto lenguaje simple y sin ideologías, la velocidad en el flujo y una aparente participación, posibilitaron el salto hacia la construcción permanente de falsas realidades.

En la alborada del siglo XXI el “materialismo digital” exploró otras maneras de penetrar en los contextos sociales. Los datos culturales fomentaron nuevos lenguajes; y la relación con los ordenadores, otras formas de aprehender las circunstancias. Las experiencias de vida, la cotidianeidad de la gente común, parecieron conformar el nuevo “espectro libertario” que prometió la virtualidad.

La plantación in vitro de la idea del “cambio” y las nuevas interfaces derivaron en vertebradas herramientas para la desestabilización cultural y política. Simplificando de manera acelerada nuestra capacidad para razonar, se abandonó la neutralidad y se diseñó un mundo para ser mirado desde puntos de vistas individuales.


 


La nueva retórica digital convirtió la imagen en hegemónica. Las claves exitosas que habían acumulado en más de un siglo recursos tradicionales como el teatro, el cine o la fotografía, favorecieron la metamorfosis en el manejo de la información. El mensaje sufrió la transfiguración en violencia simbólica y en ejercicio de dominación.

La trasmedia jugó su papel. Calibró una relación con la nueva tecnología más centrada en la distribución y la exhibición, que en las filosofías y los algoritmos de producción. Facilitó así que se desvirtuara la reflexión en torno a la decodificación crítica de los contenidos.

Transformados de manera temprana en utensilio político, los nuevos medios alimentaron el diseño del smart power y colocaron en manos del capitalismo un extraordinario recurso para la dominación. Varias naciones latinoamericanas enfrascadas en la construcción de modelos progresistas, han sufrido desde entonces las novedosas maniobras de distorsión de la realidad.

Videos alterados, declaraciones deformadas, fotos tomadas desde ángulos convenientes, configuran un extraordinario reality show. La pretensión es sembrar más preguntas que respuestas; si estas últimas aparecieran, lograr que se apoyen en los preconcebidos argumentos que conforman el discurso único que se establece mediante las trasnacionales de la comunicación.

Un ejemplo evidente lo apreciamos en las últimas semanas. La embestida mediática que se cierne sobre Venezuela, confirma el objetivo de sustituir la legitimidad de los gobiernos populares mediante la sugestión de las mismas mayorías a las que la revolución le ha intentado devolver el derecho a pensar.

Cientos de blogs, podcasts y etiquetas en las redes sociales, muestran evidencias de una tecnología politizada y diestra en la actividad de desmantelar conceptos, realidades, narrativas, dinámicas y presupuestos ideológicos.

El mensaje se refuerza con representaciones creadas con “sensibilidad” de artista. A su vez, resulta curioso y perceptible el escaso empleo de las voces y reclamos de los que protagonizan las discutibles movilizaciones populares. En la mayoría de los casos estos figuran como escenografía, recursos de apoyo o logística para la movilización.

El conglomerado informativo se vende con la etiqueta: “acabó la era de escuchar pasivamente”. Muy a tono con la reciente campaña electoral de Donald Trump, promueve textos cortos, contundentes y fácilmente virales al colocarse en la red. Articula también de manera programada los pronunciamientos de figuras internacionalmente “relevantes”.

Un ejército de smartphones encabeza las primeras filas de cada protesta. Velocidad, flujo e impacto parecen estar encadenados a efectivos titulares que afloran en los más importantes diarios digitales del mundo. La ausencia de un liderazgo político real intenta solventarse con un manto de liderazgo virtual.

La meta de la ofensiva mediática y las movilizaciones de la derecha es garantizar la ingobernabilidad del país. Una guerra de desgaste sistemático que incluya el descalabro económico y facilite la pérdida del poder adquisitivo de los planes sociales de manera progresiva.

El financiamiento económico a grupos violentos y extremistas de la derecha por la oligarquía internacional, representa una amenaza real a la paz de ese país; también una agravante para la seguridad regional. La riesgosa puesta en escena repite los cánones de la doctrina de guerra no convencional aprobada por el gobierno norteamericano en el año 2010 y que ya ha revelado sus devastadores efectos en otras regiones del planeta.


Foto: Internet


A la revolución venezolana le atañe el legítimo derecho a defenderse, eso nadie ha de ponerlo en duda. La construcción sistemática de mensajes, la contranarración de los hechos, tendrán que consolidarse como estrategias priorizadas.

Resulta evidente la necesidad de reconfigurar las miradas al entramado socioclasista del país y a la fuerza real de las organizaciones que se agrupan en la coalición de la izquierda. Para ello se deben restablecer consensos y coordinar ante la crisis soluciones inmediatas, pero también otras que permitan estabilidad en el futuro; de manera puntual, ante el panorama electoral y constituyente que ya ha sido anunciado.

La solidificación de alianzas internacionales, el ejercicio diplomático y el resarcimiento de los indicadores económicos son acciones fundamentales para la gestión exitosa de la crisis. Sin embargo, el éxito mayor dependerá de las posibilidades reales que desarrolle le legítima democracia venezolana para abrirse camino entre un espinoso sendero de mentiras que ensombrece el comportamiento de las subjetividades colectivas.

Es preciso ganar conciencia de que peleamos una guerra semiótico-cultural sin precedentes, en la cual la movilización ciudadana es importante; pero más trascendental resulta, por sus efectos esclarecedores, la movilización intelectual.

En Venezuela se libra el combate decisivo por no truncar el movimiento que aspira a alcanzar la definitiva indepencia latinoamericana. Abandonar al país suramericano  en ese propósito equivaldría —nadie lo dude— a marcar un giro fatal en el movimiento político que desde hace décadas vive la región.

Abrazar la teoría del fin del ciclo progresista o pretender guardarnos energías para cuando retornemos al poder,  supondría una autodestrucción de las confianzas y de las esperanzas que  millones de  latinoamericanos han depositado en el liderazgo de estos gobiernos. Junto a ellos hay que salir a dar la batalla. 

Resulta importante que las fuerzas de izquierda, los analistas y asesores políticos no confundan perspectivas y razonamientos ante la inteligible coyuntura.   

Hace algunas semanas participé de un análisis especializado en que se argumentaba que el escenario latinoamericano no resultaba una prioridad para el actual ejecutivo de Washington. Los hechos no parecen confirmarlo. Si bien los pronunciamientos oficiales colocan la matriz de análisis a lo interno de la polarizada sociedad norteamericana, no han cesado las maniobras para recuperar las fragmentadas posiciones geoestratégicas.

La agenda política descansa ahora en soportes culturales más comedidos, hábilmente estructurados; con secuencias y protagonistas diestramente seleccionados. Pero sus formas básicas de subversión siguen presentes. El sistema pretende restaurar y hacer más fuerte la dominación capitalista neocolonial en el continente. Esa esencia no ha cambiado.  

La ofensiva mayor descansa en la deformación de la opinión pública y la restitución del conservadurismo en el pensar. Meticulosamente, la realidad virtual invisibiliza los resultados de nuestros programas políticos. La pantalla deja fuera del cuadro la información que no le es útil. La prensa indaga en los puntos ciegos entre los proyectos mínimos y máximos de los gobiernos progresistas y utiliza absurdos teóricos para confrontar y confundir.

El ataque —a diferencia del pasado— se produce desde las mismas herramientas que enarbola la izquierda, nunca contra sus principios básicos. Se enmascara de esta forma el verdadero interés clasista de la lucha y se cifran los mensajes restituyentes de una saludable ideología neoliberal.

El derrame informativo unifica el discurso derechista y se plantea sus recursos desde el terreno de las supervivencias. Fractura los concesos sociales y quebranta el colectivismo ciudadano, para desde ahí lograr el distanciamiento con el proyecto común, exacerbando y sobreponiendo metas individuales.

La presente contienda advierte la capacidad cultural e ideológica del capitalismo de mutar, de reinventar y camuflarse. Preguntarnos si hemos evolucionado nosotros a ese ritmo vertiginoso es fundamental. Pero más importante aún es que actualicemos los mecanismos para actuar.

De manera lamentable, la izquierda ha descuidado la construcción de su capital simbólico y cultural. Concentrada en la inmediatez de la lucha, sobreponiéndose a los conflictos intestinos y las persecuciones externas, en más de una ocasión su plataforma de gobierno se abrió paso desde lo material y no desde la imprescindible liberación del pensamiento.


 

La deformación económica de nuestras naciones y la considerable acumulación de miseria social, precipitaron negativamente que fuera ese el camino. Ante múltiples situaciones, fueron subordinadas estrategias a las apreciaciones tácticas. A la larga, ello condicionó retrocesos políticos y cegueras para utilizar de manera más coherente las fuerzas con que contamos.

Variadas circunstancias desaceleraron la producción de contenidos, se dogmatizó la práctica política, se minaron las relaciones con las bases populares y algunas veces se confundió popularidad con militancia. Las insuficiencias en nuestro pensamiento social condicionaron el empleo de una parte del lenguaje del capitalismo y con ello reproducimos involuntariamente  también una parte considerable de su pensamiento. Ello acentúo nuestro razonamiento de colonizados y aminoró la capacidad de desempeño.

Permisivamente contribuimos a caricaturizar muchas de las que habían sido nuestras herramientas de triunfo. El diálogo se volvió lineal, poco espontáneo, y varios mecanismos para expresar el poder se fueron pareciendo más a los de las oligarquías, que a los que soñamos colectivamente en el camino por materializar la independencia. 

Mirar con luces cortas nos ha colocado en una compleja situación. Administrar la economía o la justicia social desde plataformas tradicionalmente burguesas, no basta. Con independencia de las circunstancias y los contextos, las revoluciones tienen una característica para realizarse: han de tomar el poder. En las continuas radicalizaciones políticas se fortalece su plataforma programática, se afianzan sus lazos populares y se proyectan los rasgos de la nueva conciencia revolucionaria que las sostiene.  

El desarrollo de las sociedades latinoamericanas tiene que empezar por definirse como un movimiento que sitúe a la conciencia como componente primario. Todo esfuerzo diferente conducirá a un estancamiento en torno a la posición trasformadora que les corresponde a las masas populares en el continente.

La mayoría de edad de nuestros proyectos se logrará en la medida en que crezcamos culturalmente. Para ello es impostergable discutir desde las bases mismas de la doctrina neoliberal, desmontándolas y superándolas;  renunciando a que prevalezca la crítica deformada que ha terminado decontruyendo sin ofrecer soluciones medianamente comprensibles.

Las batallas conceptuales de este siglo tendrán lugar en los predios del terreno virtual. A ellas no podemos asistir con ignorancia aldeana, tampoco con predisposiciones inhabilitantes. El recurso de nuestro método tiene que concretarse en el procesamiento de los resortes, en atrapar las dinámicas y marchar a la par de los ritmos del fenómeno que nos desafía.

En las nuevas circunstancias hemos de ver el bosque y los árboles. Las turbulentas coyunturas no pueden mantenernos entretenidos o confundidos. Como nunca antes hay que recordar aquello dicho alguna vez, que todo lo sólido se desvanece en el aire.

Sobre la marcha tenemos que fundar. Apostar por un proyecto consistente, vanguardista, plural y comprometido con los diálogos por sostener; que incluya una epistemología y una ontología concebida desde el sur y, por ende, capaz de aportar análisis, inferencias y argumentos en correspondencia con los progresivos desafíos.

Resistiendo junto a Venezuela algo parece confirmársenos como verdad y alerta: no hemos sabido valernos para construir integralmente un imaginario fuerte, esperanzador y convincente. Si aspiramos a vencer, tendremos que reanudar la batalla por edificar la hegemonía que reclama la izquierda en el continente. Una hegemonía que, con concepción martiana, no ha de ser de un alma sola.