Hace unos días y gracias al 39 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, pude disfrutar del documental Ex-change, del realizador cubano Juan Carlos Travieso, y confieso que el deleite quedó muy por debajo de mis expectativas. En primer lugar el documental, que promete referirse a “un intercambio cultural entre Cuba y los Estados Unidos”, termina reduciendo su espectro a la relación entre La Habana y Miami, borrando de un plumazo casi todos los proyectos desarrollados desde el día en que Bárbara Dane decidió acompañarnos en aquel Festival de la Canción Protesta de hace 50 años hasta la fecha. Por ignorar, deja fuera experiencias emblemáticas como el Music Bridge, de 1999 y el intercambio sinfónico de ida y vuelta que cuenta ya varios capítulos y ha implicado a varias ciudades cubanas y estadounidenses, entre otros tantos acontecimientos y plataformas.
 

 Ex-change, de Juan Carlos Travieso en el Cine 23 y 12. Foto: Detalle de la invitación promocional
 

Fuera de una fugaz mención a la visita de Wynton Marsalis y al Buena Vista Social Club y alguna que otra mención aislada, el documental deviene antología de lugares comunes sobre la relación de la música cubana con la ciudad de Miami, sin profundizar en absoluto en las verdaderas causas del problema. Lamenta el audiovisual, por ejemplo, que cantantes como Willy Chirino y Amaury Gutiérrez no hayan vuelto a cantar en Cuba, pero no dice ni media palabra sobre los músicos cubanos que se han quedado con la maleta hecha, tras recibir nominaciones al Grammy, porque el Departamento de Estado no les ha concedido visa, ni de discos como Van Van is here que, luego de ganar ese mismo premio, no corrió la misma suerte promocional que cualquier otro fonograma bendecido con similar reconocimiento.

Hay sin embargo una operación aún más significativa en Ex-change y es aquella mediante la cual se le otorga el mismo valor a la opinión de artistas que siempre han residido en Cuba, como Frank Delgado, Israel Rojas e Ivette Cepeda, entre otros; que a la de otros, residentes en Miami, especialmente a Willy Chirino y Amaury Gutiérrez; homologación que entraña, cuando menos, una velada manipulación del sentido, al tratar como iguales a personas que han mantenido actitudes diametralmente opuestas en su relación con la política, máxime cuando se le atribuye a esta la principal responsabilidad en el asunto.

De este lado, hablamos de creadores que han defendido a capa y espada la autonomía de su arte, denunciando cuanto obstáculo burocrático aparezca, participando activamente del proyecto social al que pertenecen, sin que se les haya pedido a cambio que blasonen una idea preconcebida de su país ni mucho menos que adversen en nuestro nombre el sistema político de un país vecino. En cambio, los dos adalides que pontifican desde Miami a través de Ex-change han sido y son militantes activos de la contrarrevolución más retrógrada, la misma que organizó los actos contra el concierto de los Van Van, que el documental presenta como el colmo de la barbarie. ¿Es acaso justo conceder la misma legitimidad a ambos bloques de testimonios, desconociendo a propósito la trayectoria de los testimoniantes?

A los realizadores de Ex-change les parece que lo importante es el intercambio en sí y no la causa profunda por la cual este no puede concretarse cotidianamente; por eso nos dispensan una aséptica selección de testimonios, cuidadosamente podados de cualquier estridencia que conduzca al origen del conflicto. Solo así puede entenderse que las escasas críticas al establishment norteño se hayan puesto en boca de un corista menor, prácticamente desconocido en Cuba y no en boca de Manolín, el Médico de la salsa, cuando todo el mundo conoce su postura antisistema y sus dilatados descargos contra una industria musical que no le ha sido precisamente amable.
 

Disco resultante del Music Bridge, celebrado en La Habana, en 1999. Foto: Internet
 

Claro que tales desafueros se deben, en primer lugar, a la escritura de un guion que desproblematiza intencionalmente el conflicto, para entregarlo descafeinado y listo para la graficación maniquea que le estaba predestinada. Sobre la pueril metáfora del “puente de mangas largas”, aportada por Manolín, el médico de la salsa, se articula el contraste audiovisual entre una Habana voluptuosa y decadente y un Miami floreciente y kitsch, sin que se indague tampoco en las cusas de la decadencia y el mal gusto de una ciudad y la otra.

Tamaña superficialidad se deriva de que a los realizadores pareciera interesarles más el problema en sí que los posibles caminos para su solución. Les importa más el anecdotario que el hecho concreto de que nuestros artistas deban aceptar un tratamiento discriminatorio si desean viajar y mostrar su arte en los Estados Unidos. Más que reclamar que Van Van y la Aragón puedan cobrar por su trabajo como lo hacen Juan Luis Guerra y Juanes, en esta película se mezclan indiscriminadamente entrevistas propias (de factura fílmica un tanto descuidada, por cierto), con fragmentos de programas televisivos y películas cubanas de baja resolución audiovisual, para describirnos un problema muy grave pero sin causa aparente; el clásico dilema entre cubanos de aquí y de allá que (nadie entiende por qué), no son capaces de arribar a un acuerdo.

Y es que no se puede hablar de estos temas sin mencionar el bloqueo y su influencia en temas como la libre circulación del arte y la exclusión de Cuba de las rutas internacionales del mercado musical. Por muy amigos que seamos de los más grandes músicos del mundo, no nos convertiremos en plaza atractiva para su trabajo mientras no resolvamos ese problema estructural, que trasciende con mucho nuestra buena voluntad. Ningún análisis medianamente serio podría dejar de mencionar la batalla cotidiana que este país ha tenido que librar por defender su soberanía, contra la potencia más poderosa de la historia, una de cuyas herramientas principales es justamente el bloqueo. Ya sé que tales asuntos no son fáciles de abordar mediante el lenguaje artístico, pero ello no exime a los realizadores de su responsabilidad para con la verdad, sobre todo si se ha escogido un género tan exigente y de tanta tradición entre nosotros como el documental y si se cuenta entre los auspiciadores con instituciones de experiencia en temas de similar complejidad, como el Centro Martin Luther King de Cuba.

He aquí un típico caso de esa gran franja de censura que impone la relación con el cliente y que muchas veces se comprende y asimila como algo normal, sin que ello nos impida declarar, al mismo tiempo, nuestra confianza en la capacidad del arte para cambiar a las personas y modificar los contextos, como si una cosa nada tuviese que ver con la otra, como si producir con apego a determinados condicionamientos (los que fueren) no implicara, de manera directa, renunciar a poner en circulación temas, enfoques y hasta procedimientos que podrían desplazar los límites de lo que, según el mercado, interesa a las mayorías o, lo que es lo mismo, vende. Ahí están varias de las producciones de Calle 13 para probar que es posible correr tales límites y operar con actitud crítica aun dentro de las estructuras del mercado latino y norteamericano. Hacen falta, eso sí, convicción en la idea que se defiende y una gran perseverancia para llevar a término las complejas operaciones de elaboración artística que semejante reto impone y que trascienden con mucho esa capacidad innata que solemos llamar talento.

En todo caso, se aprecia en Ex-change la voluntad desesperada de quedar bien con todos que acompaña al arte sin tesis, indisolublemente ligada a ese afán de neutralidad que aquí se alcanza mediante el ocultamiento de una parte de la verdad, defecto que curiosamente se nos achaca solo a nosotros pero que, como podemos apreciar, es mal que prolifera en más de un patio.

Entusiasta con lo elemental y superficial con lo importante, empeñado en censurar aquella parte de la verdad que problematiza e impulsa hacia las posibles soluciones, Ex-change me recordó aquella canción de Baglieto que parodié para titular estas líneas y que reza: La censura no existe, amor. La censura no existe. La censura no. La censura. La