En los albores de la segunda intervención norteamericana, hace más de un siglo, siendo Almendares campeón de la liga, y Regino García ―jugando por el Fe― líder de los bateadores, el periodista deportivo Rafael Conte, que publicaba en la prensa bajo el seudónimo de Squeeze ―recordemos la audacia alegórica del squeeze play―, en su prólogo a El Base Ball en La Habana, Matanzas y Cárdenas. 1878-1907 de Raúl Diez y Muro, escribe estas provocadoras palabras, no exentas de sorna:

¡Base Ball! ¡El señor Diez ha escrito una obra consagrada al base ball!... ¡Cuánto envidio al señor Diez! Y ¿sabéis por qué? Pues es muy sencillo: porque todos los imbéciles de La Habana, al enterarse de que ha publicado un libro dedicado única y exclusivamente á nuestro gran deporte nacional, se burlarán de él. Y no hay nada en el mundo que yo envidie tanto como las sonrisas desdeñosas y hasta el odio irreconciliable de los imbéciles.

Ese enfático y antiguo reclamo de escribir sobre la pelota criolla tiene hoy una particular vigencia, cuando nuestro beisbol atraviesa un desafortunado período. Resulta que para los cubanos la pelota es un asunto demasiado serio, y los que algo sabemos de lo que sucede en los terrenos y sus inabarcables alrededores estamos convencidos que la solución a esta prolongada crisis pasa por muchas coordenadas, incluyendo, por supuesto, las culturales. [1]
 

 Foto: CubaDebate
 

En noviembre de 2014 tuvo lugar en el salón Adolfo Luque, del emblemático estadio Latinoamericano, el Coloquio Nacional Museo y Salón de la Fama del Beisbol Cubano: de la utopía a la realidad, con el auspicio del INDER y el impulso de un nutrido grupo de entusiastas a los que se sumó casi un centenar de cronistas, periodistas, historiadores y demás conocedores de nuestro pasatiempo nacional, que representaron desde Baracoa hasta Minas de Matahambre a toda una multitud de seguidores en el archipiélago.

La convocatoria tuvo como corolario la refundación del salón y la exaltación de diez figuras inmortales. Desde el decimonónico Enrique Esteban Bellán, que debutó con los Troy Haymakers en la Asociación Nacional de Baseball, génesis de la actual Liga Nacional; hasta Omar El Niño Linares, el indiscutido mejor pelotero amateur del último medio siglo, allí estuvieron representados por algunas de sus figuras ciento cincuenta años de historia.

Con el primero se reparó una injusticia histórica. Protagonista de los míticos juegos del 27 de diciembre de 1874 y 29 de diciembre de 1878, manager triunfador con el club Habana en los tres primeros torneos oficiales, tal vez el primer jugador latino en los torneos profesionales norteamericanos, su nombre estaba ausente en la tarja que perpetúa los consagrados desde la fundación del salón en 1939, hasta su cierre indefinido en 1960, galería que tuvo entre sus primeros a Cristóbal Torriente, José de la Caridad Méndez y Armando Marsáns, a los que se sumarían sucesivamente Emilio Sabourín (1941), Alejandro Oms (1944), Martín Dihigo (1951) y Adolfo Luque (1958), entre otras luminarias.

Pero, junto a este hecho por demás histórico, lo más importante estuvo en reivindicar la solicitud del INDER de elevar al Ministerio de Cultura y a la Comisión Nacional de Patrimonio Cultural la propuesta de declarar el beisbol como patrimonio cultural intangible de la nación cubana, acción cardinal hoy por hoy pendiente de ser expedientada.

Aquí quisiera recapitular las manifestaciones nacionales que lo han merecido. Junto a la Tumba francesa y la Rumba, incluidas como patrimonio cultural e inmaterial de la UNESCO, lo han recibido con carácter nacional: el Tres en 2011, el Repentismo, el Son y las Lecturas de Tabaquería en 2012, las Parrandas de la Región Central de Cuba y el Danzón en el 2013.
 

Foto: Vanguardia
 

A ellos sumaría a los que se incluyen en el Registro Memoria del Mundo, de la UNESCO. Creado en 1997, este listado universal tiene la finalidad de proteger el patrimonio documental. Cuenta actualmente con más de trescientos asientos, que van desde los discos originales de la música de Carlos Gardel hasta las listas de oro de los exámenes imperiales de la dinastía china Qing. Allí se registran el “Fondo Documental de José Martí”, compuesto por documentos literarios, periodísticos, políticos y personales relacionados con la vida y obra del Héroe Nacional de Cuba; la “Colección de negativos del Noticiero ICAIC Latinoamericano”, documental noticioso elaborado semanalmente entre 1960 y 1990; y la colección documental Vida y Obra de Ernesto Che Guevara: desde los manuscritos originales de la adolescencia y la juventud hasta el Diario de Campaña en Bolivia. Como se verá, tres hitos de nuestra historia y nuestra cultura.

Para los cubanos, el beisbol ha sido siempre patrimonio y memoria, metáfora de nuestra historia y nuestra cultura, desde que los primeros implementos para jugar fueron traídos por los hermanos Nemesio y Ernesto Guilló a su regreso de Mobila, Alabama en 1864, acontecimiento que ya cumplió siglo y medio; aniversario a los que se suman sucesivamente rebasados los más de 140 años del legendario juego del 27 de diciembre de 1874 en el Palmar de Junco; los 125 años de la publicación de la primera historia del beisbol cubano, obra del escritor y pelotero Wenceslao Gálvez y Delmonte; los 100 años del inicio del primer campeonato amateur del siglo xx, y los 75 años de la creación del Salón de la Fama del Beisbol Cubano, todos eventos asociados a nuestro devenir como sociedad, quienes conformaron un calendario de fechas redondas en el mencionado 2014.

La historia de Cuba y su cultura pueden escribirse a partir de procesos marginales como el deporte, desde esos costados donde también se evidencian sus iluminaciones, sus límites, sus angustias y tensiones como nación. Porque nuestros peloteros, sus jugadas y su historia, forman parte de lo universal cubano que reivindica nuestra identidad, como razón orgánica desde la razón cultural e integradora de su historia, campeonatos, protagonistas, récords, curiosidades y sus estudiosos.

En la tradición cubana, está por saldar parte de la gran deuda que existe en reflejar el rico tejido que imbrican el beisbol y la cultura de la Isla, que desde sus orígenes se ha convertido en rasgo del “ser cubano”, o atributo de la condición nacional que es para muchos la pasión beisbolera, lo que fue expresado certeramente por el veterano y reconocido periodista deportivo Elio Menéndez:

“La pelota en Cuba es una síntesis de talento natural y ganas de brindar un espectáculo. No puede decirse que es solo un deporte, es la prolongación cultural de un país, es lo que no perdonaría la gente que no tuviéramos.”

El profesor, ensayista y seguidor de los equipos “naranja” que es mi buen amigo Omar Valiño, alguna vez escribió a propósito de ciertos prejuicios “académicos” en reconocer ese rol identitario: “Descubro aquí una conflictividad evidente. Aunque la pelota es un mundo que no atañe, ni mucho menos, solo al universo deportivo, siendo además de las manifestaciones más singulares y totalizadoras de una identidad vernácula, cierto discurso no la asume como cultura.”

Dentro de las capas de la intelectualidad artística es para algunos un entretenimiento risible, para otros, vulgar. Y, sin embargo, la pasión de unos pocos (en estadísticas relativas) llena cualquier vacío vergonzante.

Aquí están las decenas de miles de jugadores, los millones de seguidores de las 90 criollas, que desataron siglo y medio de fervor beisbolero, donde se enlazan nombres que fueron sinónimo de espectáculo para la afición, y ese mismo pueblo entusiasta que lo identifica como una alegoría nacional. Esos peloteros, sus jugadas, los episodios que protagonizaron, su historia, forman parte de la cultura cubana, parte imprescindible de nuestra forma de ser.

La leyenda deportiva que es Hank Aaron, al prologar el excelente libro Smoke. The romance and lore of cuban baseball, de Mark Rucker y Peter C. Bjarkman, con mucho uno de los estudios más serios y desprejuiciados sobre nuestra pelota, destacó:

Los héroes del beisbol cubano casi se salen de las páginas. El libro no solo dice lo que Esteban Bellan y Dolf Luque y Martín Dihigo cumplieron durante sus carreras, tú puedes encontrar eso en la enciclopedia. Smoke nos manda atrás en el tiempo para pararnos junto a ellos en el terreno, para ver cómo ellos eran en sus habilidades, para oír cómo eran reverenciados en sus países. Fuera en los tempranos años del juego o en la era de la guerra fría o en el baseball de Cuba hoy, Smoke te pone justo ahí. Tú puedes sentir el calor. [2]

En el texto de Lisa Brock y Otis Cunningham, Los afroamericanos, los cubanos y el beisbol, [3] al referirse a la fuerza revolucionaria que fue el beisbol en la segunda mitad del siglo xix, analizan su proyección en los sectores marginados, suceso visceral y cultural, con una pujante tradición:

Para los cubanos y los afroamericanos, el béisbol nunca fue exclusivamente deporte y entretenimiento. Surgió, durante medio siglo de esperanzas y sueños de los esclavos emancipados y los nacionalistas cubanos, solo para ser aplastados por un racismo malévolo y el escurridizo aunque depravado, imperialismo norteamericano. Para 1910, las prácticas de segregación racial habían trazado una línea de color en la mayoría de las esferas de la vida estadounidense y las élites del país habían robado la independencia a Cuba. De modo que al convertirse el beisbol en el pasatiempo nacional estadounidense, cobró garra en las comunidades afroamericana y cubana, como sitio natural en que podían mediarse el racismo y el imperialismo. [… ] Para 1947, momento en que se produjo la “integración” en el béisbol con Jackie Robinson, cientos de jugadores de origen rural y obrero, y decenas de miles de fanáticos afroamericanos y cubanos se habían conocido por medio del béisbol. Un estudio del papel del béisbol y de sus interacciones revela mucho sobre la identidad de cada grupo y las paradojas que se encuentran cuando dos grupos de color viven en el borde del racismo y el imperialismo.

En Cuba, el beisbol y el movimiento independentista evolucionaron en forma concomitante, dándoles un carácter ideológico más fuerte que en los Estados Unidos. Louis Pérez Jr. afirma que para los cubanos de mediados del siglo xix el beisbol no solo era signo de modernidad, sino que se convirtió en un símbolo anti español, en un momento crítico de la formación de la identidad nacional cubana. El beisbol, que había sido introducido en la isla por estudiantes, inmigrantes y marinos que habían vivido en los Estados Unidos, “agudizó las distinciones entre cubanos y españoles cuando estas asumían implicaciones de carácter crecientemente político”. Es de importancia que la cultura del “beisbol ofreciera la posibilidad de una integración nacional” (en formas que no podían hacerlo las corridas de toro, por ejemplo) por estar abierto a “cubanos de todas clases, blancos y negros, jóvenes y viejos, hombres y mujeres”. Y como los cubanos llevaron a cabo tres guerras anticoloniales ―la guerra de independencia se produjo en 1895-1898― y enviaron al extranjero a miles de exiliados políticos, estudiantes, trabajadores y refugiados de guerra, el beisbol se convirtió “en (su) deporte, (su) estado de conciencia y (su) declaración”. Entre finales del decenio de 1870 y principios del de 1890, surgieron en la Isla más de doscientos equipos de pelota y según se fueron estableciendo clubes revolucionarios nacionalistas en Tampa, Nueva Orleáns, Nueva York y Filadelfia, estos también organizaron equipos de pelota.

Solo esta coyuntura de nacionalismo y beisbol puede explicar la temprana y perdurable posición de este deporte en la cultura cubana y la importancia de los cubanos en el beisbol en general. Nuestra cultura, como es común en todos los pueblos y sobre todo en los que solo suman unos pocos siglos de existencia, es una acumulación que se enriquece con las apropiaciones. Ya sea por la vía de corrientes migratorias, vecindades, comercio, o influjos coloniales o neocoloniales, esas influencias se incorporan y asimilan en el proceso de formación de las culturas emergentes, incluso en las ya establecidas. Dentro de nuestro patrimonio intangible, entre otras, han sido reconocidas con propiedad la décima, proveniente de las Islas Canarias, y la rumba, cuyo sincretismo tiene en tierras africanas sus raíces primigenias. Así el beisbol, cuya génesis se registra en Estados Unidos, fue en unos pocos años asumido y metabolizado por una tierra que hace siglo y medio se encontraba en la plenitud de su eclosión como nación en desarrollo.

Aprovecho la oportunidad para llamar la atención sobre lo que sería mi única diferencia ―de un libro que por demás solo merece elogios― con los autores y los editores de una obra capital y muy esperada de nuestra historiografía beisbolera como es la Enciclopedia biográfica del beisbol cubano,[4] y cito una nota a pie de página del editor, que provoca esa discrepancia, a tenor de la apropiación que reivindicamos: “A lo largo del texto aparecerá numerosas veces el nombre de este deporte con diversas grafías. Cuando corresponda a ideas de los autores será en su forma castellanizada béisbol…”, subrayado mío. Según el diccionario de la RAE, el uso común para el área del Caribe y México es beisbol ―sin acento―, a partir del término béisbol ya castellanizado. En el Léxico Mayor de Cuba, el imprescindible Lexicón, de Esteban Rodríguez Herrera, estudioso que fuera en su época miembro de la Academia Cubana de la Lengua y correspondiente de la española, reza: “Beisbol (del inglés base ball). Nombre deportivo del popular juego de pelota”. Pero esto es solo un apunte al paso, entre las tantas virtudes a reconocer de este título, y que se integra al interés de reivindicar el sentir de peloteros, aficionados, instituciones deportivas y especialistas al proponer a la Comisión Nacional de Patrimonio Cultural la necesidad inaplazable de declarar el beisbol como patrimonio cultural intangible de la nación cubana.

XV Tope Bilateral de Béisbol entre Cuba y Estados Unidos, 1987. Foto: Vanguardia.cu
 

Como es sabido, a fines del xix y en los años sucesivos Cuba se convirtió en “el primer epicentro de beisbol en el Caribe”, y sus jugadores en los “apóstoles” del juego. Para todos es conocido que fueron los exiliados e inmigrantes cubanos quienes despertaron el interés en el beisbol en la República Dominicana, Venezuela, Puerto Rico y México. [5]

Los peloteros mambises dieron otra carga al machete que integró a la formación de la cubanía y a la cultura insular lo que ha sido, en justicia, el deporte nacional. Por ejemplo, los encuentros beisboleros del exilio criollo fueron otro ámbito proselitista para el separatismo.

Después de 1895, un grupo de muchachos de Cayo Hueso, en Estados Unidos, exiliados e hijos de cubanos y casi todos tabaqueros formaron el club Cuba, que actuaba exclusivamente para recaudar fondos para la independencia. […] En el Cuba figuraban, entre otros, un hijo de José Dolores Poyo, gran amigo y colaborador de Martí, y Agustín Tinti Molina, que dedicaría su vida a la pelota. [6]

El genial escritor que fue Mark Twain, revolucionario por naturaleza, reconocía en el beisbol “el símbolo, la expresión exterior y visible del empuje y la lucha del siglo xix en su furia, su desgarramiento y su estampida”. Desde los primeros años del beisbol, de su difusión y sedimentación en la Isla, los cubanos de la segunda mitad del siglo xix reflejan esa pasión por el deporte emergente asociada a su agitación independentista. Su trasfondo cultural, espiritual, como cartografía y tradición del país ha llegado hasta nuestros días, y revitalizarlo y preservarlo, reconociéndolo como patrimonio inmaterial de la nacionalidad, es un cometido que nos recuerda de forma tajante la deuda contraída hace ciento 50 años con los precursores de esta tradición, y las generaciones que les sucedieron.

 

Notas:
 
[1] “Beisbol, cultura y nación”, nota editorial, La Gaceta de Cuba, no. 3, La Habana, 2015, p. 2.
[2] Mark Rucker y Peter C. Bjarkman: Smoke. The romance and lore of cuban baseball, Sports Illustrated, New York, 1999, p. XI. Traducción para este libro de Jimena Codina.
[3] Lisa Brock y Otis Cunningham: “Los afroamericanos, los cubanos y el beisbol”, en Culturas encontradas: Cuba y Estados Unidos (coordinadores: Rafael Hernández y John H. Coatsworth), Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello y Centro de Estudios Latinoamericanos “David Rockefeller”, Universidad de Harvard, Cambridge, Massachusetts, 2001, pp. 203-228.
[4] Juan A. Martínez de Osaba, Félix Julio Alfonso y Yasel Porto: Enciclopedia biográfica del beisbol cubano. Siglo XIX, t.1, Editorial José Martí, La Habana, 2015, p. 14.
[5] Lisa Brock y Otis Cunningham: Ob.cit., pp. 203-227.
[6] Ciro Bianchi Ross. Contar La Habana. Ediciones Unión, La Habana, 2012, pp.194-200.