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Palabras de Man Hortense al pie de la estatua...

 

No sé lo que llaman “allá”, ese lugar que al parecer no tiene nombre bien definido, del que nadie sabe de qué color es el cielo ni a qué huele la tierra, pero que nos persigue impunemente, desde el alba hasta que cae la noche, lo que nos obliga a dejar por breve tiempo la tarea que estamos realizando y algunas —pero yo no, ¡coño!— que han perdido la razón, se ponen a tararear beguines melancólicos que vienen del Saint-Pierre de antes de la erupción. Yo sí que no me dejo llevar por esos caprichos. ¡Nada de eso! Yo estoy de pie, muy derecha, en mi “aquí mismo”, más tiesa que la raíz de la casia y converso con mis matas-todo-lo-curan o con Philémon, el viejo mulo

abandonado que un día atrapé en medio de una temporada de lluvia sin su mamá. Desde hacía varios días estaba cayendo una verdadera avalancha de agua tibia y los pies se nos hundían en el fango. El riachuelo de Le Lorrain comenzaba a desbordarse, dejando tumbadas las cañas de las plantaciones, abandonadas por macheteros y recogedoras. Fue dos años antes de que esa desgraciada guerra de “Allá” viniera a trastornar nuestras vidas y que mi hijo, mi muchacho, mi hombrón, el primero y último fruto de mis entrañas, se dejara encantar por la conscripción. Además, ¡esa era una palabra que escuchábamos por primera vez! Cuando los franceses blancos con uniformes rutilantes, galoneados por todas partes, desembarcaron por Grand-Anse, la alcaldía ordenó que se escucharan los redoblantes por todos los barrios de la ciudad y del campo, incluso los que estaban a espaldas de Dios. Sí, ¡hasta allá en Morne Jacob, en lo más profundo del gran bosque, recibieron el llamado! y entonces, se vio una gran cantidad de jóvenes que acudían de todas partes. Desde los acantilados de Séguinau donde el mar es más iracundo que en otros lados; de Macédoine, donde los mulatos cantan afinadamente y las mulatas hacen escalas; de Morne Capot, bien hacia el norte, donde los negros son más negros que ayer por la noche y las negras más bellas que una noche de diciembre. Y además, también de Morne Carabin, de          Vallan, de Long Bois, de Vivé...   
 


Recuerdo que los blancos de aquí estaban, sin embargo, rabiosos, así con todas sus letras. Cada mañana se plantaban a la entrada de sus casas y de sus fábricas a la hora del inicio del trabajo para lanzar discursos en un creol más tieso que un trago de ron en ayunas:         

—¡“Allá” no necesita soldados negros! Es un gran país, mil veces más vasto que nuestra Martinica y diez mil veces más poblado. Tiene un ejército valiente que siempre ha sabido combatir al enemigo y que siempre le ha hecho frente. ¡Y siempre cosecharon la victoria!...

En el poblado de Fond Gens-Libres, a donde dieron mis huesos hace un montón de años, tantos que mis cabellos aún no tenían ni un copo de nieve, daba pena ver al comandante Floren. No lograba reclutar más que a tres o cuatros muchachones, generalmente considerados como haraganes de primera clase, y se ganaba una refriega del jefe. Este, primo lejano del patrón, un Beauchamp de Chasseuil también, se mostraba mucho más malvado que el señor Pierre-André, más inicuo, más encarnizado cuando se trataba de denigrar la raza de los negros o de burlarse de la de los indios. “La negra es la última de las razas, después de los sapos tacaños”, gruñía, cuando un machetero, un cargador o un mulero no acudía a su llamado. “Siempre dicen que están enfermos, ¡caramba! Pero nadie sabe ni qué enfermedad ni por qué la tienen. Pero yo sí sé: tienen un pelo en la palma de la mano. ¡Indios culíes de mierda! Huesudos y flacos como palo de escoba; hipócritas incapaces de mirarte a los ojos; más cercanos a los brujeros que los mismos negros con sus figurillas grotescas y sus ceremonias paganas”. Pero por mucho que Yves Beauchamp de Chasseuil se desgañitara con su cargamento de maledicencias, todo era en vano: “Allá” la guerra había comenzado a hacer estragos y “Aquí” toda una multitud de negros jóvenes y valientes se estremecían de gozo con solo pensar en que irían a defender la madre patria.

Nunca hubiera pensado que mi Théodore, mi único muchacho —que tuve más bien tarde, a los treinta y siete años, porque antes, inexplicablemente, mi vientre estaba perezoso—, se iba a dejar tentar por ese entusiasmo sin límites. Él no frecuentaba mucho a los jóvenes de su edad y no malgastaba la paga del sábado en la taberna. Ni tampoco se ejercitaba en la danza ladja [1] para demostrar que era un guerrero. En el catecismo se le había pegado

un poquitico de francés y yo me ponía contenta cuando me endulzaba las orejas con esa lengua dorada, yo que como es natural escribo nuestro viejo creol sin reglas ni prestancia. Tampoco elevaba la voz, salvo el día en que traje este mulo abandonado a nuestra casa y lo amarré al tamarindo que daba sombra a nuestro patio de tierra apisonada. “Mamá, esa bestia descarnada tiene probablemente más de veinte años. Mira cómo cojea; ¡su pelaje está más gastado que un viejo harapo! De todas formas su dueño debe andar buscándolo y te arriesgas a tener jodiendas con la policía montada. ¡Vamos, desamárralo y deja que siga su camino!”. A menudo yo seguía sus consejos, porque era el único hombre de la casa. Los otros solo pasaban, siempre por la noche, por mi cama, felices porque sabían que la simiente que dejaban en mis entrañas no germinaría y que nadie vendría un buen día a exigirles que aceptaran el título de papá. Cuando ya no fui buena

para trabajar en el campo, durante mucho tiempo tuve la esperanza de que Pierre-André, el patrón, me consiguiera un trabajito en la Casa de Vivienda, en su impresionante vivienda de doce piezas, como lavandera o planchadora, o incluso como cocinera. Pero no me hizo el menor caso. Me echó en cara que estaba demasiado achacosa, que caminaba muy despacio y ya había llegado la hora de que mis huesos descansaran. Entonces tuve que agrandar mi jardín creol, detrás de mi casa, y comencé a vender ñames

y coles chinas, con una cesta en la cabeza, de barrio en barrio y el sábado en el mercado de Grand-Anse, lo que no me dejaba muchas ganancias. Un dinerito de nada, como decimos en nuestra lengua. Por eso tuvimos que comenzar a vivir de la paga que le daban a Théodore y a partir de ese momento tenía que honrarlo y respetarlo.

Me gritó cuando me vio halar el mulo por la soga partida que le colgaba al cuello. ¡Di un brinco! Por primera vez sus palabras, que eran como de miel, se habían vuelto bruscas y hasta rabiosas. “¡Nosotros no somos ladrones, mamá! ¿Para qué tomaste esta bestia perdida que ni es capaz de poner una pata delante de la otra, eh?”. Reaccioné sin que mis nervios me traicionaran. Es probable que hubieran dejado el animal en el bosque de Morne L’Étoile, donde al amanecer el viento es tan fuerte que los ojos se te llenan de lágrimas. Allí viví en mi juventud con un negro que tenía el doble de mi edad y que me maltrataba, pues había perdido a toda su familia en la nube ardiente que borró del mapa de Martinica toda la ciudad de Saint-Pierre; siempre estaba muy agresivo, como si el mundo entero hubiera sido responsable de esa catástrofe. ¡Yo en particular! Dos o tres días antes había ido a Grand-Anse para comprar unos bueyes y nunca pudo regresar. Todo el tiempo me gritaba: “Tú no tienes idea del esplendor de Saint-Pierre; de su faro, que alumbraba hasta la isla de Miquelon; de su teatro, que acogía las compañías procedentes de París; de su tranvía; de las bellas mujeres con sus collares de oro macizo y sus alfileres que palpitaban orgullosos en el pañuelo de madrás que les cubría la cabeza. ¡Aquí en Grand-Anse, ustedes no son más que unas harapientas! Negras de poca importancia”. Héctor, mi Héctor murió de muerte súbita, de tristeza, para mayor exactitud, una noche, mientras yo preparaba la cena y, como solía hacerlo, colocaba el tubo de cristal de la lámpara de petróleo a la que acudían los imprudentes grillos para acabar chamuscados. Murió sentado, con los ojos tremendamente abiertos. De pena, sí...

Y no escuché, pues, los reproches de mi hijo y me quedé con el viejo mulo, al que le puse el nombre de Philémon, como recuerdo de otro hombre que, mucho después de Héctor, atravesó mi vida, en el barrio de Vallan, donde trabajaba como lavandera para las familias de mulatos ricos. Esta bestia, hirsuta y hética, acabó siendo mi confite. No era necesario golpearla para que caminara como ocurría con sus congéneres. Desde que el pitirre le cantaba, cuando los primeros claros del día abrasaban las cimas de las colinas, me ponía en marcha y me seguía sin reticencias hasta el bosque de Mame Jacob a donde iba a recoger las plantas medicinales que me había mostrado mi padre, un prieto más empecinado que el empecinamiento mismo porque no dejaba de evocar el período de su infancia que todos se esforzaban por esconder en lo más profundo de la memoria: el de la esclavitud. Cuando me daba por evocarlo ante Théodore, este bromeaba delicadamente y me decía que todo eso eran malditas cabronadas. ¡Imposibles de verificar, además! Esa historia de cadenas en los pies y de garrotes al cuello le parecía un cuento creol, más triste que los del compadre Conejo y la comadre Mamá Tortuga, pero cuento al fin y al cabo.

Cuando estalló la guerra “Allá”, se alegró muchísimo: “Ya ves mamá, si los blancos nos consideraran verdaderamente unos ceros a la izquierda, ¿por qué nos iban a llamar para defender la patria?”. Y era una verdad tan verdadera que yo no podía responderle. Yo había nacido mucho tiempo después de la abolición, según la expresión de los negros leídos y escribidos, como el maestro retirado, el señor Albert Sanier, a quien plancho la ropa cuando su criada tiene sus reglas. Él lo sabía todo, pero se empeñaba en no enseñar sino unas pocas cosas. En todo caso se lamentó de ser demasiado viejo para que lo reclutaran y por la noche, en la taberna nos reunía a viejos y jóvenes, mujeres y a hombres e incluso a la muchachada para transmitirnos su odio a los teutones. Entonces los imaginábamos como especies de gigantes de miembros hercúleos, de cabellos rubios y de mirada azul, vociferando en una lengua que según decía el señor Sanier era ronca y que acampaban en las fronteras de “Allá”, armados hasta los dientes y siempre dispuestos a invadirnos. Por despecho (en 1870 no había podido enrolarse por ser demasiado joven), el maestro colgó una bandera tricolor en la fachada de su bonita casa de la calle Derriere, en pleno centro de Grand-Anse...

Aseguran que esta estatua al Soldado Desconocido Negro es la única del país. En todos los demás lugares prefirieron instalar un ángel blanco enarbolando una antorcha, como para iluminar los nombres de los jóvenes caídos en el frente. En las melancólicas letanías del bel-air, [2] los nombres sobre todo de Verdún, el Somme, el Mame, el Chemin des Dames y los Dardanelos resonaban en medio de los tambores desencadenados y soñábamos con esas comarcas que ninguno de nosotros vería jamás. Mi hijo, mi Théodore, perdió la vida en la batalla del Mame. Todavía recuerdo a aquel gendarme montado en un caballo blanco, con el rostro hinchado a causa del sol, que me había estado esperando seguramente durante mucho tiempo en el patio. Parecía estar apurado y al mismo tiempo ansioso. Mascullando algo que no comprendí en lo más mínimo en su francés de “Allá”, me extendió un pedazo de papel —luego supe que se trataba de “un telegrama”— que me anunciaba la inconcebible noticia. Como si el vecindario hubiera adivinado la causa de su visita, todos acudieron a darme el pésame y consolarme. Las conchas de cobo lanzaron su siniestro ulular, lo que atrajo a los que estaban más lejos y que yo no conocía ni siquiera de vista, y se organizó un velorio. Sin cadáver. Lucianise, mi vecina más cercana, se encargó de todo. ¡Quédate ahí y contén tu dolor! Yo me ocupo. Prestamente cubrió el espejo del armario con una tela blanca y le echó agua bendita a las paredes de mi casa. Otros se pusieron a preparar comida y sobre todo el chaudeau, esa infusión que tiene el poder de mantenerlo a uno despierto hasta la mañana siguiente. Yo me había quedado muda, aplastada. Colocaron la única fotografía de mi hijo que tenía sobre la mesa y cubrieron el marco con tiras finas de tela negra. El alcalde de Grand-Anse, un mulato habitualmente muy arrogante, vino en carro, lo que provocó una gran conmoción en el barrio, para agradecerme por haber traído al mundo a un hombre valiente que había vertido su cuota de sangre por la madre patria, “Allá”. Yo no entendí lo que quería decir y cuando tomó mis manos entre las suyas —manos de jovencita que nunca habían manejado una cuchilla o un azadón ni una sola vez en su vida—, me deshice en agradecimientos. Me prometió que el cuerpo de Théodore sería devuelto a Martinica dentro de dos meses y que tendría derecho a unos funerales dignos de su sacrificio. Me entregó también una medalla militar en un cofrecito tallado. El velorio transcurrió como en un sueño. No tuve ni un instante para mí sola. Hombres de rostro grave, enfundados en sus ropas domingueras, desfilaron para consolarme. Madres desechas en llanto, algunas con hijos en el campo de batalla, vinieron a aprender de mí cómo asumir el dolor más extremo: el de perder la pupila de los ojos. Se jugó a los dados y al dominó, se tomaron varias damajuanas de ron, se hizo sonar el tambor, se hicieron chistes a veces subidos de tono y el maestro de las palabras, Dorival, el célebre cuentero, encantó a la audiencia, y a él le siguió un compadre suyo de Basse-Pointe, de manera que entre los dos mantuvieron a raya los espectros nocturnos. A la mañana siguiente, una vez que la casa quedó vacía, decidí no cambiar ninguno de mis hábitos. Demasiado cansada para caminar, me subí al lomo de Philémon que me costó ensillar, pues no había cargado nada desde hacía varios lustros, y me fui derecho a Morne Jacob y a sus impenetrables bosques. No fui a solicitar planta alguna que curara el dolor de cabeza o los de la menstruación. Solo quería interrogar a los vientos, sobre todo al que acude bruscamente a fines de septiembre desde los confines del Atlántico pariendo ciclones y acompañando quimeras. Quizás él supiera decirme lo que ocurrió verdaderamente “Allá”, en esa tierra del Marne sobre la cual cayó el cuerpo de mi hijo, acaso para siempre. Y es que desde mi primera infancia supe hablar, y hablar mejor con los animales y las plantas que con los seres humanos. Y es así cómo, cuando llevaba hierba para los conejos, que iba a recoger en los breñales al caer la tarde, sabía que Ozon sería el primero que me recibiría alegremente en su conejera. Un animalote de pelaje blanco y pelirrojo que yo había bautizado con ese nombre sin que mi familia lo supiera no sé bien por qué causa. Lo cogía por el cuello y lo estrechaba contra mi pecho, y él se ponía a patalear mientras yo le decía cosas bonitas al oído. Me respondía con unos suaves chillidos que yo sabía traducir automáticamente; el día que hubo que sacrificarlo, su desaparición me produjo una enorme pena. Por otra parte, los árboles eran mis preferidos, sobre todo los frutales, cuya fecha exacta de floración yo adivinaba cuando algunos parecían que se burlaban de la alternancia de las estaciones entre el invierno y la cuaresma. Y por eso mi madre comenzaba a interrogarme a partir de noviembre: “Hortensia, ¿cuándo pensará en nosotros la mata de mandarina?”. Y yo decretaba: “Dentro de diez días”. “Dentro de tres semanas”. “Dentro de un mes”, lo que en cada ocasión dejaba estupefactos a los adultos. Con el transcurso del tiempo perfeccioné mi lenguaje no humano y por eso el tamarindo que adorna mi patio se convirtió en mi más fiel compañero. Como ya no tenía que ir a los campos, donde había pasado la mayor parte de mi vida recogiendo los trozos de caña bajo un maldito sol y padeciendo la maldad de los capataces que te empujan sobre la paja llena de hormigas bravas y te poseen sin cuidado —cosa que, gracias a Dios, solo duraba un puñado de minutos—, me sentaba a su sombra y nos decíamos muchas cosas. Por eso, un día en que Théodore entró inesperadamente, pensó sinceramente que estaba loca. Tenía la cabeza apoyada en el tronco del tamarindo, con los ojos cerrados y mi boca murmuraba cosas en una lengua desconocida. Corrió a la cocina, minúscula choza sin puertas ni ventanas que se encontraba detrás de nuestra casa, y regresó con una botella de tafia alcanforada y una toalla. Me negué a que me humedeciera con ella la frente y las sienes. Théodore no insistió. Era un buen muchacho. A partir de ese hecho, sin embargo, comenzó a mirarme de otra manera. Su mirada a veces expresaba el respeto y a veces el temor. Traté de convencerlo de que yo no realizo actos de magia ni sesiones, ni toques ni brujería, ni ninguna de esas abominaciones. Soy devota de Nuestro Señor Jesucristo y de su Padre. Comulgo todos los domingos temprano en la mañana en la iglesia de la población, como tú sabes. Y además, ¡no voy a quitarle trabajo a Lucianise de ninguna manera! En efecto, esta vecina se dedica a dialogar con el Invisible y a interceder ante él a favor de esas almas en pena que, al amparo de la noche, se manifiestan furtivamente en los alrededores de su casa. No, yo no soy una brujera. Hablo con los árboles

porque mi padre, que conoció los últimos años de la esclavitud, poseía ese don y porque su padre, venido de África Guinea y que apenas había conocido (y, por tanto, carecía de nombre), se lo había trasmitido.

En el estrecho sendero que serpentea las laderas de Morne Jacob, al día siguiente de aquel en que el policía montado me había traído la terrible noticia, me puse a conversar con Philémon, mi viejo mulo, de edad desconocida, mientras le acariciaba las orejas. Como no estaba habituado a soportar mi humanidad, aunque tenía poco peso, se quejaba cuando la pendiente se hacía más pronunciada. Solo respondía mediante unos borborigmas que resultaban imposibles de interpretar y yo ya comenzaba a sonreír al sentir las primeras caricias del viento del Atlántico en mis cachetes. Cuando llegué a la cima de la colina —que se llama Le Grand Jacob— me desmonté y contemplé el paisaje: el pueblo de Grand-Anse no era más que una aglomeración de cuadraditos rojos, plantados delante de una enorme tela azul, perfectamente inmóvil. Desde esa altura el mar ofrecía una falsa calma. Lo hubieran absuelto sin confesión. Sin embargo, ese mar se había llevado hacia lo irremediable la vida de muchos aprendices de pescadores imprudentes que olvidaron que una vez, en tiempos de antaño, un misionero blanco cuyo nombre los ancianos no querían pronunciar, había sacudido su sotana —íntimamente encolerizado por la impiedad de sus feligreses— sobre las olas, lo que provocó la fuga definitiva de todos los peces. Si, en efecto, más al sur, en la comuna de Marigot había abundancia de peces, si lo mismo ocurría hacia el norte en la de Basse- Pointe, en nuestra Grand-Anse las entrañas del Atlántico se mantenían desesperadamente vacías. Y por eso, hartos de luchar, la cólera contenida hacía que los habitantes le dieran la espalda y clausuraran las ventanas que daban al mar.

¡Háblame de “Allá”! ¡Gran viento que viaja sin reposo por el mundo, háblame sobre todo del Mame! Me desgañité en medio del silencio de Morne Jacob, solo interrumpido por el graznido de las aves silvestres: los sinsontes, los pitirres, los sijúes y en los altos del firmamento celeste, las majestuosas auras solitarias que hacían círculos a ciegas. Dicen que Théodore murió en una trinchera. No comprendo. ¿Por qué el ejército de “Allá” se escondía en esos huecos en lugar de dar la cara? ¿Por qué esperaba que el teutón le cayera encima? Desgraciadamente por una vez no tuve respuesta alguna. A no ser que fuera que su lenguaje se me hubiera vuelto sibilino. Esperé durante todo un día y no logré captar el porqué del cómo. ¿En qué consistía ese gas de mostaza que utilizaba el enemigo y al que el maestro retirado se refería calificándolo de arma temible? Aprendí muchas cosas durante el velorio de Théodore. Acudió mucha gente importante del pueblo, señores de mucha alcurnia, de esos que cuando yo iba al mercado el sábado por la mañana, con mi pesada cesta de frutas y legumbres sobre el cráneo, hacían mohínes al ver mis dedos escamosos manchados de polvo o de fango. En realidad, la mayor parte de ellos me ignoraba: yo era una sombra, una criatura invisible. Una “negra del campo”. Pero la muerte en combate de mi hijo lo cambió todo de la noche a la mañana, y esas damas y esos caballeros de la compañía me hicieron el honor de trasladarse hasta mi humilde casa con el fin de rendir homenaje al que calificaban de “héroe de la patria”. Algunos incluso me llamaron aparte y en su precioso francés que yo solo entendía a medias, trataron de explicarme qué es la guerra “Allá”, a miles y miles de kilómetros de la Martinica. Me hablaron de toda una lista de nombres de generales, de pueblos y ciudades; me explicaron las astucias de los teutones: insistieron en el salvajismo natural que los caracterizaba; elogiaron el coraje unánimemente reconocido de nuestros soldados reunidos en el Batallón creol. A pesar del dolor de cabeza que parecía que el güiro me iba a explotar, experimenté un profundo orgullo. ¡Théodore no había muerto inútilmente! Había sacrificado su vida por “Allá” —lugar que esos burgueses preferían llamar “Francia”— y ¿no era eso mucho mejor que perder la vida a causa de una mala gangrena provocada por una cuchillada o de una congestión, como había sido el caso de muchos macheteros después de pasar los cincuenta?

 

Notas:
1.Danza de combate de origen africano característica de Martinica. Guarda cierta semejanza con la capoeira brasilera. (Todas las notas al pie son de los traductores).
2. Género musical tradicional de las Antillas francesas.

 

Tomado de El Batallón creol (Guerra de 1914-1918). Premio Casa de las Américas, 2016. Literatura brasileña en francés o creol.