Hace varios años en mi libro sobre identidad, cultura y beisbol, Cajón de bateo. Algunas claves personales y prestadas entre beisbol y cultura (Ediciones Matanzas, 2012), escribí sobre Bob Dylan como el creador que representa, al igual que Leonard Cohen o Silvio Rodríguez, “«al músico que sobrepasa la frontera de lo estrictamente musical para acampar con su obra en la literatura»”.


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De Cohen (poeta, novelista y cantautor), recordamos que en 2011 le fue otorgado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras; de Silvio, más de un crítico y estudioso de la poesía ha reconocido las virtudes metafóricas de sus canciones. Bastaría citar a Roberto Fernández Retamar, a sus compañeros del primer Caimán Barbudo, o al ensayista, poeta y profesor Jesús J. Barquet.

El cantautor estadounidense ganó el jueves 13 de octubre el Premio Nobel de Literatura 2016. Se trata así del primer músico en ser reconocido con ese galardón, aunque ya había merecido antes el Pulitzer honorario —por su “profundo impacto en la música popular y en la cultura americana, marcado por sus composiciones líricas de extraordinario poder poético”—, y el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Como circuló en los medios internacionales, y cito a la BBC:

La Academia Sueca, la encargada de hacer el anuncio, dijo que reconoció a la estrella del rock de 75 años por “haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”". Sara Danius, secretaria permanente de la Academia Sueca, dijo de Dylan que “durante 54 años ha estado inventándose a sí mismo”. De Blonde on Blonde, su séptimo disco de estudio, Danius dijo que es “un extraordinario ejemplo de su brillante manera de rimar, de juntar refranes, de su brillante forma de pensar”.

Aunque sus canciones más famosas y que marcaron a varias generaciones a partir de la década germinal de los 60’ son algunas como Blowin' in the Wind y The Times They are A-Changin, varias de las cuales “se volvieron himnos del movimiento por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam”, mi acercamiento antes mencionado al autor de tantas piezas emblemáticas se debe a la representación que ha hecho del beisbol en sus letras, desde los tiempos iniciales de su carrera profesional. Esa intertextualidad de Dylan relacionada en este caso con el deporte nacional de su país, la resumió acertadamente un cronista al titular su comentario como “La balada de Bob Dylan y el beisbol”.

Dylan incluye en su repertorio “Take Me out to the Ball Game”, de su autoría; “Say Hey (The Willie Mays Song)”, de The Treniers; “Third Base, Dodgers Stadium”, de Ry Cooder; “Did You See Jackie Robinson Hit That Ball?”, de Buddy Johnson y su orquesta; “Baseball Baby”, de Johnny Darling; “Three Strikes and You’re Out”, de Cowboy Copas, y muchas más.

En 2004 organizó una gira a pequeños estadios de beisbol, donde lo siguieron más de medio millón de fans, lo cual repitió posteriormente. Como parte de la leyenda, se dice que el día que Dylan nació fue un sábado en que los Yankees acogieron a sus eternos rivales los Medias Rojas en el campo del Bronx. Ese día Joe DiMaggio bateó sencillo para extender su racha de hits a diez juegos, en el camino a 56, y Ted Williams bateó dos veces, y elevó su promedio a 383, rumbo a su record de 406. En 70 años esas marcas de DiMaggio y Williams no se han visto seriamente amenazadas.

Los Yankees ganaron el juego 7-6 el día que Bob Dylan nació: “Porque algo está ocurriendo aquí, / Pero usted no sabe lo que es /¿Entiende usted, señor Jones?” (“Ballad of a Thin Man”, 1965).

Los Yankees ganaron el juego 7-6 el día que Bob Dylan nació: “Porque algo está ocurriendo aquí, / Pero usted no sabe lo que es /¿Entiende usted, señor Jones?”

En 1961, cuando Dylan estaba dándose a conocer, Roger Maris rompió con 71 la cifra de más jonrones por campeonato de Babe Ruth. Dylan se convirtió en un fan de Maris. Sintió un gran orgullo cuando se enteró de que Mari provenía de Hibbing, Minnesota, donde Dylan pasó parte de su infancia.

Dylan siempre ha sido un compositor increíblemente prolífico. Solo se conoce una parte de lo que él ha grabado. Una de esas canciones, un clásico raro, fue escrita e interpretada por él y Levy Jacques; se trata de “La balada de Catfish Hunter”, quien acababa de firmar un contrato de 3,7 millones con los Yankees. He aquí una pequeña muestra: “Acostumbrado a trabajar en la granja del señor Finley / pero el viejo no pagaría / así que empacó su guante y tomó sus armas / y un buen día escapó. / Catfish, el Hombre del Millón, / nadie puede lanzar la pelota como Catfish puede”.

El genial baladista que ha marcado toda una generación, lo mismo presentó a Ry Cooder (al que tanto disfrutamos en la segunda mitad de los 90 como promotor e intérprete de Buena Vista Social Club), como “tercera base del Dodger Stadium”, que declaraba a la prensa: “Sí, me gusta Detroit [equipo de su estado natal]. Aunque me gusta Ozzie [Guillén] como manager [lo es de las Medias Blancas de Chicago]. Y no me imagino a alguien que no quiera a Derek [Jeter, jugador estrella de los Yankees de New York], en su equipo”.

Al divulgarse la noticia del codiciado galardón sueco, un cronista del periódico español El País cita a Gordon Ball, profesor de la Universidad de Virginia: “Dylan ha devuelto la poesía de nuestra época a su transmisión primordial a través del cuerpo, revivió la tradición de los trovadores”. Y agrega en el mencionado medio:

Por primera vez en la historia del Nobel de Literatura, la gente no correrá a las librerías sino a las tiendas de discos. Cuando la secretaria de la Academia Sueca Sara Danius ha pronunciado el nombre, han retumbado todos los cimientos (…) La sorpresa en los mundos de las letras y la música solo puede ser comparable a la que seguro ha sido una legendaria, hipnótica, imbatible sonrisita pícara del galardonado al enterarse, perdido como siempre en su gira interminable alrededor del mundo, al margen del mito.

Una sorpresa parecida a la que provocó en su momento —al concedérsele el premio de la academia sueca en 1997— otro creador antisistema, el actor y dramaturgo italiano Darío Fo, quien caprichosamente falleciera unos horas antes de hacerse público el tributo al artista norteamericano.

Como representante de esa contracultura emergente que marcó una época en los 60, Dylan nos recuerda —en “The Times They Are a Changing”—, con su voz imperfecta en versos rebeldes: “Venid senadores, congresistas, por favor oíd la llamada, / y no os quedéis en el umbral, no bloqueéis la entrada, / porque resultará herido el que se oponga, / fuera hay una batalla furibunda, / pronto golpeará vuestras ventanas y crujirán vuestros muros, / porque los tiempos están cambiando”.

Tuvo sus influencias tanto en los poetas beat que le antecedieron en los 50’, como Jack Kerouac, William Burroughs, Lawrence Ferlinghetti y Allen Ginsberg, que marcan su impronta literaria, como en las luchas sociales por los derechos civiles y antibelicistas, así como las tradiciones de la música popular norteamericana y sus hitos culturales y ciudadanos donde sobresale el beisbol, referente que siempre le acompaña como intérprete, pues, parafraseando una de sus letras, en una melodía “nadie puede lanzar la pelota como Dylan puede”.