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s jueves. Es 13 de octubre de 2016. Es Bob Dylan.

En las afueras del hotel Cosmopolitan de Las Vegas, unas pantallas gigantes proyectan imágenes del bardo de Duluth. Varios mensajes de felicitación acompañan a las instantáneas. Dentro, ante 3 mil espectadores, Robert Allen Zimmerman interpreta a su mejor personaje: el Dylan ermitaño, el que jamás saluda en sus conciertos, el que detesta la exposición. Durante 90 minutos Dylan solo entiende de canciones, de guitarra y de esa armónica que lo acompaña desde mucho antes que llegara al Café Wha, una suerte de antro subterráneo ubicado en el corazón de Greenwich Village, en New York, y de la que nunca más se desprendería. Dentro, Bob Dylan es solo Bob Dylan. No el Premio Nobel de Literatura 2016.


Foto: Internet


Al margen del mito y por más de hora y media, el juglar toca, sin concesiones, auténticos folk, blues, rhythm & blues y rock norteamericanos. Se para en el escenario, traje gris mediante, abre los pies en esa pose de conquistador de mundos y da los primeros acordes de guitarra. En el opening se escucha el redoblar de unos tambores, el sonido de los instrumentos de viento: “Rainy Day Women #12 & 35” abre entonces el show. Le siguen himnos como “Highway 61 Revisited”, “Desolation Row” y “Blowin’ In The Wind. Contrario a lo que otros piensan, los grandes ausentes del concierto son “Mr. Tambourine Man” y “Like a Rolling Stone”; pues en su lugar el setlist lo conforman “Simple twist of fate”, “It's All Over Now Baby Blue”, “Love Sick”.

Bob Dylan
Foto: Internet


Es jueves. Es 13 de octubre de 2016. Es la Academia Sueca anunciando al mundo que este año el Nobel de Literatura se lo lleva a casa el músico de Minnesota por “haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”. Es Bob Dylan desbancando al novelista japonés Haruki Murakami, al keniata Ngugi Wa Thiong'o; haciéndole una finta al argentino César Aira; un último regate al norteamericano Philip Roth. Bob Dylan contra todo pronóstico.

Mientras, el mundo queda expectante. Él, en tanto, actúa como si nada hubiera sucedido. Ni una palabra sobre el premio. Nada. Hace mutis.

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La página oficial de Bob Dylan en Facebook tiene 6 854 866 seguidores. El miércoles 20 de octubre, tras casi una semana de haberse expandido la noticia como pólvora, en la red social de quien revolucionara la canción protesta del siglo XX aparecía una reseña del volumen The Lyrics: 1961-2012. Y ahí, junto a esta promoción del libro, figuraba el siguiente texto en letras mayúsculas: “WINNER OF THE NOBEL PRIZE IN LITERATURE” (Ganador del Premio Nobel de Literatura).

Aquella referencia se convertía entonces en la primera reacción que el Nobel hacía públicamente en torno a la decisión de la Academia. No obstante, como mismo habían aparecido aquellas letras, desaparecerían pocas horas después. En su lugar, solo quedaría el enlace para comprar el libro y los cientos de especulaciones relacionadas con el posible rechazo del premio, que llenaban las páginas de los diarios en todo el mundo. Ciertamente, Dylan no sería el primero ni el último en hacerlo. Antes, en 1964, el francés Jean-Paul Sartre, contrario a todo tipo de distinciones, le había estampado un rotundo NO al fallo de la institución sueca.

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Mario Vargas Llosa: “El Nobel debe ser para escritores, no para cantantes”.

Sara Denius, secretaria de la Academia Sueca: “Si miramos para atrás, bien atrás, uno descubre a (los poetas griegos) Homero y Safo, que escribieron textos poéticos o piezas que estaban hechas para ser escuchadas, representadas, a veces acompañadas con música. Y aún hoy leemos a Homero y a Safo y los disfrutamos. Es lo mismo con Bob Dylan: puede ser leído y debe ser leído”.

Barack Obama en Twitter: “Felicidades a uno de mis poetas favoritos, Bob Dylan, por un Nobel bien merecido”.

Gary Shteyngart: “Entiendo al comité de los Nobel. Leer libros es difícil”.

Joaquín Sabina: “Dylan es el mejor poeta de América y de la lengua inglesa actual, y también el que más ha influido en varias generaciones. Me atrevería a decir que el galardón llega tarde. Sobra decir que Dylan me cambió la vida”.

Irvine Welsh: Soy un gran fan de Dylan, pero este es un premio nostálgico y mal concebido, excretado por las rancias próstatas de unos hippies seniles y balbuceantes”.

Nicanor Parra en el año 2000: “Dylan solo por tres versos de la canción “Tombstone Blues”, incluida en Highway 61 Revisited, se merece el Nobel. Por su falta de pretensión artística. Es realismo real, con la fábrica, el callejón y la cocina, donde está el niño solo con los blues.

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No hay un relato ordenado de estos episodios: en el Twitter oficial de la Academia Sueca, el viernes 28 de octubre se anuncia lo siguiente: “Bob Dylan: ‘¿Que si acepto el premio? Por supuesto’”. El músico de 75 años, el artista del trapecio, el amante de la poesía beat, el que reventó el concepto de la canción norteamericana, finalmente daba la cara.

Lo que sigue es una entrevista en el diario británico The Telegraph, la primera que ofrece, luego del Nobel, el artista que desafiara la música pop convencional, apelando a la contracultura. El trovador, esta vez desde Oklahoma —en medio de su Gira interminable— afirma que entre sus planes sí está ir a recoger el premio en la ceremonia de Estocolmo, el 10 de diciembre. “Absolutamente”, dice. “Si puedo”.

Nuevamente, una frase lapidaria, inquietante. Nuevamente, la zozobra para los de la Academia, las especulaciones en los medios de comunicación. Allí donde había esperanza, Dylan prefiere dibujar solo un punto al final del túnel. Prefiere ser el hombre que huye del mito.

El relato continúa entonces con el Nobel desafiando a la Casa Blanca: Dylan no asiste a la ceremonia de homenaje a los ganadores estadounidenses del Premio de este año, que organizara el presidente de los Estados Unidos.

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Cuando en 1976 Patti Smith abandonó New Jersey rumbo a New York, en su maleta guardó solo algunos pares de vaqueros, un libro del poeta francés Arthur Rimbaud y los discos de Bob Dylan. La madrina del punk había encontrado en el torrente literario de Dylan gran parte de su inspiración, y su madre había tenido, quizás, parte de culpa.


Dylan y Patti Smith. Foto: Internet


La historia entre ambas leyendas se bifurcó en los círculos literarios y extraños de Greenwich Village, en el ambiente bohemio de New York. Se dice que tras la muerte de su esposo Fred “Sonic” Smith —guitarrista de la banda de rock MC5—, Patti volvía una y otra vez a World Gone Wrong, vigesimonoveno álbum de estudio de Dylan. Se dice que volvía a aquellas canciones desplazadas hacia un blues rural, a aquellas canciones enterradas, como si se tratase de una tabla de salvación. Se dice, además, que tras el cumpleaños 14 de su hijo, Smith regresó de St. Clair Shores al norte de Detroit —lugar donde había sepultado su carrera musical— y se instauró nuevamente en New York. Dicen que fue el poeta beat Allen Ginsberg quien le dijo: sal al ruedo, vuelve a la escena. Se dice, por último, que en diciembre de 1995 el ícono del movimiento punk se enroló en un tour junto a Dylan y que de ahí se desprendió todo lo que vino después.

Veintiún años más tarde, Smith acompaña a Dylan en otra empresa. Pero esta vez la cantante y poetisa estadounidense va sola. El 10 de diciembre, en Estocolmo, “A Hard Rain's A-Gonna Fall” sonará en la ceremonia de entrega de los Nobel, pero la voz detrás del himno no será áspera, no será la de Dylan. Durante el banquete, Smith tomará su lugar, atravesará una docena de océanos muertos, se adentrará diez mil millas en la boca de un cementerio y dejará la lluvia caer.

Bob Dylan, mientras tanto, permanecerá quieto e inmutable, en cualquier lugar donde se encuentre. Haciendo como si nada hubiese sucedido.  Construyendo personajes: un baterista de los clubes de Greenwich Village, una señorita solitaria, un boxeador acusado de triple homicidio. Afirmando, después de todo, que al final el secreto solo está en las canciones.