Los 200 años de la Academia de Artes Plásticas San Alejandro constituyeron la justificación ideal para diseñar dos propuestas curatoriales que por estos días acogen el Edificio de Arte Cubano del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) y el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales (CDAV).


Foto: Maité Fernández

 

Bajo el título Bicentenario de San Alejandro, tradición y contemporaneidad, la primera muestra, curada por Delia María López Campistrous, especialista del MNBA, reúne un amplio número de piezas que nos ofrecen un recorrido cronológico por el trabajo que la segunda escuela para la enseñanza de las artes más antigua del continente americano ha desarrollado desde 1818 hasta la actualidad.

Mediante un cuidadoso ejercicio de selección y una sugerente propuesta museográfica, Bicentenario… establece paralelismos entre obras realizadas por los fundadores, directores y primeros alumnos de la Academia con las poéticas de artistas cubanos modernos y contemporáneos egresados de sus aulas, en un dinámico contrapunteo iconográfico que vincula motivos y temáticas cuya resolución pictórica da cuenta del paso del tiempo y la sucesión de estilos o tendencias dentro de la historia del arte cubano. Así, esculturas, pinturas y dibujos ilustran este proceso de continuidad y ruptura inherente al devenir histórico de una escuela que se proyecta hacia el futuro desde su tradición histórica y pictórica.

Se trata, ante todo, de una muestra altamente ilustrativa, con cierto afán didáctico que la enriquece sustancialmente, pues constituye una oportunidad ideal para aquellos amantes de las artes visuales interesados en comprobar cómo, a nivel académico, el paisaje, el retrato, el desnudo y las escenas religiosas o históricas han evolucionado de forma lógica y consecuente, en correspondencia con los intereses y procedimientos inherentes a cada creador. No se podía esperar menos de una experimentada curadora como Delia María López, ni del Museo Nacional, cuyas colecciones recogen gran parte del patrimonio pictórico nacional gestado en San Alejandro.

Olor a lluvia, la segunda muestra, curada por Evelynn Álvarez y Harold Ramírez, se centra en la relación arte-pedagogía que tiene lugar hoy en las aulas de la escuela. La muestra incluye más de 20 exponentes, entre estudiantes y profesores, sin una distinción museográfica precisa, unidos en el ejercicio didáctico y los procesos de creación artística que día a día garantizan el desarrollo de las artes visuales cubanas. De hecho, lo procesual constituye uno de los pilares curatoriales de esta propuesta, pues muchas de las piezas exhibidas en ella conforman ejercicios de clase o algoritmos de trabajo en pleno desarrollo. No faltan las referencias a la propia historia del arte occidental, el vínculo de la fotografía con la abstracción, la instalación y el grabado, y el reflejo, en clave irónica o humorística, de la escultura en tanto manifestación artística sujeta a procedimientos técnicos específicos.

Esta propuesta curatorial muy bien pudiera transformarse en un proyecto encargado de visibilizar los trabajos de diploma desarrollados por los estudiantes de San Alejandro a lo largo del año lectivo. Asimismo, dicha propuesta se enriquecería sustancialmente si, en lugar de limitarse a mostrar piezas realizadas por alumnos o profesores, tradujera al lenguaje iconográfico o museográfico esos procesos de aprendizaje, creación y retroalimentación que germinan y maduran durante el ejercicio pedagógico. Por desgracia, esos algoritmos no han quedado claros en Olor a lluvia, cuando, en rigor, debieran erigirse como pilares esenciales de un proyecto centrado en reflejar las dinámicas inherentes a la enseñanza artística, a esas praxis intelectivas que se establecen diariamente entre claustro y alumnado.     

No obstante, considero que ambas exposiciones deben ser disfrutadas en su conjunto, pues, al complementarse, ofrecen una abarcadora panorámica del discursar estético y pedagógico desarrollado por la Academia de Artes Plásticas San Alejandro en sus dos siglos de existencia. De un lado, historia, tradición, ruptura y continuidad; del otro, las nuevas generaciones inmersas en dinámicas de aprendizaje y búsqueda de discursos propios. Con ambas propuestas, la Escuela (como le llaman cariñosamente sus alumnos y egresados) nos muestra qué ha sido, y lo más importante: qué nuevos retos habrá de enfrentar en los años por venir.