Es frecuente que la escena teatral sucumba al texto escrito, a la palabra como apoyo esencial para transmitir al espectador el sentido creativo. Encontrarme, en la quinta edición del Magdalena sin Fronteras, con otra mirada sobre el hecho escénico donde el silencio es el protagonista, fue una grata y hermosa sorpresa. “Hay personas a las que siempre puedo llamar, están ahí”, afirmó Roxana Pineda en uno de los diálogos del evento. Con certeza absoluta pienso que Cristina Castrillo, junto a su inseparable Bruna Gusberti, forman parte de ese tejido que acompaña a Roxana y a su trabajo constante para generar la cita santaclareña. Quizás para el visitante asiduo a estos encuentros el estilo creativo de Cristina Castrillo y de su Teatro delle Radici no sea algo nuevo, pues esta actriz, directora y maestra teatral llega con una propuesta a cada edición del evento. Sin embargo, entre los regalos que me llevé de mi primera participación en el Magdalena estuvo haber visto Si el silencio supiera.

El silencio entendido como la ausencia de sonoridad emitida, inunda esta pieza, en la cual las palabras hallan forma en la grafía del espacio.
El silencio entendido como la ausencia de sonoridad emitida, inunda esta pieza, en la cual las palabras hallan forma en la grafía del espacio. Dirigido, creado e interpretado por Castrillo, el montaje transita por la soledad de la actriz en la escena y del ser ante su propia existencia. Hay escasos elementos sobre el escenario que nos espera en la sede del Estudio Teatral de Santa Clara: una silla, y al fondo, un enorme papel blanco que se levanta vertical; tras este, el trazo de una silueta. Como quien nace o llega a otra realidad, poco a poco, el cuerpo rompe el papel y aparece un ser vestido de blanco.



Si el silencio supiera, de Cristina Castrillo.


La fuerza de la presencia de Castrillo sobre la escena diseña una hermosa dramaturgia. Con expresiones faciales cercanas a elementos del mimo corporal, la actriz dota a la obra de rasgos de comicidad, apoyada por sencillos trucos de magia, los cuales, en realidad, son búsquedas escénicas que remiten a una esmerada artesanía teatral. Mediante estos elementos, Si el silencio supiera discursa acerca del peso de las palabras sobre el individuo contemporáneo. De esta manera surgen mensajes escritos con humo, caídos sobre la escena, desaparecidos fugazmente o desvanecidos con el suave vuelo de una pluma.

Si el silencio supiera discursa acerca del peso de las palabras sobre el individuo contemporáneo.El cuerpo de Cristina Castrillo se adueña del silencio para articular sus movimientos por el escenario. Como quien busca algo, se desplaza con la suavidad y rapidez de las palabras que no dice. Cada microespacio creado por la actriz surge como el verso de un poema articulado por el grito mudo. La magia poética de las acciones realizadas por Cristina se torna en exploración de su geografía personal. Desde ella nos habla y nos transmite el dolor que lleva consigo.


Si el silencio supiera, de Cristina Castrillo. Fotos: Jorge L. Baños


Nadie sabe cuánto ha callado la actriz; pero Si el silencio supiera es un modo de mostrar su memoria pasada y presente. Nacida en Argentina, y exiliada en los años de dictadura hacia zonas de la América Latina y de Europa hasta llegar a Suiza, Castrillo nos habla del choque de lenguas y de sus nuevos aprendizajes. Desde el Teatro delle Radici, su práctica teatral evidencia muchos de los presupuestos que la han acompañado en su camino escénico, iniciado en el Libre Teatro Libre, un grupo fundado en 1969 en la Universidad de Córdoba, al calor de los levantamientos estudiantiles, bajo la guía de la profesora, directora y dramaturga María Escudero. Así, a través de una nueva mirada poética y estética, Si el silencio supiera nos habla desde la intimidad del ser para señalar el agotamiento de las palabras de tanto decirlas, hasta llegar al vacío de significado.

Sugerentes imágenes dibujan un fino hilado entre la actriz y cada espectador. Tornado en miradas, risas, asombros, y quizás alguna lágrima, el diálogo se establece mediante el sosiego. En una ocasión leí —tal vez de algún poeta— que “el silencio es la orilla del ser, el habla sin hablar”. Sobre esa tensa línea transita el personaje creado por Cristina Castrillo, entre los senderos de la soledad y el afecto. Allí permanecerá, en la quietud de la luz irradiada de un huevo azul guardado en su pecho, y lentamente los destellos de esa energía también serán nuestros.