Vivimos uno de esos momentos cuya hondura, de tan profunda, resulta indescriptible. No es la primera vez que Cuba se enluta, pero siempre, ante la muerte inesperada, regresa el mismo dolor, la misma consternación, la rabia triste de los desconsolados. Un abatimiento profundo recorre todo el país, de repente diminuto. Solemos bromear, en tiempos de calma, con los hablares, las conductas, las comidas típicas de cada rincón de esta isla, como si nos distinguiéramos unos de otros, como si fuera posible diferenciarnos, pero en instantes como estos, nos reconocemos como miembros de una sola comarca, de esas antiguas de leyendas y fábulas. Y eso somos: una gran familia. Que baila en carnavales; bebe en los festejos; se cobija ante el embate de los huracanes, y llora junta cuando sus hijos mueren.

No existe consuelo posible: Ni el tiempo que pase, ni las fotos de cuando sonreían, inocentes y felices quienes ahora ya no están, alcanza el milagro de apaciguar el inmenso dolor que todos sentimos. Parecerá que hablo desde mi propio luto, pero no es así. Me dirijo a la familia cubana entera, que hoy está transitando el duelo que nunca imaginó. Llegan mensajes de apoyo desde todos los rincones de nuestra pequeñísima isla, y también provenientes de los compatriotas buenos que no viven en el archipiélago, y que siguen siendo tan cubanos como nosotros mismos. Muchos países se suman a la condolencia, y esos gestos se agradecen.

No existe consuelo posible. Foto: Internet
 

No hay distinción cuando la muerte hace gala de su poder, y quienes aprovechen la circunstancia para arremeter contra Cuba, enlodan sus nombres hasta el límite de lo tolerable.

Ante la desgracia, no hay más alternativa que inclinarse. Respetar el luto no es inmovilidad. Hay que ayudar a los dolientes, lo cual significa ayudarnos todos a resistir la congoja, diciéndonos unos  a otros “Estoy aquí, cuenta conmigo”. Conozco muy de cerca el desvelo de nuestro personal médico, y confío en que esas tres mujeres cubanas que hoy se debaten entre la vida y la muerte, serán vencedoras. Vaya mi respeto a cada casa, a cada madre, a cada hijo, a cada familiar o colega de trabajo que haya perdido a uno de sus miembros, e igualmente a las familias de los saharahuíes, de los mexicanos y de los argentinos que hoy, como nosotros, lloran sus pérdidas.