Leonardo Acosta fue, sin dudas, uno de los grandes ensayistas de las letras y del pensamiento cubano. De las primeras, por la calidad de su escritura; del segundo, por asomarse a temas significativos con originalidad, perspicacia y pasión. Quizás ambas características le vinieron otorgadas genéticamente por su padre, José Manuel Acosta —tan poco leído y apenas estudiado hoy—, o, lo que es casi lo mismo, por ese mundo cultural que le proporcionaron la familia y los amigos de esta. 


Foto: Blog Segunda cita
 

Lo cierto es que en la ensayística cubana contemporánea Leonardo Acosta es personalidad destacada. Y conste que lo remito a ese género a plena conciencia porque su incuestionable rigor expositivo no se movió por el terreno del tratado o el estudio de pretensión cientificista, sino que apeló a la comunicación amena y al buen decir y, me atrevería a decir, que hasta a la aparente ligereza del buen periodismo que logra atraer a todo tipo de lectores.

Su incuestionable rigor expositivo no se movió por el terreno del tratado o el estudio de pretensión cientificista, sino que apeló a la comunicación amena y al buen decir.

Quién sabe si hubo quienes se sorprendieron cuando leyeron los textos del joven músico entendido en los secretos del jazz, en la inolvidable revista Cuba. Supongo que luego asumieron con mayor naturalidad sus escritos acerca de asuntos musicales y otras esferas de la cultura artística y literaria, en los que Acosta dio muestras de un criterio propio, agudo, bien argumentado, siempre novedoso.  Por eso le considero un seguidor de la pléyade de ensayistas cubanos del siglo XIX y la primera mitad del XX sin los cuales no cabe hablar de pensamiento social en nuestro país, y, a la vez, uno de los más brillantes expositores de la revolución cultural ocurrida tras el triunfo del primero de enero.

Iconoclasta tanto ante la cultura burguesa colonizada como respecto al marxismo dogmático de matriz soviética, el ensayo en este autor goza de un grado de verdadera cientificidad que lo hace, en muchos casos, todo un estudio. Un estudio que no opera con los procedimientos ni las categorías de la tradición científica occidental que encorseta la realidad en categorías, teorías y sistemas a menudo bien alejados de las personas, las sociedades y los procesos histórico-sociales concretos; y que por ello se acerca más, de alguna manera, a eso que cierta disidencia de esa llamada cultura de Occidente, sobre todo en Latinoamérica, ha establecido como pensar.

Creo que todo lo dicho sostiene una íntima relación con los textos de Acosta de temática martiana. Deseo en esta ocasión solamente fijar un ángulo, a mi parecer esencial, de su intercambio con Martí, que va más allá de la apropiación que siempre ocasiona la lectura.  

Para quienes leemos con frecuencia a Martí, es difícil escapar a veces de su presencia hasta en las maneras de presentar las ideas, no solo de sus frases y sus contenidos, sino también en cómo organizar el pensamiento propio, porque realmente este es un diálogo con el que cuesta tomar distancia para poder asimilar de un modo mejor. Leonardo Acosta lo logra, en ocasiones, para poder explicar; pero a la vez está metido —para bien suyo— en las corrientes del procedimiento del pensar martiano.

Lo que unifica, a mi juicio, toda la tremenda obra escrita de Leonardo, es que se trata de una gran reflexión sobre la condición colonial. 

Lo que unifica, a mi juicio, toda la tremenda obra escrita de Leonardo, es que se trata de una gran reflexión sobre la condición colonial. Eso que quizá en los últimos años se ha ido perdiendo un poco por estudiosos fuera y dentro de Cuba, y que me horroriza porque por contraste se le van abriendo a una manera de ir pensando por algunos de forma muy colonial, muy colonizada, y a veces me pregunto a dónde iremos a parar por este camino.

El pensar acerca de la condición colonial es la base de los grandes fundamentos de toda la obra escrita de Leonardo, y por eso se tuvo que acercar, incorporar, asimilar a Martí mediante un diálogo con él, a menudo implícito, y explícito en algunos casos. Acosta lo efectuó de una manera muy propia, y nos pudo iluminar acerca de cierto costado de la obra martiana muy poco trabajado en los tiempos en los que él lo hizo, inclusive y lastimosamente aún hasta el presente. Me refiero a esa insistencia en gran parte de sus textos sobre Martí por buscar, por ver las raíces de este pensamiento a la hora de explicarse la cultura continental, y por trazar la necesidad de una nueva cultura que eliminara definitivamente la condición colonial de nuestros pueblos, para propiciar así ese tan ansiado camino martiano y de otros muchos hacia una unidad de acción.

En este sentido, está su gran aporte al inmenso campo de los estudios martianos, a mi ver, el más importante de la cultura cubana, con alcance a escala planetaria por la cantidad de gente que sigue escribiendo y entregando puntos de vista sobre José Martí.

Hay algo notable en los trabajos de Leonardo Acosta sobre el Maestro: él no nos atiborra con citas martianas; ese vicio que crece como la verdolaga en Cuba de hacer citas de Martí para todo y de repetirlo de memoria cuando a veces no se ha entendido de qué se está hablando. Ello le permite justamente entrar a profundidad en el verdadero sentido de la comprensión colonial martiana, lo cual sigue haciendo al mayor de los cubanos, aún en nuestros días, un revolucionario verdaderamente vigente.

El otro gran secreto de esa mirada martiana de Acosta sobre Martí es que él no pierde nunca de vista el entender que las apreciaciones, e inclusive el empleo por Martí de elementos de las culturas originarias de Nuestra América, tienen siempre una función no solo artística o literaria, sino que complementan desde el punto de vista artístico y literario esa mirada revolucionaria de Martí sobre su tiempo, sobre su cultura, sobre su época, porque justamente le permiten alcanzar ese alto grado de condición revolucionaria que manifestó.

No es concebible el revolucionario sin el escritor absolutamente transformador; no es concebible el revolucionario en el plano de las ideas sociales —inclusive, en el de la práctica social—, si no lo entendemos en cuanto a sus procedimientos expresivos, puesto que esta es la forma de pensar de Martí, quien nunca la entregó mediante un tratado, sino a través del periódico, la oratoria, la epístola y hasta en sus poemas. En algunos casos dejó en sus notas algunas ideas que parecían encaminarse hacia la escritura de una especie de tratado, que, sin embargo, nunca redactó. Pero jamás nos dará una conceptualización con categorías establecidas, y   por ello nunca su pensamiento con los procedimientos científicos del positivismo de su época, aunque, por cierto, Martí dijo cosas favorables en cuanto al afán de conocimiento promovido por esa corriente, sin afiliarse a ella desde el punto de vista de los procedimientos cognoscitivos, los cuales aplicó para entender su tiempo y ese mundo nuevo que estaba cambiando aceleradamente y que no se parecía, sin embargo, al que él entendía que debía abrirse paso y para el cual laboró intensamente.  

Acosta nos alumbra para entender esta manera de pensar de Martí, o sea, la lógica de sus procederes, y es de las pocas personas que se ha movido en este terreno. Por eso uno encuentra en sus textos sobre Martí mucho de antropología, de filosofía, un poco hasta de lingüística, todo un conjunto de elementos de una mirada que no se detiene en una ciencia social particular, sino que justamente quiere darnos esa imagen totalizadora de una persona que siempre se vio a sí misma y se presentó como un hombre total.

Él nos ha dejado una mirada notabilísima, en primer término, sobre esa apreciación que rompe con la condición colonial a la hora de mirar el origen de nuestros pueblos originarios.

En este sentido, vale la pena precisar algunos puntos acerca de la visión martiana de Acosta. Él nos ha dejado una mirada notabilísima, en primer término, sobre esa apreciación que rompe con la condición colonial a la hora de mirar el origen de nuestros pueblos originarios, al indio de Nuestra América. Este es un elemento muy interesante de la vocación personal de nuestro autor a la hora de presentarnos a Martí, pero, indudablemente, se va más allá. Hay un texto suyo excelente en que nos demuestra de una manera polémica, porque él tiene la virtud de ser siempre polémico, que nos lleva a comprender que la concepción del mundo de Martí está en leer de manera detenida su poesía. Esta relación casi obligatoria entre la imagen poética y el filosofar como forma de expresión del pensamiento.

Así, no por gusto, muy probablemente fue Acosta quien por primera vez compiló un importante número de textos martianos acerca del indio en nuestra América.

Yendo a algo particular, aprecio además una mirada inteligentísima en Acosta sobre los Versos libres de Martí, justamente porque nuestro ensayista no está partiendo de buscar simplemente aquellos elementos anunciadores de lo novedoso en esas creaciones. Acosta se preocupa por ver qué modo de pensar nuevo se está expresando en Martí desde elementos culturales de alcance universal. Esta mirada en particular sobre la manera en que se expresa el pensar en Martí, que tiene muchos asideros y que utiliza muchas imágenes con plena conciencia —no por casualidad, pues nada suele ser casual en José Martí—, insisto en que es uno de los elementos aportadores que nos da Leonardo acerca del Maestro.  

Y, por último, también está la relación estrechísima entre esa preocupación de Leonardo por cómo Martí se acercó y de alguna manera estuvo buscando e integrando dentro de su obra, de su forma de pensar y hasta de sus procedimientos en el pensar, la cultura antigua de Nuestra América. Por un lado, eso fue algo que impulsó al propio Acosta a interesarse por conocer aún más esas culturas, hasta que sin una pretensión erudita, cientificista, él se convirtió en un gran conocedor de diversos elementos de las culturas originarias del continente. Tal proceso se evidencia en su libro donde relaciona a Martí con la conquista de América, una lectura interesante y necesaria [1], y en la que muy probablemente fue la primera  compilación de textos martianos acerca del indio en nuestra América [2].

No sé si en alguna ocasión él explicó cuándo y cómo fue su acercamiento al Maestro y, en particular, su necesidad de escribirnos acerca de él. Sí me atrevo a afirmar que ello sucedió a tiempo para enriquecer los presupuestos de los enfoques de Leonardo Acosta para esclarecer, y afrontar, el colonialismo mental. Imagino que el Maestro le leería atentamente y lo estimaría entre sus discípulos.  

 

Versión de la intervención en el Coloquio Vida y obra de Leonardo Acosta, efectuado en la Casa de las Américas el lunes 16 de febrero de 2015.

 

Notas:
1. José Martí, la América precolombina y la conquista española. La Habana, Casa de las Américas, 1974 (Cuadernos Casa, 12)
2. El indio de nuestra América. La Habana, Centro de Estudios Martianos y Casa de las Américas, 1985. Reedición del Centro de Estudios Martianos, 2015.