Cuando la presente entrega de La Jiribilla empiece a circular junto con otros recursos informativos que en el país difundirán la misma entusiasta noticia, de hacerle a esta caso pudiera suponerse aconsejable ir teniendo a mano chaquetas, chalecos, abrigos, ropa de lana y quizás alguna bufandita discreta. Nada saldría sobrando si la noticia fuera cierta: “¡Cuba despide el verano!”

La mala interpretación pudiera obedecer a razones varias. Entre ellas acaso figure el desconocimiento que del país tengan personas recién llegadas a él. Otra —no necesariamente la última— cabe considerar que sería una gran ilusión, incluso en quienes conocen la realidad y la viven a diario, de que es inminente la posibilidad de librarse de los agobios de un calor que abrasa: un calor que, cuando no calcina, llega a ser aplastante combinado con la humedad ambiental por la que el autor le oyó a un amigo ingenioso, también caribeño, decir: “En esta parte del planeta no se camina, se nada”.

Claro que es tentadora, estimulante a tope la ilusión de que se avecina una etapa climática agradable, que dejará atrás al calor que, padecido a lo largo del año, le hizo a un cineasta amigo decir: “A este clima se le debe hacer la mayor propaganda posible, la más eficaz, para ver si alguien lo compra y se lo lleva lejos”.


Jóvenes y niños disfrutan del verano en Granma. Foto: La Demajagua

 

Sería interesante saber a quién se le ocurrió suponer que Cuba comparte con otras latitudes la sucesión cíclica de verano, otoño, invierno, primavera. Hasta en territorios donde esas estaciones son habituales empiezan ellas a modificarse, o alterarse drásticamente, por efectos de un calentamiento global que solo se puede desconocer por grave ignorancia, abarcada la de un magnate energúmeno con investidura de estadista neroniano.

Aunque la cifra va, naturalmente, en aumento, el autor se empecina en creer que todavía no están tan lejos los años en que sus magníficos maestros de primaria le enseñaron que en Cuba solo había dos estaciones: lluvias y sequía. Esta última, algo después de aquellos tiempos—seguramente por los cambios climáticos de los que entonces no se hablaba, pero ya venían acumulándose y haciendo de las suyas— empezó a ser más ostensible, con las calamidades que semejante realidad suponía y supone para la economía y la vida cotidiana del país. Pero los estragos de ese hecho se compensaban con un lema propio del orgullo nacional y de la promoción turística: “Cuba es un eterno verano”.

Ahora, a despecho de las burlas que no han faltado contra esa moda, se ha entronizado el hábito de recibir cada año el verano a fines de junio y despedirlo entre finales de agosto y comienzos de septiembre, más o menos. Tal moda no se detiene frente al hecho de que dicha estación —y ello solamente para la parte del hemisferio Norte en que el ciclo de estaciones fluye de manera “canónica”—se considera que se extiende desde el 21 de junio hasta el 21 de septiembre. ¿De dónde viene, pues, la pasión con que supuestamente en Cuba se recibe y se despide el verano en las fechas en que ya se ha vuelto habitual hacerlo?

El origen parece estar en la tendencia que ha proliferado a uniformar lo más posible las cosas con toques de sabor burocrático y, sobre todo, en la comprensible atención otorgada al período vacacional vinculado con la secuencia de los cursos escolares. De ser así, lo más razonable sería saludar el inicio y el fin no de una estación que aquí no tiene ni de lejos la periodicidad que la caracteriza en otros lares, sino el comienzo y el términode esas etapas de receso masivo disfrutadas con mayor o menor uniformidad por los alumnados de las distintas fases de instrucción: desde la prescolar hasta la universitaria, y no siempre también por todos los padres y todas las madres correspondientes.

En medio de lo que parece inclinación natural, por idiosincrasia, al embullo combinado con la terquedad, cabe suponer que nada en este mundo será capaz de hacernos renunciar a la celebración anual del inicio y el fin del verano del modo y con la periodización con que lo hacemos. Así van las cosas aunque antes y después de las fechas escogidas andemos por la vida chorreando sudor y desafiando el clima para poder mantener los mejores ritmos productivos.

Esto último, por supuesto, lo hacen quienes se afanan en honrar y defender, cultivándola, la cultura laboral de la nación, ya se disfrute o se carezca de aire acondicionado, que en la generalidad de los centros de trabajo se somete a controles dirigidos al ineludible ahorro de la energía eléctrica. Ese es un propósito que todos debemos comprender, apoyar y cumplir, aunque también haya jefes y funcionarios convencidos de que ellos están destinados por la providencia a preservar su salud y a cuidar la lozanía de su piel aun a expensas de los recursos energéticos de la patria. Así que en sus oficinas el aire acondicionado no puede faltar a ninguna hora del día en que ellos se encuentren presentes.

Mientras tanto, gocemos imaginando que de verdad los rigores o tormentos del verano —con un calor que aumenta en el mundo y amenaza con lo que ya va siendo realidad: derretir glaciares y provocar que numerosas islas y zonas costerasacaben sumergidas en el mar— cederán y acaso hasta nos libren de ellos. Para lograr esa liberación parece que se cree bastante dar en órganos de prensa y en la radio y en la televisión, calzada con fiestas y celebraciones, la noticia de que el verano “va en pira”.

Solo que, si con esa expresión coloquial se dice que algo se marcha o va en retirada, en este caso vale también para recordar que el calor continuará por mucho tiempo, si no durante casi todo el año, actuando como una pira en que corremos el riesgo de quemarnos o, cuando menos, contraer serias afecciones en la piel.

Entonces, ¿adiós, verano? Bueno, si tercia para fomentar la alegría, hagamos como que lo despedimos, porque la alegría también hace falta para vivir. Pero no ignoremos la realidad.