A través de la Muestra de filmes canadienses que acompaña la celebración de la Feria del Libro, el público cubano tiene ocasión de entrar en contacto con una cinematografía que habla en inglés y no es Hollywood, habla en francés y no viene de París; una cinematografía que ha conseguido enamorar a los cinéfilos más exigentes aunque no tenga superproducciones con efectos especiales, ni sistema de estrellas, ni paradigmas genéricos de ascendencia nacionalista ni distribución centralizada y monopolista.
La Muestra, más con carácter de pequeño toque, y sorbo, que de antología mínima, se programa como apoyo a las decenas de escritores e intelectuales canadienses que visitan Cuba con motivo de la Feria del Libro. El país de autores tan importantes como Alice Munro, Margaret Atwood, John Ralston Saul y Pierre Trottier, entre muchos otros, es la nación invitada a la Feria, y de este modo aparece una nueva ocasión para atestiguar la atención de aquella cinematografía al lenguaje de género, y a temas como la aceptación de lo diferente, la exploración en el pasado singular de Canadá, y la variedad de paisajes geográficos y psicológicos de ese inmenso país.



 

El primer esplendor de los temas mencionados ocurrió en el cine canadiense en los años ochenta y noventa, décadas en las cuales realizaron sus mejores filmes Denys Arcand, David Cronenberg, Atom Egoyan y Guy Maddin, cuatro realizadores afiliados al cine de autor y creadores de una decena de las películas canadienses más significativas de todos los tiempos. Ninguno de los cuatro, sin embargo, está incluido en la Muestra, porque sus filmes resultan bastante conocidos en Cuba, con excepción de Guy Maddin.

A principios del siglo XXI, si bien ha cambiado ligeramente el cuadro de los autores más significativos, todavía resultan preeminentes los temas típicos del cine canadiense, como puede comprobarse pasando revista a los títulos que integran la Muestra. Precisamente entre los años 2000 y 2015 tiene lugar la continuidad del cine canadiense realizado en femenino, y abundan las mujeres que lideran importantes producciones del más diverso sesgo estético, como Léa Pool o Deepa Mehta.



 

El acercamiento a psicologías femeninas en crisis es uno de los leitmotiv preferidos de Léa Pool, una de las más respetadas cineastas de su país desde los tiempos en que sorprendió a todos en el festival de Berlín de 1986 con Anne Trister, y luego aparecieron À corps perdu (1988), Emporte-moi (1999) y Lost and Delirious (2001). Para la Muestra fue elegida una película posterior, La pasión de Augustine (2015), que se ambienta en los años sesenta, cuando comienzan a llegar a la provincia de Quebec los vientos de la revolución cultural y social sesentera, y los nuevos aires afectan incluso los métodos de enseñanza aplicados en una escuela conducida por una monja. La pasión por la música impulsa a esta religiosa singular, protagonista de este alegato feminista, totalmente agradable y convincente gracias a su distancia del panfleto y el maniqueísmo.

Otras dos mujeres, Sophie Deraspe y Ginette Lavigne, codirigieron Los lobos, un filme que lidia, desde el suspenso, con algunos de los temas cardinales de esta cinematografía, y sin abandonar los conflictos propios de la mujer también retrata la psicología y el paisaje de lugares remotos e inhóspitos, los problemas medioambientales, y el choque cultural entre diversas costumbres y culturas.



 

Como en todas las cinematografías nacionales que intentan reafirmarse, la canadiense recurre con cierta frecuencia al cine histórico, vehículo para pasar revista a la identidad nacional y a los hechos del pasado que pueden validarse o reexaminarse desde el presente. A la provincia francófona de Quebec, y también a los años sesenta, vuelve la vista el filme Corbo (2014, Mathieu Denis), que muestra el conflicto de lealtades de un muchacho muy joven, hijo de una madre francófona y un padre italiano. Los años sesenta, con su imperativo de cambiar todos los paradigmas anteriores, es el centro temático de una historia que se atreve a mostrar el momento más candente del nacionalismo quebequense contemporáneo, en tanto el protagonista se afilia nada menos que al Front de Libération du Québec, grupo radical clandestino que saboteaba negocios, bancos, universidades y casas privadas de prominentes angloparlantes.

Además de Léa Pool, hay otro representante del cine de autor contemporáneo, del más complejo y subjetivo. Una opción atendible está representada en la obra del muy joven y archiconsagrado Xavier Dolan, quien constituye, junto con Denis Villeneuve y Jean-Marc Vallée, el trío de ases del cine actual canadiense. Debe decirse que Villeneuve y Vallée decidieron asentarse en Hollywood, donde conquistaron el éxito de público y crítica, pero Dolan ha permanecido en Canadá, y en ese país ocurre la trama de Mommy (2014) aunque se represente un entorno ficticio, tal vez futurista, donde los padres tienen derecho a deshacerse de sus hijos problemáticos. Mommy reflexiona sobre los abismos éticos y afectivos que provocarían un futuro regido por leyes como esta.

Las mejores y más conocidas películas canadienses ofrecen audacias formales y hondura subjetiva, amén de una declarada vocación por defender los valores de la otredad y la tolerancia, como es fácil percibir en este puñado de obras que integran la Muestra canadiense con motivo de la Feria del Libro. Y creo que la audacia y la hondura, la otredad y la tolerancia, son de interés para grandes grupos de seres humanos, da igual si viven al sur del Estrecho de la Florida, o al norte de los Grandes Lagos.