Hace unos días La Jiribilla publicó un artículo donde el intelectual Jorge Ángel Hernández critica el apoyo que el escritor Arturo Arango y yo, le hemos concedido a la Declaración que han hecho pública los jóvenes cineastas cubanos.

En su momento decidí no responder a ese texto que, desde el inicio, advierte al lector que ha llegado por “carambola” y tarde a lo que se está discutiendo. Más bien agradecí la sinceridad del autor que confiesa que lo suyo es la simple opinión, esa que a modo de chisme uno emite cuando pasa por una esquina, ve alguna riña, y en lo adelante, pone a circular habladurías que nunca describen la esencia de lo visto, sino solo la superficie.


Diez años atrás, a ellos los devoraba la ansiedad de filmar por filmar
lo que para algunos era la utopía de la no utopía. Foto: Internet

 

Es obvio que a Jorge Ángel Hernández no le interesa promover un debate profundo de ideas donde él mismo se sienta parte del aprendizaje. ¿Para qué, si los que no piensan como él solo formulan disparates? Ese egocentrismo galopante es la causa de que en sus comentarios a posteriori todo se reduzca a defender su derecho a su “propia interpretación”, aun cuando la calidad de lo interpretado se vea seriamente deteriorada por la carencia de un conocimiento básico de lo que es el cine y sus dinámicas. ¿Qué sentido tiene debatir con alguien que confunde su opinión particular con la Verdad que entre todos estamos buscando, y se divorcia de manera tan radical de lo que ha estado sucediendo en los últimos quince años del audiovisual cubano?

Está claro que, como individuo, Jorge Ángel Hernández tiene todo el derecho del mundo a manifestar su enérgico rechazo al documento y a quienes lo apoyan: esa es una opinión que habría que respetar como mismo él tendría que respetar la de sus oponentes. En cambio, como revista cultural en la cual yo también he colaborado, La Jiribilla estaría obligada a tomar en cuenta las complejidades de lo que se expresa en el escrito de los jóvenes, que no es el resultado de una catarsis puntual, sino de muchas discusiones protagonizadas por los cineastas cubanos en los últimos quince años.

Esto quiere decir que, a diferencia de lo que sugiere la lectura simplificadora de Hernández (centrada en tomar como blanco de su ataque apenas la reacción emocional de dos “tembas”), para mí lo importante no estaría en el texto puntual suscrito por los jóvenes, sino en lo que sintomáticamente este revela, como parte de un conjunto mayor de inquietudes que están argumentando la necesidad de actualizar nuestro modelo de gestión audiovisual.

En este sentido, mucho más estimulante me pareció la entrevista realizada a Bárbara Betancourt Martínez, Directora de Programas Culturales del Ministerio de Cultura, publicada inicialmente en La Jiribilla y más tarde reproducida en varios medios oficiales. La idea de entrevistar a una servidora pública a partir de lo expuesto en el documento de los jóvenes me parece fantástica, porque el texto precisamente está invitando a eso: al intercambio enriquecedor con quienes dirigen las instituciones.

Por supuesto, en la entrevista salen a relucir ideas que resultan a la vez muy discutibles, como cuando Bárbara dice: “Parece extraño que quieran dialogar con representantes del máximo nivel del MINCULT y de la UNEAC y, para plantear sus criterios, acudan a la plataforma de Facebook, desde el anonimato. ¿Se trata de diálogo o de formar algarabía?”.

Debo decir que a mí también, como a Bárbara, me habría gustado que este documento, o los muchos que los cineastas cubanos estuvieron circulando en su momento, hubiesen visto la luz en espacios menos informales que Facebook o la blogosfera. Pero si ahora aparecen en las redes sociales se debe precisamente a que ni el Ministerio de Cultura, ni la UNEAC, ni la Asociación Hermanos Saíz, ni los medios oficiales, le han concedido el más mínimo espacio a estos debates que tuvieron lugar en “Fresa y Chocolate” durante mucho tiempo. ¿Cómo criticar entonces a los jóvenes (todos ellos nativos digitales) que usen esas redes que ya llevan incorporadas a su cuerpo como extensiones de sus hábitos cotidianos, si nosotros no hemos sido capaces de acoger esos debates como algo natural?; en todo caso, ¿no estaríamos obligados a estudiar esta nueva lógica de circulación de ideas con el fin de fortalecer el sistema institucional?

No quisiera concluir esta breve nota sin explicar un poco en qué consiste mi emoción con la Declaración de los jóvenes, aunque en lo personal hace mucho tiempo asumí que solo estoy obligado a rendir explicaciones a mi conciencia.

No pretendo con esto convencer a nadie, pues, como Pascal, sé que el corazón tiene razones que la razón ignora.

Creo ver en el principio de “mi emoción” el indiscutible privilegio de haber dirigido en el 2001 la Primera Muestra de Jóvenes Realizadores, organizada desde un inicio por el ICAIC. Todavía puedo sentir la algarabía de aquella primera noche en el Chaplin; los debates donde había más de catarsis que de rigor analítico.

Mi emoción, entonces, tiene que ver con eso: con la alegría que reporta constatar el crecimiento intelectual de estos jóvenes que han conseguido construir un cuerpo de ideas para acompañar la creación. Diez años atrás, a ellos los devoraba la ansiedad de filmar por filmar lo que para algunos era la utopía de la no utopía: muchos se conformaban con echar a andar las cámaras, y retratar de modo epidérmico el país en que todavía viven. Hoy, en cambio, además de filmarlo, lo piensan desde la complejidad, o lo que es lo mismo, desde el pensamiento incómodo y hereje.

Pero es obvio que aquellos que llegan por “carambola” a lo que ahora mismo estamos viviendo, lo único que verán son unos pocos árboles desentonando con la uniformidad del paisaje que en su mente han construido: jamás se enterarán de que existe un bosque que, como la Nación, nos acoge y todos los días cambia y crece a nuestro alrededor.