Para Italo Calvino, la función de la ironía cómica consiste en definir al enemigo de la sociedad como un espíritu propio e interno de ella [1]. Los resultados de esta definición, según el tópico más común de casi toda su obra, deben conducir a una transformación social que reivindique el entramado en que el individuo actúa. En varios ensayos insistió en la necesidad de entender los mecanismos de control y estancamiento social para poder dinamitarlos, no precisamente con bombas, sino con la capacidad de la ironía [2]. Esta ironía transformadora parece estar fuera de la perspectiva que asume el crítico cinematográfico Juan Antonio García Borrero en su defensa a ultranza de la Declaración del Cardumen y, sobre todo, cuando decide responder abiertamente [3] a mis preocupaciones expresadas desde La Jiribilla [4].


 

No sé de dónde puede haber sacado que lo mío es “la simple opinión, esa que a modo de chisme uno emite cuando pasa por una esquina, ve alguna riña, y en lo adelante pone a circular habladurías que nunca describen la esencia de lo visto, sino solo la superficie”. ¿Lo obtiene de un chisme análogo al que describe e imagina? En todo caso, generaliza en su respuesta a partir de un breve artículo de opinión y de posteriores comentarios suscitados por la misma capacidad de debate que ha mostrado el texto. En esa vuelta de tuerca no pierde ocasión para montarse en el tópico de amenaza y censura que se ha intentado imponer a La Jiribilla desde el sector de opinión que aspira a presentarse como enemigo de toda censura. Concretamente escribe: “como revista cultural en la cual yo también he colaborado, La Jiribilla estaría obligada a tomar en cuenta las complejidades de lo que se expresa en el escrito de los jóvenes, que no es el resultado de una catarsis puntual, sino de muchas discusiones protagonizadas por los cineastas cubanos en los últimos quince años” [5].

Tal vez para García Borrero llamar a alguien chismoso, formulador de disparates, egocentrista galopante e incluso ignorante no constituya ofensa, sino perfecta voluntad de diálogo, ajeno a toda algarabía y acorde con el idílico futuro que a Cuba predestina. Para cualquier ciudadano de a pie, que pertenezca apenas al CDR y la Sección sindical de su centro laboral, sí pudieran resultar ofensivas sus reactivas expresiones. Desconozco si se aproxima a lo que llama “lectura simplificadora” de mi punto de vista como ciudadano común que ejerce su derecho o como crítico que ha de asumir su cuota de respeto y responsabilidad. Cualquiera que sea su perspectiva, comparte una falencia de la crítica cinematográfica de hoy, de la cual es ente activo y subsidiario: se considera depositaria única, infalible e intocable, del conocimiento especializado. Toda opinión que ose contradecir sus propios puntos de vista y sus conclusiones de valor, será considerada ignorante e indigna de tenerse en cuenta. La actitud es la del crítico en dictamen: supeditar e ignorar a toda costa.

El llamado a la inclusión que predica se convierte así, irónicamente, en la norma de ciudadanía que propagó el imperio romano en su esplendor: ciudadano es solo aquel que se valida bajo las bases culturales que al propio imperio legitiman. ¿Es por ello que puede más emocionarse con un texto pólipo de lo contracultural como la Declaración del Cardumen? Primero, le pareció digno de apoyo “con las dos manos levantadas” y luego, como cambiando tirones del cordel emocional, argumentaría que “lo importante no estaría en el texto puntual suscrito por los jóvenes, sino en lo que sintomáticamente este revela como parte de un conjunto mayor de inquietudes que están argumentando la necesidad de actualizar nuestro modelo de gestión audiovisual”. O sea, y para volver a Calvino, en la necesidad de transformar la sociedad.

De eso se trata y allí se encuentran los caminos del arte, la creación audiovisual, la representación escénica, la literatura y la opinión ensayística que García Borrero reserva como chisme para mi obra. Difama y deconstruye separando la esencia de los cuestionamientos. Y todo ello en el espacio de La Jiribilla, a la que reprocha publicar opiniones que no concuerden con la interpretación del sentido de los síntomas sociales que este tipo de conducta focaliza.

La Declaración del Cardumen asume y participa de un tópico de guerra cultural explícito: focaliza las falencias y errores del proceso revolucionario mientras minimiza, relega e invisibiliza sus descomunales logros y tergiversa y reduce los legados que no puede evitar desconocer. Si como experto conocedor del cine y sus dinámicas García Borrero no es capaz de detectar estos síntomas, tendrá que admitir la posibilidad del llamado de otros que sí hemos analizado los sistemas de significación social en los procesos culturales. Soy uno más, apenas. La creación audiovisual que auspicie y promueva la institucionalidad de la revolución no debe ser usurpada por quienes suben al caballo de Troya de guerra cultural. Esa es la esencia evidente que brota de las sacudidas sectarias relacionadas con la Muestra Joven. Apoyarlo sin atender a este aspecto de sus complejidades asume connivencias que sus redactores no incluyen en el acápite de la realidad que nos toca vivir.

En su respuesta a mi artículo, el crítico salta 40 años en el tiempo de las emociones referentes: mientras en su blog apoyaba el sectario manifiesto confesando sentir el influjo emocional del movimiento de inicios de la revolución, en La Jiribilla se remite a cuando él mismo dirigió la Primera Muestra Joven, en 2001, y detectó “debates donde había más de catarsis que de rigor analítico”. Así reconoce el contexto emocional de lo que se magnifica como síntoma para la transformación social.

El pensamiento “incómodo y hereje” del manifiesto carduménico es un ejemplo de actitud superficial, individualista y sectaria; pretende convertir su viciado activismo en la voz del propio gremio al que por edad se asocia. Lo reconoce el propio defensor —acaso a su pesar, acaso superado por la capacidad de la ironía— cuando justifica algo que me parece natural: usar las redes de internet para difundir su plataforma. Al cuestionarme, el exclusivo crítico supone, ironía y paradoja de por medio, que no ejerzo ningún servicio público y descalifica a priori el uso de internet. ¿Cómo arreglamos entonces el asunto de la coherencia en el criterio; para los carduménicos sí, pues son nativos digitales, pero no en mi caso, que soy colega suyo en lo de temba analógico?

No es admisible, sin embargo, que luego de lanzarse al espacio público a través de plataformas públicas, se mutile y denueste el ejercicio de criterios, juicios, razonamientos y análisis que los contradigan. Opino, pienso, escribo y publico más allá del derecho ciudadano, en el ámbito estrecho de la creación y sus dinámicas sociales, con la esperanza de ayudar de verdad a transformar la sociedad. De ahí que no me crea depositario exclusivo de la verdad, sino firmante de mi propia capacidad de analizar. Y el manifiesto que García Borrero apoya con sus dos manos levantadas y más algarabía que rigor analítico, es excluyente, sectario, agresivo y falaz, reitero mi calificación, tardía pero segura.

Comenzaría, camarada temba, por respetar tanto la obra de los grandes servidores públicos que hicieron posible una revolución incómoda y hereje, como la obra individual que expresa la necesidad de rebatir las manifestaciones grupales que se suman a la guerra cultural que esta revolución no ha dejado de sufrir. Darían señales al menos de salir de otra falencia común para esa crítica que a sí misma se entiende como conocedora única, exclusiva, del cine y sus dinámicas: ignorar, sin ironía transformadora y con cinismo clásico, el más relevante hecho de injerencia que condiciona la realidad que nos toca vivir. Sé que es incómodo y hereje poner en duda su carnet de clásico, pero siento que llama una responsabilidad, si no tan emocional como la suya, sí mejor enfocada en la dialéctica social.

 

Notas:

[1] Ítalo Calvino: “La literatura como proyección del deseo”, en Punto y aparte. Ensayos sobre literatura y sociedad, Siruela, 2013. Traducción: Gabriela Sánchez Ferlosio. ISBN: 978-84-9841-829-3, 385 pp.
 
[2] He desarrollado este tema en “La ironía desde Ítalo Calvino”, Cubaliteraria, 09 de octubre de 2017, http://www.cubaliteraria.cu/articuloc.php?idarticulo=20734&idcolumna=29.
 
[3] “Del cardumen y otros debates”, La Jiribilla.
 
[4] “De la naturaleza de las emociones y la falacia del cardumen”, http://www.lajiribilla.cu/articulo/de-la-naturaleza-de-las-emociones-y-la-falacia-del-cardumen.
 
[5] Va de mi parte la negrita.