Entre las muchas decisiones acertadas del sistema literario cubano se encuentra el surgimiento de premios que vinieron a complementar la importancia que habían tenido los que entregaba la UNEAC, desde su actividad fundacional. Durante mucho tiempo, estos galardones legitimaron con pleno derecho a autores de nuestro panorama literario, no solo a algunos cuya obra despuntaba de antes, sino a quienes accedían al David, un premio para inéditos. Y no me refiero solo a los emblemáticos ejemplos de Cabeza de Zanahoria, de Luis Rogelio Nogueras y Casa que no existía, de Lina de Feria, sino a muchos otros que pueden asombrarnos si nos decidimos a repasar la lista de premiados. La jerarquización literaria cubana partía del premio UNEAC; por su rigor en la organización, por la seriedad en el fallo, trabajo editorial y difusión, así como por la amplitud de sus categorías. Géneros y modalidades emergentes o preteridas por la tradición literaria, alcanzaron su escaño y dieron oportunidad  a obras valiosas de salir a la luz.


El David, un premio para inéditos

 

En la década del noventa, la crisis que impuso el descalabro del socialismo europeo dejó obsoletos sus métodos de convocatoria y los llevaron de golpe a un rango de consuelo que vale más por su historia acumulada que por el impacto de la inmediatez que han ido suscitando. Y ello cuando la superpoblación de escritores cubanos continúa su ritmo acelerado, sin una crítica que pase del elogio gremial o del acto condescendiente de la presentación del libro, en apariencia incapaz de comprometerse con el juicio de fondo. Y, sobre todo, sin un gremio de escritores dispuesto a aceptar que su obra merece ser criticada siquiera con timidez muy tímida. Así de perfectos y espléndidos nos vemos.

Si además sumamos el cambio drástico de la capacidad de subsistencia de la ciudadanía, conjugado con los magros, irrisorios derechos de autor que se reciben por un libro, hallamos una pista de por qué nuestros premios literarios se han ido deslavando en su peso específico y se han convertido en transitorias oportunidades de financiamiento.

Los primeros síntomas de la necesidad de nuevos premios aparecieron en los territorios, donde proliferaron más o menos al modo de los entregados por la UNEAC, algunos con una intención más marcadamente local, otros con búsquedas en el ámbito nacional, es decir, que se convocan desde la provincia para todos los autores del país. No obstante, algunos de ellos, aunque abiertos al ámbito cubano, suelen quedar cerrados en la práctica de los resultados y es perceptible la huella del regionalismo. Y esto, porque la práctica de los resultados en los premios literarios no es, ni debe ser, un acto de generación espontánea, como parece apreciarse en ocasiones en nuestro panorama. Ni es, ni debe ser, tampoco, solo un acto de criterio inmediato de tres personas que ejercen de Jurado.

Algo tardíamente, acaso motivado por la pérdida gradual de parte de estos valores en el propio entramado de Premio UNEAC, el ICL intentó ocupar el lugar que le correspondía en este ámbito de jerarquización y creó los Premios Alejo Carpentier y Nicolás Guillén. Las buenas intenciones, y lo acertado de la decisión –introducían una dotación económica necesaria y valiosa y potenciaban una gira promocional para los premiados en el país y en Ferias internacionales del Libro– no han terminado, sin embargo, en los mejores desempeños. Las normas de relación social de la vida literaria han presionado tanto que han terminado por marcar su rumbo.

De entre los numerosos motivos que pudieran convocarse a análisis, dos merecen especial importancia. Por una parte, el cada vez más marcado desenganche institucional, por otra, el cada vez más opresivo criterio subjetivo del gremio literario. Ambos se han conjugado en muchas ocasiones para llevar a las instituciones, no sin astucias personales, a responder a intereses no muy discretamente cabildeados del gremio literario. No se han aunado causas y factores rigurosamente ni se han emprendido una indagación a fondo, de bases científicas, del fenómeno.


Grandes premios han de convertirse en grandes objetivos de lectura

 

Nuestras instituciones se implican poco, casi nada, en la política editorial de esos premios que ellas mismas potencian. Del temor al control direccionado, ideológicamente prejuiciado, que alguna vez ocurrió en algún que otro caso, hemos pasado al caos de la indefensión literaria, al albedrío de los autores que ejercen, no su autoridad literaria, sino su decisión espontánea para imponer su gusto y su tendencia. Hay un divorcio esencial entre el patrón de percepciones del ámbito de los autores –insisto en que bastante egocéntrico– y el plan objetivo de las instituciones. Hasta donde conozco el diálogo es espontáneo, muchas veces de fuego graneado y hasta parcializado, como lo vi en la UNEAC, no sin cierta complicidad de rendición existencialista, cuando se me hizo evidente que el criterio de quienes ejercían los cargos comprometía de lleno a la organización.

No creo, sin embargo, que este extraño caso de los premios literarios en Cuba, se halle en retroceso, sino, y dado el hecho de nuestra superpoblación de autores y autoras, que llama a hallar el salto dialéctico de desarrollo. Por ello, llamo a mirar al fenómeno desde una dirección cada vez más preterida por los dos polos que marcan la vida literaria cubana, o sea, el ámbito del gremio literario y las instituciones que los respaldan y viabilizan su representatividad social, sino desde el más importante: el ámbito de la recepción, o sea, los lectores.

Pocos de nuestros autores y autoras, que muchos somos, como he dicho, soportan la prueba del lector medio cubano, que es culto y tiene un apreciable nivel educacional. No hablo, por tanto, de un lector masivo de poca intensidad. En ese punto ha de posarse el foco, la dirección del objetivo. Grandes premios para que se conviertan en grandes objetivos de lectura, no para que los libros se queden en los polvorientos anaqueles y se valoren solo por pacientes y especializados estudiosos, casi siempre cercanos a los propios autores. Si no hay lectura, la escritura es entelequia, y nuestro gremio marcha, en una complaciente y panglosiana anomia boba, a la autodestrucción en el tiempo.

Y acaso, como una imagen repentina, esto grafique el por qué nuestros premios literarios se han ido convirtiendo en fuente transitoria de financiamiento personal, es decir, en dinero y que se esfume, al tiempo que la propia obra que arribó al galardón.