Viernes, 1:53 minutos de la tarde, escucho una notificación en Facebook. Una amiga que reside en Chile me pregunta: “Mija que sabes del accidente del avión de Cubana”. Mi primera reacción, googlearlo; no aparece nada. Mi respuesta fue: “¿Un avión de Cubana? ¿Tú estás segura de que eso pasó en Cuba?”.


#FuerzaCuba. Foto: Granma

 

Lo comento en voz alta en la redacción, todos me miran extrañados; no es una noticia que se escucha todos los días, ni siquiera todos los años. Rápidamente comienza a llegar, desde diferentes fuentes, la información. Colegas periodistas de Granma, Juventud Rebelde, Cubadebate, Prensa Latina, lo comparten en las redes, antes de sacar una nota en la página oficial.

Ya había pasado más de una hora, y no tardaron en llegar las primeras imágenes, incluso una en que solo el humo en la parte de atrás de la pista, se mal apreciaba desde un cristal empañado. Un video de nueve segundos, donde los funcionarios que serviciaban un avión en la pista, al sentir la explosión y ver la humareda, solo atinaron a dar vueltas en círculos y ponerse las manos en la cabeza en señal de desesperación. Cuba entera estaba desesperada, yo estaba desesperada, angustiada; en ese momento quería ser bombero, manejar una ambulancia o sencillamente estar más cerca y poder ayudar. Pero esa no era mi función, lo sabía, y todos en la redacción asumimos la premura de replicar cuanta información llegaba de los diferentes medios. Compartimos videos, textos, fotos en las redes sociales, y durante más de tres horas estuvimos con el corazón detenido.

Disímiles versiones: que si iba a Guyana, que era de Cubana, que todos eran mexicanos, que no, que eran cubanos. Eso no importaba, no cambiaba nada hacia dónde se dirigía o quiénes lo tripulaban, eran personas las que perecieron en el siniestro. Un rayo de fe me reconfortó cuando comenzaron a encontrar sobrevivientes, y creo que esa sensación la tuvo Cuba entera, uno, dos, tres, cuatro... todos queríamos que llegara la cifra a 113. ¡Qué tristeza al conocer que uno de los sobrevivientes había llegado fallecido! Todos rezábamos porque encontraran a más personas, aun sabiendo que después de esa terrible explosión, era casi imposible.

Apenas dos horas después de ocurrida la tragedia, La Habana estaba en total silencio, en las calles todos se miraban. Aún no se conocía quiénes iban, pero no importaba, eran cubanos, era una tripulación mexicana, habían extranjeros, no importaba, toda Cuba lloraba y la naturaleza también. Ese viernes ya no fue más azul, no paró de llover, como si el cielo se desgarrara ante tanto dolor. Esa noche no pude dejar de pensar en ellos y en sus familias, en todas las sonrisas que ya no serían más, en cada uno de los sueños que ya no se iban a completar. Me sentí impotente.

Vivo en los límites entre Arroyo Naranjo y Boyeros, relativamente cerca del aeropuerto, y cada vez que estoy fuera de casa lo que más extraño no es la sazón de mi abuela o mi almohada, sino el ruido de los aviones al despegar, cuando rompen la barrera del sonido y llega a mi patio. Ese sonido me hace sentir en casa y levantar mi cabeza al cielo y mirarlo; costumbre que desde pequeña tengo y no creo perderla. El sábado siguiente cada vez que salía al patio y escuchaba un avión sobrevolar mi casa, mi piel se erizaba, mi corazón latía más de prisa, y solo en mi mente repetía una y mil veces: “Les deseo buen viaje, que todos lleguen sanos y salvo”.