Jank ni siquiera es su segundo nombre. Solo decidió (re)bautizarse así y ahora firma como Jesús Jank Curbelo. Muchos —como yo— comenzamos a leerlo en la página del viernes del periódico Granma, cuando todavía estaba en quinto año. Ya desde aquella época tenía varios seguidores, incluyendo a mi mamá, que me hizo buscarlo en Facebook y pedirle amistad.

Jank. Foto: Yander Zamora
 

“Llegué a Granma por Oscar Sánchez. Yo no tenía ningún tema de tesis, y él me dijo: ‘Dale, ven para acá’. También dijo que sería mi tutor, pero yo quería hacer un portafolio porque no tenía idea de cómo hacer una tesis. Entonces lo convencí de hacer un portafolio en la redacción nacional”.

¿Qué fuente comenzaste atendiendo en Granma para el portafolio?

“Como está concebido eso en la facultad es que uno hace 30 trabajos sobre un tema en específico, a mí me toco Energía y Minas. Esa fuente no daba mucho y me puse a escribir “croniquitas” para la página de los viernes. Entonces Jesús Arencibia, que era mi tutor por la facultad, me dijo que como Energía no daba nada y yo tenía unas crónicas publicadas, haríamos la fuerza para que fueran 30 trabajos de géneros de opinión”.

Estamos sentados de frente. Él odia las grabadoras y me ha pedido más de una vez que la aparte, que “vamos a conversar”. Recuerdo que hace un año me llamó para que lo acompañara a tirar unas fotos, porque era 14 de marzo y tenía “el instinto periodístico de guardia”. Salimos a caminar por Santiago, con el sol martillándonos a las cinco de la tarde. Se encontró con un viejo que vendía yerbas en una esquina, conversó con él mientras yo intentaba hacer alguna que otra foto. Después le compró un libro de Lezama Lima a un vendedor. También conversó con él. Supongo que por eso no soporta las grabadoras.

¿Cuándo empezaste a escribir?

Empecé escribiendo canciones que se convirtieron en poemas, que después se convirtieron en prosa, que no tenían género, y eso se convirtió en cuento, y el cuento de convirtió en crónica. Al final lo que me gusta es la narrativa.

¿Sigues algún ejemplo en específico?

Sí, unos raperos españoles, aunque también escucho algunos cubanos. Ese estilo de contar las cosas espontáneamente, me gusta.

Cuando estaba estudiando, como en tercer año, a mi abuela se le metió en la cabeza mandarme para la emisora Radio Progreso, con Héctor Pérez, director de programas dramatizados, para que yo aprendiera. Yo me sentaba en un banquito en la cabina del director, mirando qué pasaba del otro lado. Me empecé a llevar los guiones, los leía y escribí uno. Se lo enseñé a Iván Pérez, el hermano de Héctor, y me mandó a hacer una serie de cinco capítulos. Como solo estaba sentado mirando, fui aprendiendo sobre la marcha. Aquel primer guión se lo llevaron a una asesora de Radio Arte, que tenía un programa que se llamaba Caso cerrado, y empecé a escribir como 60 páginas mensuales.

¿En qué año estabas?

Tercero.

Ya habías dado radio cuando eso.

Pero no tiene que ver una cosa con la otra. Después escribí una pila de programas, y una radionovela, que no sé dónde está.

Has participado en coberturas importantes, como la muerte de Fidel. ¿Cómo fue aquella experiencia?

Cuando la muerte de Fidel yo estaba con el fotógrafo Yander Ramos en Guantánamo. Hacer crónicas en tiempos difíciles para las personas, es mucho más fácil, porque a la gente cuando las entrevistas no les importas tú, sino los problemas que tienen.

En ese momento la gente está pensando: “Papa, no me estés quemando la vida”… y tú te pones a decir: “Es verdad, hermano”, y vas creando una empatía.  Ahí te empiezan a contar su historia, pero lo hacen abiertamente, sin miedo, porque ya no tienen nada que perder —en el caso de los ciclones, por ejemplo—. Entonces es mucho más rico, porque cuando te sientas a transcribir tienes el 80% del trabajo hecho, y luego tienes que acordarte de lo que pasó, de lo que sentiste, y después corregir lo que la gente dice por las muletillas y eso. No es lo mismo tener una entrevista seca, cuadrada, y tener que hacer la crónica porque te mandaron, a sentirlo.

La misma noche que estábamos en Guantánamo para irnos para La Habana, se murió Fidel. Alguien llamó a Yander por la madrugada, llamamos al periódico a esa hora, pero todo el mundo se estaba volviendo loco. Y Karina, la subdirectora, lo que nos dijo fue: “Quédense en Guantánamo y esperen”. Entonces estuvimos un día recogiendo opiniones de la gente, hasta que pensamos en ir para Birán. Como no teníamos dinero decidimos irnos para Santiago, donde estaba la caliente. Vendimos un par de botas de agua nuevas que “luchamos” y con eso llegamos. Como nadie tenía idea de que íbamos para allá, estábamos sin hospedaje, que después se resolvió.

“Tú estabas allí” —me reclama—, para no tener que seguir contando la historia. Recuerdo que pensé en llevarlo al aula de primer año para que él y Yander les dieran un conversatorio a los estudiantes. Pero no pudo ser. A las 10 de la mañana los sacaron a todos para ir a la Plaza de la Revolución y Jank se desapareció, en busca de algunas entrevistas.  

“En esos días tampoco había mucho que hacer en Santiago, porque la gente estaba esperando a ver qué pasaba. Salimos a caminar, entrevistamos a algunos y armamos trabajos así hasta que llegara la caravana. Después nos enteramos de que no estaríamos en el entierro.

“Nos fuimos para el Moncada, y como Yander es ‘una bestia’—fotográficamente hablando—, pensamos que la foto que llevaba era de la caravana pasando por allí. Yo tenía que hacer una crónica. Me puse a escribir en el teléfono la hora que era y lo que iba viendo que pasaba. Ya no pensaba en si me lo iban a publicar o no. También hice algunas entrevistas porque, como te dije, a esa hora la gente es súper espontánea y te empieza a hacer cuentos. Incluso vino una mujer con un poema, y quería que se lo publicaran en el periódico”.

Si tuvieras que enseñar a unos niños a escribir crónicas, ¿qué les dirías?

Para escribir hay técnicas, maneras que están estudiadas, palabras que funcionan mejor que otras en determinados contextos y descripciones. Eso es lo que te enseñan. Al final yo creo que para el cuento, para narrar, hace falta conocer las técnicas. Uno tiene en la cabeza un texto en un orden, y a veces lo que hay es que pensarlo mejor y subir párrafos. Por eso se construye el texto, porque vas hilvanando cosas hasta que haces la pared.

Al final lo más importante es lo que viste y lo que sentiste, y tirarlo ahí en el papel, como una avalancha de ideas. Y no estar pensando exactamente en la construcción, ni en cómo quede, porque ya para eso está la autoedición, la corrección del texto. Es como la escritura automática, que es como ‘suelta la cabeza y dale’. Tú ni siquiera estás pensando en que vas a hacer una crónica, disparas y que surja lo que sea.