Pienso que Grotowski me había adoptado como una especie de mascota que engrandecía su prestigio. Daba cierto prestigio el hecho de tener un extranjero vinculado a su teatro.

Los actores del Teatro de las 13 Filas me recibieron educadamente, pero no calurosamente. Incluso el más estrecho colaborador de Grotowski, el director literario del teatro Ludwik Flaszen, era escéptico, me consideraba un Don Juan superficial, sin consistencia intelectual. Pero ahora yo estaba allí, invitado por Grotowski para ser su asistente, y comencé a seguir el trabajo cotidiano en la sala.

Estaban dándole los últimos retoques a un nuevo espectáculo, Kordian, despojado del todo de aquel aire estudiantil que para mí había caracterizado a Dziady.

Grotowski había ambientado el texto clásico de Juliusz Slowacki en un manicomio. El patriota Kordian quiere liberar a su patria del dominio del zar ruso y es recluido en un hospital psiquiátrico. Todo lo que sucede o que ya ha sucedido es tratado como una crisis mental o delirio. Los espectadores se encontraban en la parte de los enfermos. Pasó tiempo antes de que apreciara el resultado. Antes de que me conmoviera por lo que veía.

Cuando Kordian estuvo listo, Grotowski pasó sin demora a un nuevo proyecto. Nunca había trabajado concretamente en un espectáculo, pero él me pidió que leyera Akropolis, un texto clásico polaco de Wyspiañski. Fue una pesadilla: página tras página, escritas en un florido lenguaje simbólico. Tuve que leerlo muchas veces para entender cada palabra y cada frase. Solo entonces nos reencontramos.

Lo que consolidó el fuerte vínculo entre Grotowski y yo, fue la capacidad de dialogar. Teníamos intereses comunes, ante todo el hinduismo y algunas escuelas del budismo. Le intrigaba mi bagaje de conocimientos y experiencias, yo había leído libros que no estaban traducidos al polaco y podía fabular sobre mis viajes y vagabundeos. Él, por su parte, tenía una vehemente relación con la historia polaca, se explayaba sobre las revueltas patrióticas del siglo anterior, sobre el romanticismo y sobre sus grandes poetas Mickiewicz, Slowacki y Norwid y sobre el papel que estos grandes vates habían tenido en la formación de la identidad polaca. Grotowski tenía una memoria fuera de lo común y recitaba trozos de poesía y largos fragmentos de prosa.

Akropolis describe el castillo de Wavel. En este monumento histórico-cultural de Cracovia, donde vivían los reyes polacos del Renacimiento, cuelgan tapices con escenas de la mitología griega y de la Biblia. Es la noche de Pascua y las figuras de estos tapices toman vida. Representan escenas de la guerra de Troya, el amor entre Helena y Paris, episodios del Antiguo Testamento. La última escena describe la resurrección de Cristo. Los románticos polacos habían definido a Polonia como Christus Narodów, el Cristo de los pueblos, porque el país ha sufrido mucho. Después de haber sido repartida entre Rusia, Alemania y Austria, Polonia resurgirá, como Cristo, y recuperará su unidad nacional.

“¿Cuál es la Akropolis de nuestros días?”, se preguntó Grotowski, y llegó a la conclusión de que el sumo monumento de nuestro tiempo era Auschwitz. Gracias a esta idea, el inocuo texto simbolista se vuelve el espejo de una experiencia extrema de la Historia, y la mezcla de los motivos de los tapices —griegos, hebreos y cristianos— episodios de una Babel-campo de exterminio.

Esta interpretación implicaba, sin embargo, dos peligros: Grotowski podía ser atacado por haber profanado un texto clásico y acusado de banalizar Auschwitz. Tuvo entonces la idea de llamar a Józef Szajna como escenógrafo: había estado en Auschwitz y habría sido difícil acusarlo de sacrilegio. Szajna ideó enseguida numerosas soluciones que se volvieron decisivas para el espectáculo. Por ejemplo, propuso emplear tubos metálicos como elementos escenográficos. Encontró las ropas y los zuecos justos, los mismos que eran empleados en Auschwitz, y sugirió el uso de una carretilla que ocuparía un papel central en el espectáculo.

 


Akropolis comenzaba en un espacio vacío, con los tubos amontonados en el centro. Durante el espectáculo los actores los clavaban o los colgaban a lo largo y ancho de todo el espacio. Al final los espectadores se encontraban casi ocultos y enjaulados por los tubos. De los muchos libros que había leído sobre Auschwitz, Grotowski había escogido una frase de Adiós a María de Tadeusz Borowski, en la que el escritor relata sus experiencias en Auschwitz. Decía: “Quedará de nosotros un montón de metal quemado y la carcajada burlona de las generaciones futuras”. Grotowski la usó como lema del espectáculo.

Grotowski y yo examinamos el texto larga y minuciosamente para extraer una serie de informaciones precisas. Todo lo que resultaba superfluo era eliminado. Buscábamos palabras y conceptos que de forma directa o indirecta pudieran evocar el universo del campo de concentración. Nos deteníamos, por ejemplo, sobre un verso que contenía la palabra “nubes”. ¿Cuáles asociaciones suscitaba en relación con Auschwitz? ¿Podía ser el humo del horno crematorio? ¿O eran nubes que descargaban su lluvia sobre millares de cuerpos desnudos?

Akropolis espectáculo de Tadeuz Kantor
Akropolis, espectáculo de Tadeuz Kantor. Foto: Internet
 

Aprendí muchísimo. Cada simple frase era discutida y analizada. Durante una semana, cada noche, nos encarnizamos con el texto. Era la primera vez que Grotowski desarrollaba este tipo de trabajo junto con otra persona.

Comenzaron los ensayos y los seguí sin intervenir. Solo fuera de la sala de trabajo me permitía hacer comentarios o darle opiniones a Grotowski. Al principio pensé que mis propuestas no tenían valor alguno, pero poco después me di cuenta de que las tomaba en cuenta y que insertaba algunas de mis sugerencias en el espectáculo.

Un día Grotowski tuvo que partir a Varsovia y me pidió que estructurara los intermedios. Hasta entonces los actores habían hecho una escena tras otra intercalándolas con breves transiciones durante las cuales se desplazaban y ordenaban los elementos escénicos. Trabajamos por tres días y encontramos distintas maneras de cargar los tubos, de clavarlos al piso, de aprovechar los efectos acústicos de estas operaciones y alternarlos rítmicamente componiendo el golpear de los martillos, los sonidos de los pasos y las corridas o el silencio. Me sentía muy inseguro y los actores no me tomaban en serio. Zbigniew Cynkutis aceptó, Zygmunt Molik fue ligeramente irónico y Ryszard explícitamente descortés. En resumen, no fue una experiencia gratificante, y me quedé sorprendido cuando Grotowski mantuvo nuestros resultados. Años más tarde, volviendo a ver por enésima vez el espectáculo, me di cuenta de que funcionaban.

 

Nota: Fragmentos de El caballo ciego, Iben Nagel Rasmussen. Ediciones Alarcos, La Habana, 2012.