La superproducción de Bollywood Mohenjo Daro (2016) ha sido acusada por una parte de los críticos y los historiadores indios de inexacta y superficial, debido a su aproximación a circunstancias y lugares de hace más de cuatro mil años, o cuarenta siglos, en la llamada civilización fluvial del Indo, más exactamente a Mohenjo Daro o Monte de los Muertos, como se conocen las escasas ruinas, el sitio arqueológico actualmente en territorio de Pakistán.

En Mohenjo Daro se levantó (entre el 2600 a.n.e. y 1800 a.n.e.) una imponente urbe —quizás la primera construida por la especie humana— luego barrida, tal vez, por un cambio en el curso del río. Este asentamiento urbano antiquísimo fue uno de los primeros y más importantes de las civilizaciones antiguas, pues precedió, y luego coexistió, con asentamientos similares en Egipto, Mesopotamia y Creta.


Según los críticos más agresivos, si al filme se le disculpara su absoluta incomprensión de un periodo histórico —debe aclararse que ni los historiadores más avezados se ponen de acuerdo sobre ciertas informaciones cardinales acerca de la vida en Mohenjo Daro hace cuatro mil años, y continúan en incógnito no solo el nombre verdadero de aquella ciudad, sino las características del lenguaje o de la escritura, por solo citar dos enigmas)—, de todas formas salta a la vida la dispersión de la trama, el excesivo metraje (155 minutos), y el muy pobre diseño de caracteres, muy atento al esquemático héroe apuesto y bondadoso (Sarman, interpretado por el famoso Hrithik Roshan) y el malvado oponente, que encarna Kabir Bedi, un actor muy conocido de los cubanos por la serie de televisión italiana Sandokan, producida en 1976.

Otros críticos, menos letales, aseguran que el director y guionista, Ashutosh Gowariker, uno de los mejores de Bollywood después de la fama mundial alcanzada por El impuesto, más conocida como Lagaan (2001), cedió al imperativo comercial de conferirle mayor atractivo espectacular a los escasos iconos y acontecimientos históricos que se conocen con certeza sobre aquella época remota; pero se valió mayormente de los códigos del cine romántico, épico y de aventuras.

Pensada en función de insertar ciertas escasas evidencias de orden histórico, se compuso la historia de Sarman y Hojo, dos grandes amigos que viajando en un barco por el río resultan atacados por tres gigantescos cocodrilos. Sarman defiende el barco con sus lanzas y vuelven al pueblo, donde son aclamados como héroes. Pero a Sarman no le complace la heroicidad, ya que vive atormentado desde la muerte de sus padres, y no cesa de tener pesadillas por las noches. En sus sueños aparece continuamente un extraño animal con un solo cuerno, y una gran y misteriosa ciudad: Mohenjo Daro. El muchacho viaja a la ciudad y allí se enamora de una muchacha de un estatus inalcanzable para un campesino, de modo que el romance desafía a la élite citadina.


Fotograma de la película


Ante el filme indio, se renueva la polémica internacional, siempre presente en casi todos los títulos del cine histórico, respecto a la discusión sobre las transformaciones mediáticas, narrativas y genéricas, aplicadas a la historia real a la hora de presentarla a un espectador ávido de entretenimiento y estímulos sensoriales. Y aunque se sabe que el ejercicio académico de relatar la historia real, documentada como ciencia, difiere abismalmente de los requerimientos imprescindibles a la hora de presentar un asunto en medios tan populares como el cine, de todos modos la polémica suele acompañar a buena parte de los filmes históricos, independientemente del rigor artístico en juego.

Por supuesto que existen grandes películas, rigurosas en términos históricos y completamente disfuncionales como espectáculo. Hay otras, atractivas visual y conceptualmente, pero apartadas del verismo y los dictados de la academia. Pero por lo regular ocurre que la autenticidad y la exactitud son sacrificadas en el altar de la gracia, el ritmo narrativo y la casi imprescindible peripecia. Y en este grupo se clasifica Mohenjo Daro, que su director defendió de los ataques críticos alegando que se desconocen las principales características de aquella civilización, y de todos modos él asumió algunos de los pocos elementos sobre los cuales existe consenso entre los historiadores, como la arquitectura sofisticada de la antiquísima ciudad, los baños públicos, la existencia de oficios diversos como los sacerdotes-reyes, y la teoría comúnmente aceptada de que una gran inundación del Indo destruyó la urbe.

Una de las principales características de los mejores filmes de Gowariker (Lagaan, Jodha Akbar) radica en su finura a la hora de tratar lo histórico con delicadeza. Pero es muy diferente hablar sobre la India de la época victoriana, incluso es más fácil referirse al siglo XVI que remontarse a una época cuyas huellas han sido casi completamente borradas por el tiempo. Tres años estuvo el director y guionista tratando de desarrollar el argumento, y trabajó cerca de arqueólogos e historiadores, indios y extranjeros, para comprender símbolos como el unicornio, muy presente en varios sellos encontrados. Por supuesto, también debió vestir de alguna manera a los personajes, y eludir la profusa desnudez que predomina en las estatuillas que representan a hombres y mujeres tal y como vinieron al mundo.

A pesar de sus evidentes problemas de guion y coherencia, Mohenjo Daro es un espectacular filme de aventuras, con grandes momentos relacionados tanto con la magnificencia de los decorados como por la indiscutible espectacularidad de algunas escenas. Testimonio infiel, pero espléndido, sobre una época de la cual apenas nos queda algo más que el recuerdo voluntarioso que restituye y metamorfosea.