Dura noticia la desaparición de un hombre vertical, íntegro y capaz de Cuba. Los que estuvimos alguna vez cerca de Armando Hart Dávalos, durante alguna de las funciones que desempeñó en la construcción de formas estatales nuevas para la Nación, podemos dar fe de su eticidad, sentido profundo de la responsabilidad y capacidad para fundar caminos con la participación mancomunada de hombres prácticos y hombres de pensamiento. La historia cubana de los últimos sesenta y tantos años transcurridos, si es exacta en su expresión, tendrá que contarlo entre los individuos que con más sentido patriótico, unitario, progresista, culto y honesto se dieron a la tarea humanista derivada de sus ideales y enfoques sobre la sociedad y el modo de ser de los ciudadanos.
 

Martiano y marxista desde sus  interrogaciones personales. Foto: Internet
 

Hart no imponía esquemas ni trillaba convenciones. Hart procedía con el tino y la inteligencia que nace de escuchar a los especialistas y creer en la superior efectividad de la reflexión colectiva de legítimo nivel. Su acertada elección de los equipos interdisciplinarios y los Consejos Asesores, tanto en estudios especiales sobre temas que trascendían lo operativo para estructurar programas de esencias, como en la gestión ejecutiva ministerial, lo convirtieron en guía del modo de trabajar en aspectos que abarcan esferas tan complejas como la ideológica y sectores como el educacional y el cultural.

Antidogmático por naturaleza, distante de las inútiles egolatrías que generan beneficios para los mediocres y los oportunistas, sumamente recto y flexible a la vez, martiano y marxista desde sus  interrogaciones personales, interesado en desatar siempre los nudos estériles que la incultura temerosa suele imponerle al arte y a las letras, persona decente y laboriosa, Armando Hart logró abrir cauce al difícil equilibrio institucional entre los principios de conciencia y la libertad creadora, entre la ruta de la justicia y el valor de la belleza, entre las necesidades de nuestro país y la asimilación del desarrollo universal. Ese credo fecundo del profesional del Derecho que fue, lo expandió en las distintas tareas que tuvo que enfrentar, en el diálogo que abrió entre intelectuales y estadistas, así como en su confianza y espíritu renovador evidenciados al situar a gente joven en cargos directivos.

Alguna vez habrá que caracterizar y valorar, con análisis precisos, lo que fue su ser y hacer para el bien de la patria y las complejidades de la cultura. Ahora, honrémosle.