Colegas cubanos y no nacionales, les damos la más cordial bienvenida a La Habana.

Ustedes todos representan aquí los cuatro puntos cardinales del planeta teatral. Aunque no esté todo el mundo —un propósito imposible—, el mundo va con ustedes, somos todos. Más cuando los viejos muros se mantienen y se pretenden nuevos como realidades y símbolos de insólitas políticas imperiales. Evito, incluso, llamar extranjeros a quienes llegan de otros lares, pues, como señaló un pensador cubano hace tres décadas, la locución extranjero debía ser extirpada del vocabulario de la cultura.

Esa queremos sea la coordenada de esta cita. Ante todo un encuentro, de unos y otros con el público, para contar y examinar este mundo desde el teatro. También para pensarlo, interrogarlo y estimularlo lejos de cualquier marco competitivo, al propiciar multitud de foros, publicaciones, talleres y debates con los espectadores. Aspiramos a un gran espacio de diálogo atravesado por el eje Teatro-Sociedad-Resistencia.

Deseamos mostrar un teatro del presente y vislumbrar sus escenarios futuros. Un arte que, sin negarse a transformaciones vitales, opone su artesanía y su humanidad ante los avatares de un cambio de época. Y que resiste también como práctica política de las demandas más profundas de la sociedad.

Lo pretendemos mediante una muestra internacional de calidad, necesariamente pequeña por nuestras limitaciones y para su mayor eficacia, que acerque al público cubano a experiencias diversas en varios órdenes, demostrativas del hermoso vitral de sobrevivencia del teatro, sin marcar preferencias por una sola manera de concebirlo y hacerlo. Lo mismo vale para la muestra cubana, necesariamente más grande, porque queremos confrontar también la amplitud y los caminos de nuestra escena, representativa por sus cualidades y no por voluntarioso decreto. Y porque queremos recoger los muchísimos puntos a lo largo de todo el país que convierten sus preocupaciones en un responsable teatro social cuyos pozos se alimentan tanto de los ríos de realidad como de las corrientes subterráneas que son capaces de extraer del subsuelo.

El teatro, desde tiempos remotos, es ágora donde se encuentran actores y espectadores para calar vidas y circunstancias de cualquier momento de la historia, y proyectar luces y sombras de lo humano sobre la platea. Por eso es incómodo, arenoso, crítico.

Ninguno de estos preceptos es nuevo. La XVII edición del Festival de Teatro de La Habana continúa una persistente saga, de más de 30 años, en función de abrazar las prácticas nacionales a las del planeta teatral. Ojalá lo busquen y enfoquen de veras estas jornadas, en sintonía con su larga historia a cuestas de gran encuentro humano, ajeno a los dictados del mercantilismo, y donde podamos celebrar, de muchas maneras, la permanencia del teatro como un arte necesario al individuo, a la comunidad y al mundo.

¡Sean días de trabajo, ideas y fiesta teatrales!