Tras varios años de ausencia, Agustín Bejarano regresa al panorama plástico cubano más actual con La cámara del eco, muestra personal que por estos días acoge el Centro Provincial de Artes Plásticas y Diseño, sito en Luz y Oficios, La Habana Vieja.

Agustín Bejarano
El pintor cubano retorna con un tributo a Rufo Caballero. Fotos: Maité Fernández

 

Esta nueva propuesta, curada por el ensayista e investigador David Mateo, recoge un amplio número de piezas, algunas ya conocidas, otras inéditas, en una suerte de retrospectiva que rinde tributo a Rufo Caballero, figura cimera de la crítica de arte en Cuba, y al mismo tiempo marca un nuevo comienzo en la carrera de un pintor, dibujante, grabador y profesor que, tras curar estudios en la Escuela Nacional de Arte (ENA) del Instituto Superior del Arte (ISA), ha desarrollado una significativa carrera, obteniendo, entre otros reconocimientos, el Premio de la XI Bienal de Grabado Latinoamericano de San Juan, Puerto Rico (1995), el Gran Premio del Salón Nacional de Grabado de La Habana (1997), la Distinción por la Cultura Nacional (2005) y el Diploma al Mérito Artístico otorgado por el ISA (2007).

La muestra incluye varias acetatografías (grabados sobre plástico) de la serie la coqueta, realizada en 1998, así como otras estampas que incluyen los jocosos “Harakiri”; “Torre de merengue tropical”;  “La dulce idea de existir” y “La vida en cifras con paisaje desde mi cama”, protagonizados por esos personajes cuasi infantiles o quijotescos que Bejarano figuró reiteradamente en la pasada década del noventa. También encontramos tres piezas de la serie Angelotes, protagonizadas por criaturas antropomorfas aladas que, en gestos místicos o agónicos, deambulan sobre fondos coloridos de marcado sabor abstracto.

Sin embargo, son las piezas nuevas la principal atracción de la muestra, pues, tras “Corus VII”, de la serie La Anunciación (2000);  La flor blanca (2001) y Espera (2002) (obras filosófico-metafísicas que evidencian el estilo reconocido y reconocible desarrollado por el artista durante vario años) nos sorprenden Crepúsculo II (2017) y tres lienzos de gran tamaño pertenecientes a la serie Olympus (2017).


 

Estamos ante cuatro pinturas centradas en la pérdida de la gloria, la destrucción de los grandes paradigmas y la ruina del Ego. Bejarano se inspiró en el arte de la Antigüedad clásica para mostrarnos los avatares de un personaje que, en su búsqueda de la Belleza y la Perfección, del Éxito y el Reconocimiento, camina por una cuerda floja tensada sobre un abismo. El propio espacio arquitectónico, símbolo de fasto y civilidad, ha sido construido sobre largas columnas que amenazan con desvanecerse o caer en cualquier momento, arrastrando consigo al aventurero que cruza el precipicio, impulsado por sus delirios de grandeza. Una parte de la urbe está muerta y estéril; la otra esgrime rosas fragantes que atraen al incauto, como  mismo los espejismos conducen al peregrino hacia la Muerte.

En otra pieza, el personaje aparece inmerso en un bosque de columnas donde reposan disimiles artefactos: neumáticos, cafeteras, vasijas metálicas, botellas de cristal, un paraguas, fragmentos de esculturas… Cabizbajo y apesadumbrado, baja la guardia ante el detritus de la memoria, casi invisible en ese maremágnum de objetos inútiles, aplastado por el detritus de la memoria. Lejos han quedado sus sueños y anhelos; ahora solo le acompañan silenciosos despojos y el descomunal peso de su inevitable desdicha.

Destino similar ha reservado el artista para la imagen de lo divino en ese Olimpo que arde sin remedio. Babilonia rediviva, Sodoma y Gomorra arrasadas por el azufre y el granizo: el epítome de la civilización, la morada de los dioses, sucumbe, desprotegida,  ante los fuegos del destino. Perecen el Orgullo y la Prepotencia, lo Celestial y lo Sacripotente, las plegarias y el mármol. Los esfuerzos del atlante por arrastrar la ciudad hacia las olas no surten efecto; de la atroz conflagración apenas logra escapar un simple mortal refugiado en su bote. Detrás, arderá el centauro y la ninfa, la diosa y el semidiós, mientras nosotros, espectadores impotentes de boca seca y garganta helada, escuchamos el restallar de las banderas sobre nuestras cabezas, oímos los atroces gritos que nunca podremos olvidar, apartamos el rostro para que no nos sofoquen el calor y la ceniza. Pronto, solo quedarán despojos, ruinas chamuscadas por el empuje de lo inevitable, y esas deidades, esos paradigmas, si logran sobrevivir, deberán ocultarse en el fondo de aisladas cavernas, en las umbrías entrañas del bosque, donde rumiar su infortunio.

Así, con estas piezas que ven la luz por primera vez, Bejarano construye una sobrecogedora metáfora sobre el devenir de la cultura Occidental, inmersa en una profunda crisis de creatividad y espiritualidad, arrasada por el Estrépito y la Prepotencia, la Vanidad y el Egoísmo, la falsa Fe puesta a los pies de falsos dioses y falsas promesas.      

Mas, entre las ruinas carbonizadas y los rescoldos humeantes, una vez las nubes y el tiempo aplaquen la ira, palpitará la esencia de un nuevo comienzo. Ese latido sutil, esa tenue respiración irá ganando fuerza y presencia para devolvernos a un ser humano, a un hombre, a un creador que, abrazado fuertemente a la memoria, renace, trascendental y paradójico, precisamente en virtud del fuego.