Un amigo escritor me dijo hace algunos años en tono quedo, pero emocionado: “la poesía te da una vida”. Entendía lo mucho de lo breve en sus palabras. La poesía te da un camino, un mundo de afectos, unos amigos, te da un sentido de la vida. Algo afín siento que ocurre con algunos escritores, no precisamente poetas, en los que el marco de su nacimiento a las letras, su coyuntura específica, la necesidad de dar fe de su momento y su lugar, y estar en otro lugar, cuando se prolongan las esencias del momento anterior, los obligan a una especie de sacerdocio del oficio, a una distendida asunción de determinados temas y autores como hidalguía, como blasón de identidad inmutable, preñado de los valores espirituales propios del hombre americano. Eso pienso del ensayista cubano José Olivio Jiménez, quien desplegó su universo escritural siendo profesor del Hunter College, en la ciudad de Nueva York.


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Obviamente, llegaron a mí primero sus ensayos; luego sus libros, su atinada visión de la poesía de Martí; más tarde, sus estudios sobre la poesía modernista, en su origen y evolución. Nunca los detalles de su vida. Era profesor universitario en Estados Unidos y murió hace unos años. La noticia la supe en La Gaceta de Cuba, en esa sección de “Obituarios” que nos mantiene al tanto, sobre todo, de los artistas cubanos que —para decirlo con una frase hecha— ponen en alto el nombre de su país por el mundo. Creo que no necesitaba mucho más para estas páginas de recordación, concebidas entre la redacción de un trabajo y la consecución de otras afinidades literarias. No iba a significar mucho el repaso vivencial por unas frías fechas que a mi azar no se entregaban.

En sus ensayos con tino nos descubre a ese poeta contemporáneo que es Martí, en mi opinión, un modo entrañable de lo moderno, no quizás de lo coetáneo. Indaga en las raíces de su pensamiento poético y en el choque hilvanado de su estructura, donde analogía e ironía pugnan y se funden por momentos. Nos dio esa luz para penetrar en Versos libres, el libro póstumo: la imposibilidad de ordenar temáticamente el poemario —con lo que polemiza con los presupuestos de Eugenio Florit— y lo atinado de reconocer la existencia en el libro de “tres estadíos sucesivos que allí se dan [...]: la circunstancia, la naturaleza y la trascendencia. Y ver enseguida como a su través, y en ese mismo orden, se dibuja un recorrido ético —gnoseológico— metafísico, desde cuya perspectiva los Versos libres arrojan únicamente su sentido último”.

José Olivio apunta que en el libro cada asunto se entreteje tan indisolublemente a otros —ya sea el amor, la patria, la muerte, la naturaleza, la poesía, etc.— “que en un mismo poema el lector va siendo llevado, y a veces casi sin transiciones, de uno a otro de esos motivos”, lo que constituye una característica del libro no señalada nunca antes con tanto énfasis y claridad. De los juicios y análisis del crítico sobre diversos poemas de los ‘endecasílabos hirsutos’, podemos derivar el siguiente aserto: la vinculación estrecha que en la obra poética de Martí se establece entre el afán de absolutos y el profundo impulso ético, es uno de los elementos que le permiten a nuestro poeta rebasar los esquemas románticos.

El profesor, como creador en todo su sentido, hurga y teje hasta que halla uno de los pilares del pensamiento poético de Martí: el problema de la autenticidad del ser humano, que entre exaltaciones y críticas conforma un punto irradiador de reflexiones en el poeta, y un punto de derivaciones y alcances críticos en el ensayista. Puesto a meditar sobre la célebre frase de Darío: “¿Quién que es, no es romántico?, se atreve a comprobarla, a tomarle su pulso desde el terreno resbaladizo y proteico del ensayo. El acercamiento filológico va a beber entonces en los diversos movimientos artísticos, sin encasillamientos —léase existencialismo, romanticismo, modernismo—, va a beber en diferentes corrientes universales de pensamiento. El universo trascendente e inagotable de la poesía de Martí es recorrido, examinado y aprehendido en cuatro conceptos, recreados a manera de juicios auténticos y de metáforas: Poesía y Existencia, Ironía y Analogía. Todo esto es resumido por el ensayista en un apretado párrafo, luego que ha dejado claro que toma los conceptos de ala y raíz de un aserto de Jorge Mañach sobre la poesía del cubano: “cuando Martí piensa existencialmente reclama raíz para la poesía; cuando lo hace analógicamente (y reflexiona sobre su ejecución verbal al calor de la armonía y el amor, espuelas de la analogía) exige, para la palabra, ala, vuelo, ascensión” [1]. En sus palabras quedaron las intenciones de su obra: “devolver a Martí la magnitud universal de su ideario poético, estético y humanista”, es decir, “la lectura de un Martí universal”, y en su momento “contribuir a disminuir en algo el desconocimiento actual y generalizado” en España de cualquier faceta martiana que no sea la política.

Y pienso que el camino por mi recorrido fue el mejor: descubrir los temas, las esencias que te conducen a los textos. Deslindar el enfoque original, el hallazgo filológico de la simple loa o juicio pretensioso. Perseguir, entonces, el nombre del autor, sus otros ensayos como partes de un universo que se asoma ante ti, y que yace aparentemente escindido bajo títulos diversos. Llegar al escritor. Llegar a José Olivio, el cubano, el profesor, el hombre con virtudes que ofrece su hidalguía, su blasón de identidad.

 

Nota:
1. José Olivio Jiménez: “Razones para el título de este libro...”, en La raíz y el Ala. Aproximaciones críticas a la Obra Literaria de José Martí, Editorial Pre-Textos, 1993, Valencia, España, p. 14.