Conversar con el periodista y narrador colombiano Alberto Salcedo Ramos (1963) es casi lo mismo que leer una crónica suya. Desde las historias sobre su infancia hasta sus experiencias en “el mejor oficio del mundo”, el tiempo transcurre como en sentido inverso, como sucede cada vez que se aprende demasiado.
 


Alberto Salcedo. Foto: Abel Carmenate


 
El cubano pertenece a mi país desde lo cultural. La gran patria del Caribe está por encima de la patria que traza la cartografía política de las naciones.
Convencido de que “Cuba es de los pocos lugares que uno siente conocer desde antes”, el también miembro del jurado del Premio Literario Casa de las Américas (Literatura testimonial) confesó que la Isla le había llegado años atrás, en las tonadas de sus músicos y en la letra de sus escritores. “Por eso, cuando hablo con un habanero me siento más cerca que cuando hablo con un bogotano —dijo—, porque el bogotano pertenece a mi país desde la política, y el cubano pertenece a mi país desde lo cultural. La gran patria del Caribe está por encima de la patria que traza la cartografía política de las naciones ”.

Salcedo, a quien solo le importa contar historias más allá de la cultura de la fragmentación y los criterios sobre el género testimonial, creció en un entorno carente de libros. Su vocación de escritor fue forjada a partir de la tradición oral y de sus primeras lecturas “en los anaqueles del viento”.

¿Cómo fue el paso de una vida sin libros a una vida de periodista?

Sucedió una cosa que tiene sentido. Yo nací en Barranquilla, que es la cuarta ciudad de Colombia, y crecí en un pueblo atrasado que queda a dos horas de ahí. Ese sitio se llama Arenal, y era un pueblo polvoriento, extraviado, donde solo había dos televisores y ni una biblioteca.

Allí no llegaba nada, ni siquiera el viento, porque era un pueblo muy caliente. Su vida estaba centrada en la oralidad y ocurría en los espacios públicos más concurridos, como las plazas, los parques; ahí nos encontrábamos todos.

Sí nos llegaba un periódico hecho en Bogotá, la capital del país. Y cuando me decían Bogotá era como si me dijeran Júpiter, Saturno o Marte, porque aquello me era remoto y desconocido. Era la capital de mi país y veía en el periódico fotos de iglesias que nunca había visto en persona. Entonces me interesaba profundamente la noticia que había escuchado en la voz de una comadre del pueblo y no la que me llegaba en el periódico hecho en la capital.

Crecí amamantado por la cultura oral de mi pueblo y solo me construí como lector cuando me volví adolescente, fui a la ciudad y conocí bibliotecas, librerías. De modo que los primeros libros que leí estaban publicados en los anaqueles del viento, eran las voces de los campesinos de mi tierra, y después me construí como lector.

Creo que lo más hermoso que le puede ocurrir a uno es ser un lector. Porque ser un escritor, un periodista, es como ser papá. Es tener responsabilidades, uno debe educar a su hijo, cargarlo, corregirlo… Yo leo por placer. Cuando escribo me torturo y cuando leo disfruto.

Desde la primera vez que fui lector tuve claro que eso es lo que quería hacer el resto de mi vida. Cuando uno lee se conoce a sí mismo. En los libros hay pedazos de lo que soy, aunque no los haya escrito yo; en los libros están las voces de todos mis abuelos; el libro, como dice Emily Dickinson, es una alfombra voladora que te lleva lejos.

Si algo reivindico para mí es la condición de lector, es lo que quiero ser. Yo quisiera morir con un libro en la mano, de algún escritor de los que he amado, de Albert Camus, por ejemplo”.
 


¿Cómo valora el impacto de las nuevas tecnologías en los hábitos de lectura?Si algo reivindico para mí es la condición de lector, es lo que quiero ser. Yo quisiera morir con un libro en la mano, de algún escritor de los que he amado.

Ahora es más difícil leer porque hay una cantidad de aparatos tecnológicos que dificultan el encuentro íntimo que se debe tener con un libro. Prácticamente uno lee en sitios apartados, donde no hay una buena cobertura tecnológica.

Recuerdo una anécdota de Paul Auster, cuando le preguntaron cómo se volvió escritor. Contó que a los nueve años su papá decidió llevarlo a ver un partido de baseball del equipo favorito en su casa, que era los Gigantes de Nueva York. Cuando salió del estadio vio a Willy Mays, el mejor jugador de ese equipo y, según algunos, el mejor que ha existido.

Él corrió hacia Willy y le dijo: ‘Señor, ¿me daría un autógrafo?’. Y él le respondió: ‘Con gusto, nene, préstame un bolígrafo’. Pero el niño no tenía un bolígrafo en el bolsillo, tampoco su padre, ni los dos tíos con que había ido, ni las personas que iban saliendo del estadio. Cuando fue evidente que nadie tenía un bolígrafo, Willy Mays le aplastó la mano en la cabeza y le dijo: ‘Nene, en otra ocasión, cuando tengas un bolígrafo, te doy el autógrafo’.

Paul Auster quedó muy triste viendo cómo Willy Mays se alejaba y esa noche se juró que nunca iba a andar sin un bolígrafo. Entonces decía: ¿Por qué me volví escritor? Porque fui un niño que tenía un bolígrafo en el bolsillo.

Creo que a eso tenemos que aspirar. A ser la persona que tiene el bolígrafo en el bolsillo, la que hace las cosas. Cortázar hablaba de los escritores de café, aquellos que van a hablar de las novelas que quieren escribir, pero que nunca escriben. Hay que ser de los que escriben, no de los otros.

Se ha hablado mucho de la crónica, sobre lo que debe ser, cómo se debe escribir… para usted, ¿cuándo se está en presencia de un verdadero cronista?

Cuando ese cronista ha forjado una obra que contribuye a hacer memoria, a visibilizar lo que no era visible, a que la sociedad se conozca más a sí misma.

“Para mí hay trabajos emblemáticos en ese género, como Hiroshima, de John Hersey, la gran crónica de esa ciudad japonesa que fue devastada por la bomba atómica. Un trabajo maravilloso sobre cómo ese drama sigue resonando en el oído de la gente, y la forma en que trasformó por completo esa sociedad. No conozco una crónica mejor que esa, yo digo que es el más alto momento de elaboración del género.

“Pero hay otras que han generado un impacto duradero. Por ejemplo, El Secreto de Joe Gould, de Joseph Mitchell; en América Latina, crónicas de Juan Villoro, Leila Guerriero, Martín Caparrós.

Ahora, como jurado del Premio Casa, he leído algunos trabajos que me han generado emoción. Creo que acá siempre ha habido un gran talento narrativo. Eso de contarte una historia y mantenerte en vilo, de tener un sentido del ritmo, del detalle…, está acá. Solo no lo han ejercitado lo suficiente en la no-ficción porque la tradición estuvo como dormida muchos años, pero han tenido grandes como Martí… Padura también me parece extraordinario.
 


Foto: Internet


¿Cómo valora el tratamiento del género en el contexto latinoamericano, en cuanto a estructuras y estrategias discursivas?

Las estructuras y estrategias discursivas de los escritos van a apareciendo cuando uno se forja como lector, aprende de los maestros y aprehende las tácticas que usan para resolver los conflictos, para plantearlos, para contar las historias.

El talento es importante, pero no hace todos los milagros. Aunque ayuda mucho, se necesita el oficio, la disciplina.

Me siento afortunado porque crecí en un mundo con una tradición oral muy fuerte; pero si me hubiese quedado solo con esa tradición oral, me hubiese alcanzado hasta la siguiente parada del tren. Hay que entender que para pasar de la voz oral al papel, se necesita una preparación. Si lees a los grandes autores aprendes a plantear esas estructuras.

Para mí, uno cuenta historias porque hay conflictos. Hablar de narración es hablar de problemas. ¿Por qué existe la literatura? Porque hay problemas. La literatura no es un adorno. Hemingway decía: La literatura no es diseño de interiores, es arquitectura. O sea, es el muro que sostiene la casa.

El ser humano necesita contar historias. Hay verdades que se pueden contar desde el periodismo y otras que son tan dolorosas, tan íntimas, que el periodismo no alcanza a contarlas, y por eso existen las novelas. Hay verdades que el hombre solo puede contar cuando se pone la máscara de la ficción”.

¿No cree que su forma se redefina por las mediaciones tecnológicas?

Uno debe saber lo que quiere. Nunca me pregunto qué está de moda, sino qué es lo que quiero. Y yo quiero contar historias, no más.

La crónica debe ser el género al que más le han extendido el certificado de defunción, la han matado miles de veces.

Cuando era muchacho, algunos afirmaban: ‘La crónica se acabó, está en crisis…’ Luego empecé a oír otra cosa también desmoralizadora: ‘No tenemos espacio para eso’. Uno me decía que la crónica había muerto, el otro que no había espacio, y me tenía sin cuidado. Lo mío es escribir. La crónica debe ser el género al que más le han extendido el certificado de defunción, la han matado miles de veces ”.

Desde la academia, ¿cree que se prepare bien a los periodistas para contar esas historias?

Depende. Yo no podría hablar por Cuba porque no conozco, sería irresponsable. Sin embargo, en muchas universidades de Periodismo que he conocido, enseñan al estudiante a que se tome la foto al lado de la piscina, pero no a que nade.

¿Cuáles considera que han sido los principales aportes del Premio Casa desde su fundación?

A lo largo de los años, el Premio ha creado una bibliografía importante, ha sido un feliz pretexto para que cientos de escritores que no tenían forma de encajar en el circuito comercial, en el establishment literario, tuvieran una plataforma importante de lanzamiento.

Hace unos meses leí un libro de música escrito por un colombiano que ganó el Premio Casa de las Américas en Ensayo, y era precioso. Me pregunto, ¿se habría publicado en alguna de las grandes casas editoriales?

Casa de las Américas ha promocionado el talento, lo ha arropado, le ha dado alas; y, al mismo tiempo, la extensa bibliografía que ha generado a lo largo de los años nos ha permitido reconocernos, entendernos y valorar lo que somos.