“Tocas un punto y repercute
en otro confín del mundo”
Fiodor M. Dostoiesvki


 Dibujo de Jorge Luis Santos
 

A dos semanas de mi llegada a Buenos Aires Diego me llevó a deambular por Corrientes. Llegamos por Leandro Alen y allí, parados en la esquina, sin importarle que maldijera yo el frío, el aire gélido que culebreaba a su antojo, el viento crudo de aquella noche de agosto, me dijo: mirá, che, el Obelisco, al fondo, admirá la belleza, allá a Corrientes la corta 9 de Julio. Los porteños, orgullosos de su Corrientes, no dejan de pasear al extranjero por ella, es la calle mítica, aquella que según Roberto Arlt es linda de recorrer, de punta a punta, la calle de la vagancia, del atorrantismo, del olvido, de la alegría, del placer. Todo eso lo declamó Diego, cita casi textual, aclaró, de Roberto Arlt, Diego que me señalaba adelante: la 9 de julio es la avenida más grande del mundo, che.  El frío también lo parecía y me guardé las manos bien dentro de los bolsillos. En Cuba era agosto y la gente, agobiada por el calor, se lanzaría a las playas. Pediría diez ventiladores. Se echaría aire, con periódicos, se bañaría, a las horas en que tuviera agua. Inviertes el mundo y culebrea el frío. Lo pones al derecho y mueres de calor. Quince años antes Corrientes era todo un acontecimiento, che…, hoy ha perdido su pátina, su brillo. Eso decía Diego. Corrientes es una calle amplia, seis carriles, anchos, si se le compara con nuestra 23, allá, en La Habana, con cualquiera de las avenidas cubanas, con excepción quizá de la Quinta, pues se lleva las palmas. No la transitaban demasiados autos, al menos no tantos como habría esperado yo. En el extremo de Carlos Pellegrini Diego me hizo entrar en un McDonald's: en La Habana no existen, che, pero llegarán, estos llegan hasta el Polo Sur, hasta el mismísimo inferno, el de Dante, ¿cómo no van a llegar a La Habana? Imaginé editores, de izquierda, desde luego, censurando en el Inferno del italiano la existencia de McDonald's. Un círculo en el Inferno para los afiliados al fast food, los amantes de la comida chatarra, los gordos, los apurados, la gente light. En esta esquina se levantaba un circo, el Hippodrome; allá el teatro Politeama. Eso iba contando Diego. A un lado del edificio Comega bajamos al subte. Para un cubano viajar en subte es algo mágico. No el pandemónium que es viajar en La Habana. Una pareja de jóvenes se arrullaba a un lado, la chica me miró y sonrió. Diego no dejaba de contar historias, toda la saga de Corrientes: en una de las tantas librerías, che, el mismísimo Eco fraguó El nombre de la rosa, a ver si vos te nos inspirás y escribís algo. Si el frío me lo permite, pensé. Salimos a la superficie, Diego se detuvo y señaló a un lado: se cruza Pueyrredón y entrás en zona de tango, allá vivió Gardel, de joven, con su madre, si la derecha se apodera otra vez de este país, che..., no quedará ni tango, nos iremos todos a la mierda, eso juraba Diego, y se deshacía en comparaciones, balances entre ese pibe, funesto, che, ese Macri, y el infortunado, el tal Sciolli: no se la banca, che, de carisma ni una pinta. A guiños de ojos y rostro de chicuelo me hizo entrar a un sitio, La Chacharita de Balvanera, ese era el nombre. ¿Qué es Balvanera? El barrio, pibe, estamos a un costado de la famosa Recoleta, pero entrá. Chacarita, explicó después, llegaba desde una voz quechua, fundo, es decir, quinta. Me miró, muy abiertos los ojos: la Chacarita, che, es también un Cementerio, este de acá, te juro, no tiene visos de eso. El sitio estaba bastante concurrido, era algo así como un night club. No como los de La Habana, se entiende, era Corrientes y el sitio tenía clase. Pedimos whisky, nos dejamos llevar por los vericuetos de las comparaciones, las iridiscencias escocesas del J&B; el sabor, amaderado, del irish whisky; el elixir, mundialmente solicitado, del Juanito Caminante. Diego, argentino al fin, mendocino para mayor donaire, era experto en vinos, de whiskyes reconocía saber tanto como alcanzaba yo a disertar de fractales. Un buen Malbec, sostuvo, un tinto de la Yacochuya, unas vides, pibe..., que ni en Borgoña, a la mierda con los ingleses, che, que se dejen de joder con sus Falkland, que nos devuelvan Malvinas. También yo brindé, por la devolución de Malvinas, en La Habana mis amigos y yo, por aquella época adolescentes, hicimos una fiesta cuando ustedes hundieron el Sheffield, eso le dije, y él me mira, pestañea, incrédulo, me mira, me abraza, me palmea duro los hombros, los ojos a mitad de torpes lagrimones, repite eso, dice, y yo que una fiesta, jolgorio de adolescentes, celebración cuando un cohete francés, un Exocet, llevó al destructor inglés al fondo del mar. Eres mi hermano, pibe, mi hermano, musita entre lagrimones. Recuerdo hasta el nombre del milico que comandaba la Fuerza Aérea, dije. A ver, me puso a prueba Diego. Basilio Lami Dozo, un torturador, desde luego. Diego asintió: pues sí, era ese. Ya a la medianoche, entre agradecido y ceremonioso, confesó que encima, en el piso superior, se escondía un puticlub. ¿Un qué? La música, a esa hora estruendosa, y el líquido, tres veces rotundo, un líquido llegado desde las highlands, hacían difícil escuchar. Un puticlub, hombre, un alijo de putas, un prostíbulo, una casa de lenocinio, un lupanar, arremetió Diego, a los labios la sonrisa, esa, la de niño taimado, la sonrisa y el coro de sinónimos. Una casa verde, dije, así la llamó el peruano…, Vargas Llosa. Otro pibe de derechas, che…, de esta, te juro, no recuerdo el color, pero de las inquilinas…, las hay de todos los colores, Giovannas italianas, Svetlanas rusas, Carolinas colombianas, putas de urbi et orbi, putas de todos los países, uníos. Habemus putam, dije. Y reímos, los dos. A Marx no le habría agradado su apropiación. Se lo dije. A su tocayo, a Groucho, sí, aclaró. Otra vez reímos. El mozo colocó ante nosotros una botella, Jameson, un whisky oriundo de Irlanda, Dublín, tres maltas, dijo: holly blended. Para el cubano no habrá más, tendrá laburo, retirá esa bazofia, pibe, venga un Malbec, mendocino, buena cosecha, no más bebida del enemigo. La música del lugar tenía ahora un regusto a tango, a aire de Piazzola. Pará la oreja, che, un bandoneón, eso para después advertir que me tocaba reivindicar el prestigio caribeño. Así dijo: reivindicar. Y la mirada, esa, la de chicuelo taimado. También el guiño de ojos. Tomá, es tuya, anunció, y me dejó entre las manos una ficha. El bandoneón sonaba que era un primor. Si Dios era diestro en algún instrumento de seguro sería aquel. Un bandoneón en el Walhalla. La pagué para vos, dijo, media hora, pibe, no alcanzá para más, pero, ustedes, los cubanos..., ustedes saben deformar el tiempo. Lo miré, sin entender un carajo. Que vayas arriba, pibe, tu país tuvo la virtud de borrar los puticlubs. ¿Sabes que Roma nació de una puta?, los anales aluden a una loba…, no, pibe, en el jerga de Cicerón, el latín, lupa se traduce como loba..., ah, la homonimia, esa bandida sostiene al mundo, che, en el mismo idioma lupa se traduce como puta. Me miró, sonriente: las lobas no fundan ciudades, che…, si Roma, la grande, nació de una puta, si fue una puta la madre de Rómulo y Remo… ¿qué pretensión la de tu patria de adecentar el mundo dejándolo sin putas?, vaya arriba, pibe, rinda tributo a la lupa, madre de los Césares, vaya arriba y haga honores al oficio más viejo del mundo. Meses antes, en La Habana, una chica, muy pintarrajeada, me había balbuceado, con descaro: ochenta dólares, y toda la noche, descaro y sonrisa de cera: para lo que se te antoje. Eso había ocurrido en La Habana, un sitio en el que ahora mismo desmadraba el calor, y el calor, ya se sabe, no suele consentir semejantes antojos. Pero esto era el cono sur, Buenos Aires, la mítica Corrientes, el barrio de Balvanera, un sitio en el que había subtes y frío, frío en agosto, y el frío, ya se sabe, lo desmadra todo, la vida es así de dialéctica, el mundo así de invertido, y en este sitio, entre dialécticas e inversiones, un amigo se creía obligado a regalarme una noche de putas. El frío lo permitía, hacía posible que ahora mismo tuviera en mis manos una ficha. Una ficha plástica. Transparente. Al centro, rojo y brillante, alcanzaba a leerse: 30 minutos / Half Hour. Ándele, che, hoy tengo para regalar a vos, si gana la derecha, ese adefesio, Macri, no tendré ni para tomar el subte, ándele. Un elevador llevaba a lo alto, Diego casi tuvo que empujarme dentro: muévase, carajo, no se me amilane. Antes de subir me retuvo, eso para recitar, muy abiertos los ojos: Corrientes tres cuatro ocho /segundo piso, ascensor. / No hay porteros ni vecinos. Adentro, cocktail y amor. Un tango, che, A media luz, del gran César Lenzi. La puerta casi le rozó la cara, del otro lado quedaron la sonrisa taimada y los ojos muy abiertos. El artefacto se abría a un lobby rosa, la luz, aletargada, guiaba a una Pc. Sobre el display alternaban chicas; rubias, indias, chinas, mulatas, altas, delgadas, robustas, todas muy jóvenes, todas depiladas, la foto de la muchacha, la altura, el peso, medidas de pecho, caderas, cintura, la edad, el nickname: Thalia, Svetlana, Marufer, Yanshi, Carolina. Se obviaba la nacionalidad, aquello, se infería, era toda una Torre de Babel. Una Babel de putas. Una en la que hablar croata o senegalés no llevaría a confusión porque bastaba mover el cuerpo, la cintura, y en semejante monserga, todos políglotas. Roberto Arlt pudo visitar alguna vez un sitio así, puede que allí mismo, en Corrientes, se excluían, desde luego, el clickeo de un mouse, los ojos fijos en el display de una Pc. La putería se nos ha vuelto cibernética, pensé, una Babel de putas, hetairas bajo el influjo de Sillicon Valley. Putas Intel. Putas y Gigabytes. Recordé a Octavio Paz, un tipo que de comunista ni las varices, para refundar el amor habría que desterrar el dinero. El Dios Mammón, había escrito él. No era una cita exacta pero algo así habría escrito el mexicano. Quién sabe no le faltara razón. Después de elegir me movieron unos enormes deseos de bajar, volver al bandoneón, pedir a Diego hacer regresar la Jameson, whisky, sí, pero irlandés, los irlandeses odian a los ingleses, carajo, los irlandeses son aliados tuyos, decir todo eso a Diego, festejar, armar un jolgorio por el hundimiento del Sheffield, llorar por aquel otro, el hundimiento de aquel otro, el argentino, el General Belgrano, no importaba que aquello hubiera ocurrido hacía más de treinta años, victorias y derrotas marcan hondo, para toda la vida, habría que pedir otra botella, otra Jameson, dejar a un lado el cabrón vino, ese Malbec, según él, mendocino. Pero sentado allí, frente al display de aquella Pc, yo había hecho elección. Había clickeado un mouse. Un mouse en una Babel de putas. Y desde el barraje de píxeles, ahí, desde la pantalla, sonriente, miraba una chica. Y frente a la pantalla, huelga decirlo, muy abiertos los ojos, no dejaba de mirar un imbécil. Sobre la pantalla la piel era aceitunada y los pechos enormes. Y frente a la pantalla el imbécil, mirando, azogado. Una pantalla Samsung. Un imbécil al que se le enfriaba las manos. Unos pechos vastos, pezones negros. 32 inchs la pantalla. Y el imbécil, frente a la pantalla el imbécil. Vaya Dios de los pechos a saber los terabytes. Dios y el imbécil, ambos ahí, azogados. Dardos de Pericles los pezones. Y el imbécil que leía: Marufer. 23 años. 1,69. Eso deletreaba la pantalla. Windows ocho. Letras góticas. Todo rosa. Y más allá de aquel burbujeo estúpidamente rosa un rostro, desde la pantalla miraba un rostro, un rostro con la menor dosis de putería posible. La cara de puta menos admisible para estar allí. En un puterío. Un puticlub. Un lupanar. Y los ojos. Estaban los ojos. Eran verdes los ojos. Váyase a saber si desde la engañifa fake de algún lente o las virtudes entreveradas de la genética. Desde la pantalla miraba una chica cualquiera, una chica con la que podía uno tropezar en el subte. En un atestado metrobus de La Habana. Una mirada que podía uno hallar en cualquier calle del mundo. Una street, una rue, una strasse. En la Unter den Linden o en Corrientes, urbi et orbi. Una mirada ajena al clickeo de una Pc en un puticlub de Corrientes. Una mirada que parecía sacar la lengua a todos los píxeles del mundo. Habitación 217, fue el mensaje de la Pc. Un mensaje rosa. En Babilonia un eunuco me habría conducido al habitáculo. En Nínive tendría entre las manos una tableta, de arcilla, escritura cuneiforme, caracteres sumerios. En la Roma de Cicerón todo habría sucedido entre los vapores de una terma. Pero esto era Corrientes, el mundo invertido, Corrientes, y guiado por la curiosidad, esa dama atrevida, sobre todo por ella, busqué aquella puerta. Pulsé el timbre. La curiosidad me había llevado a un lupanar, como dijera Diego. Nadie podía asegurar si dentro hallaría a una loba o a una puta. Algo era seguro, ni Rómulo ni Remo aguardarían del otro lado. Y si tales aguardaban este cubano diría chau, chicos, hasta más ver, bye, bye. Desde dentro conminaron a entrar. Roberto Arlt lo habría hecho mejor pero este cubano no lo hizo tan mal: buenas noches, dije. No fue fiel la pantalla. La muchacha era mucho más bella. Cada píxel era muy embustero. Muy falsa la cibernética. Mentirosa. Muy fake Sillicon Valley. No se encuentra chicas así por las calles del mundo. No con aquella estampa. No, señor. No con demasiada frecuencia. Ni en la Unter den Linden ni en Honolulu. Ni en strasse ni en rue. En sitio alguno. Me miró, llegó la sonrisa, aquella, la simulada, la repetida en incontables sesiones: buenas noches tenga usted. La voz neutra, la misma, la repetida noche a noche. Eso para después intentar un muy trillado: venga, relax. Quiso saber mi nombre: no tiene que ser el suyo, un nombre cualquiera, el que más le guste. Sonreí y dije el mío, el real. Usted no es argentino. No. Déjeme adivinar, soy buena adivinando, por las maneras de hablar. En una novela de Solzhenitsin un filólogo, preso en un GULAG, intenta desarrollar un artilugio, una máquina que desde los giros del habla logre identificar el país del parlante. Eso obligado por la NKVD. Pero aquella chica no había leído a Solzhenitsin. Aquella chica, estaba seguro, no habría leído a nadie. Puertorriqueño o cubano, dijo. Uno de los dos, acoté, sin dejar de sonreír. Era buena, era mejor que el artilugio de la NKVD, aquel, el de la novela de Solzhenitsin. Cubano, aventuró. La NKVD la habría empleado, allá, en la Lubianka. Asentí. Y vives en Miami. Dije que vivía en La Habana. ¡Un cubano de Cuba!, se asombró. Me miró, de arriba abajo, y el asombro esta vez parecía real: vamos, man, tu gente… tu gente me gusta. ¿Y tú?, no eres de acá,..., esa piel y ese modo de hablar… no puedes ser de acá. La muchacha se acercó y me quitó de las manos la ficha, esa que grababa mi tiempo. Soy del país de las putas y tú, cubano,... tú tienes que apurarte, tienes solo media hora. Estaba en blumito y sostén, todo rosa, un negligé muy fino, también rosa, la habitación inundada de débil luz rosa, en aquel sitio todo era jodidamente rosa. Se deshizo del negligé y quedó pegada a mí, mirándome, los ojos llenos de aquellos reflejos verdeazulados, un iris grande, no eran ojos de encontrar en un metrobus de La Habana. Tampoco en rickshaw, allá en Calcuta. Ni en fiordo noruego. Eran ojos que sembrarían desafueros en urbi y en orbi, en cualquier sitio del mundo. Lo mismo en Cachemira que en Moscú. En subte que en subway. A pie o en Audi. En Street o en Strasse. En el mundo derecho y en el invertido. Me besó, en los labios. Acaricié sus brazos, delgados, muy bien torneados. Eres preciosa, Marufer. Lo sé, dijo, pero ven, cubano, antes de que hagamos algo, ven. Se fue a la ventana: ven, man, sin miedo, no muerdo. Fui a la ventana, antes hube de admirarle las nalgas, el movimiento de las nalgas, aquella grupa presa detrás del breve rosa del blumito, unas nalgas que serían un lujo, una apoteosis, una cumbancha en cualquier subte /metro /subway /metrobus del mundo. Echó a un lado la cortina: aquel man, el man tirado allá… ¿lo ves?, el que se cobija con esos cartones. Un clochard, pensé, un menino da rua, un homeless, un sin casa. Los hay en todos los sitios. Cada esquina del mundo tiene su clochard. Para ellos no hay Jameson ni Juanito Caminante. Ellos pueden llamarse Juanito y caminar, caminan por todas las ciudades del mundo, hasta hoy La Habana no los tiene. Hasta hoy. Roguemos para que no los tenga nunca. Años atrás los había visto, en el DF, una madrugada, echados al suelo, a las puertas de un Mall, uno de los más grandes, un Mall famoso, cadena Gigante, muy cerca de Zona Rosa, a tan solo unos metros de esa otra calle enorme, Reforma. ¿Lo ves? Asentí. Pobre tipo, dije. Pues ese pobre tipo es tu paisano. La miré, incrédulo. Es cubano el man. ¿Cubano? Lleva ahí unos meses, vende metales, cartones, cada noche le doy algo de comer. Miré a la calle, el man, como ella decía, estaba allá, un cubano, un cubano vagabundo, un cubano pordiosero entre el frío de miedo de Corrientes. Un cubano tapado con cartones. Un gorro descolorido a la cabeza. Un cubano. Este era el mundo, el mundo invertido. En Cuba millones se abanicaban con periódicos; acá este pobre se tapaba con cartones. Si lo ayudas, dijo, si logras que tu Embajada lo lleve de vuelta... tienes conmigo media hora más, relax, yo la pago. Me había tomado por alguien de la Embajada. Por un tipo con poder. No quise decirle la verdad. No quise decirle que solo era un escritor sin un centavo en los bolsillos, de pura suerte invitado por una Editorial. ¿Lo vas a ayudar? Me miró, de frente, muy seria. Promételo. Dije que lo ayudaría. Me hizo prometerlo. Que una puta se preocupara de aquella manera por un compatriota me hizo apretar duro los dientes. Los cubanos, que en Cuba no lloramos ni a palos, tenemos el lagrimal bien dispuesto lejos del terruño. Deja uno atrás el caimán y se inflama el lagrimal. Por eso apreté, duro, los dientes. Ahora ven, demuestra qué sabe hacer un cubano, uno de Cuba, a una mujer. Quise saber si había tenido sexo alguna vez con cubanos. Cubanos de Miami, dijo. Todos somos lo mismo, en Miami o en Cuba, en la Conchinchina, todos llevamos dentro la misma sustancia. Ella rio: solo que unos son comunistas y los otros no. Dejó libre los pechos: ¿tú eres comunista, cubano mío? El mismísimo Marx habría abjurado de toda tesis frente a esos pechos, en Treveris o en Corrientes. Eran pechos que valían tres misas. París, según Enrique IV, valía una misa. Los pechos de la habitación 217 valían tres. Cuatro. Cinco misas. Muchas misas. Todas las misas del mundo. Todos los Te Deum. En Notre Dame y en San Basilio. En Madrid o en Harare. En el sitio que fuera. La Conchinchina. Que las oficiara Clemente VII o Erick el Rojo. Que la oficiara quien lo tuviera a bien. Una misa de los comunistas y una misa de los anticomunistas. Una de los ateos y otra de los feligreses. Una de los malos y otra de los buenos. Soy... un hombre de izquierda, balbuceé. Pues ven, hombre de izquierda, convence a esta chica, hazle sentir que los cubanos de la isla son manes de verdad. Hay momentos en los que el sexo llega a ser asunto de patriotismo. En los que la patria consiste en hacer sentir más hembra a una puta. Hacerla sentir más hembra que el resto. Nacionalismo de puticlub. Antes de entrar a su cuerpo dije que nunca había pagado por una mujer. Al oído se lo dije. Nunca por hacer esto. Que me avergonzaba hacerlo de aquella manera. ¿Cómo? Pagando. Lo dije y le pedí disculpas. Movíamos los cuerpos en aquella jerga de todos y ella me abrazó, duro: no te disculpes, man, lo estoy gozando. Al final gritó, no supe si aquello fue fingido o real, ella quedó abrazada a mí, cerrados los ojos, laxa, nacionalismo de puticlub u orgullo de macho, todavía hoy creo que su goce no fue impostado, al rato me miró, aquellos ojos verdes de reflejos azulados, aquellos que podían deslumbrar en cualquier ciudad del mundo: eres un man de buen corazón y tienes lo que tienen los manes entre las piernas. ¿De qué país eres? Sonrió: las putas no tenemos país, las putas somos del mundo, todas despatriadas. ¿Colombiana? Man, soy del mundo. Y los ojos, ¿son reales? Son los ojos de mi madre. ¿No usas lentes? ¿Qué te crees, man?, soy puta pero no tengo nada falso, lo que ves (lo dijo y se llevó las manos a los pechos) es todo mío, real, carne de mi carne, papi. Me guiñó un ojo: las cubanas llaman así a los manes, papis. Nos reímos. Quiso saber si en Cuba no había putas. Las hay, lo que no hay son sitios como este. ¿No hay puticlubs? Las muchachas buscan a los extranjeros en bares, discotecas, ellos deben pagar un sitio donde tener sexo. Es mejor que esto, dijo. ¿Y no tienen manes que las protejan, manes con los que partir la guita? Es lo típico, expliqué, pero, con toda franqueza, no conozco ese mundo, amor. Me acarició la cara, con ambas manos: ¿todos los cubanos de Cuba son como tú? Todos los cubanos somos iguales. No, dijo ella, no todos los cubanos llaman amor a una puta. Quise saber si tenía tipos con los que compartir el dinero. Acercó la mano a lo que parecía una tecla, un botón on off adosado a una lámpara. Aprieto acá, cubano, y vienen, una nunca sabe, este es un laburo duro, no todos son pibes normales, el corazón de un hombre se achica cuando se le agranda esto. Lo dijo y me rozó el sexo. ¿Lo has hecho con el cubano de abajo? ¿Follar? ¿Con quién?, ¿ese pobre?, no, ese no tiene ni para procurarse una rosqueta. No supe si aludía a alguna maniobra sexual o a algún alimento. Y no quise saberlo. Cada uno es artesano de su propio destino, cada uno hace de la vida un filigrana o un asco, de alguna manera aquel compatriota allí, cubierto por cartones, tirado al suelo en el barrio de Balvanera, solo en mitad del frío porteño, a tantos kilómetros de los suyos, me hacía sentir culpable, como si todos no fuéramos sino artesanos de todos, dadores del destino, cada uno del suyo y, a un tiempo del resto, la vida de todo un país, de todos aquellos que sobre él han nacido, atadas por un hilo, el mismo hilo, colgantes sobre un terreno, el mismo terreno, movedizo o seguro, soleado o nevado, lleno de felicidad o de hastío, de flores o de mierda, pero el mismo, un suelo sobre el que la suerte de uno deviene suerte de todos y viceversa. Sobre todo viceversa, las viceversas siempre duelen más, así le habría gustado decir a Cortázar, un tipo que veía peleas de boxeo muy cerca de aquí, en el Luna Park, más allá, a un lado de Puerto Madero. Ya estás consumiendo mi tiempo, cubano, pero no te vayas, este plus lo pago yo, tamos parejos, man, ahora soy yo quien paga, quién sabe si pa gozar otra vez lo que tienen los manes que vienen de Cuba, dijo, y sonrió. Decir que la piel era aceituna sería desvariar, la piel era de un café con leche muy claro. Muy latino. Ningún artilugio de Steve Jobs podría recrear aquel color. No vayas a pensar, cubano, me simpatizas. Otra vez tuvimos sexo, te voy a hacer el amor, le dije, al oído: te voy a hacer el amor como se lo hago a mi novia. Le arrullé la melena, ensortijada, la besé profundo y tierno, y quizá, lo admito, sí, quizá me puse cursi, fuera de la isla los cubanos podemos ponernos cursis, fuera de la isla los cubanos podemos ser impredecibles, la besé suave, muy suave, y le dije princesita, así le dije: princesita, princesita linda, no voy a ocultarlo, al oído se lo dije, un mero susurro, un silabeo: princesita linda, y esta vez Marufer no se vino, no, esta vez en La Chacarita, habitación 217, no se vino nadie, esta vez en aquella Babel de putas se nos vino el llanto, se nos apareció también él vestido de rosa, se metió en aquel cuarto, un cuarto rosa, correteó sobre el rosa tenue de la cama, zigzagueó entre lo oscuro de mi piel y el café con leche de la suya, remolinos levantó entre su piel y la mía, a ella le enrojeció los ojos, le llenó de saltos el pecho, a mí, un cubano fuera de su isla, le hizo lo suyo, con el sexo dentro de aquella hembra no voy a negar que gemí, gemí por el cubano de abajo, ese pobre envuelto en cartones, gemí por los cubanos de la isla y por los cubanos de Miami, por los que tenían dinero y les iba bien y por los que no lo tenían y les iba mal, y gemí sobre todo por la tipa, una infeliz que ahora mismo temblaba debajo de mí y me apretaba muy duro, una chiquilla que en un puticlub de Corrientes decía no tener patria y era dueña de los ojos más lindos del mundo. Sentada a la cama, muy rojos los ojos, me miró después, fijo: tienes que irte ya, cubano, mira, man..., lo que has hecho..., las putas no lloran, me haces bien aquí, y... me haces mal en el mismo lugar. Tenía los ojos encarnados y las dos veces se había tocado el pecho, del lado izquierdo: tienes que irte. Me abrazó, olía a hembra y a esencia de pachulí. Me gusta como hueles, dije. Huelo a puta, tú hueles a mar, dijo. ¿Por qué no regresas?, a tu país, pregunté: ¿están muy malas allá las cosas? María Fernanda, balbuceó, bajito. Mirándome. Los ojos eran dos enormes discos verdes. Me llamo María Fernanda. Ladeó la cabeza y los ojos fueron más verdes que nunca. Más verdes que el verde en el poema de Lorca. Soy dominicana, de Haina, y tú, cubano…, tú hueles a mar, el mar de mi tierra, el Caribe. Los ojos glaucos y el café con leche de la piel. Y mis dientes, muy apretados mis dientes. Ya no importaba el rosa, ni que el mundo estuviera al derecho o del revés. Un canela lavado y el verde subido de su tierra. Y, cubano…, mi nombre real no se lo digo a nadie. Antes de irme fui a la ventana, el cuerpo seguía allá, debajo de los cartones. Ayúdalo, pidió otra vez, como tú dices, tiene por dentro lo mismo. La abracé, le di un beso, en la frente, ella me apretó muy duro el sexo. Cuídate, cubano, y regresa, man…, a tu tierra. Le pedí que también ella regresara a la suya. Antes de cerrar la puerta me lanzó un beso, más verdes los ojos que todo el estúpido rosa del cuarto. Quise decir algo, decir que era la dominicana más linda del mundo, que tenía patria, por supuesto que la tenía, quise decirle que todos teníamos lo mismo dentro, ella lo mismo que yo, pero se me hizo un gordiano en la garganta. A ella, estoy seguro, los nudos le dejaron bien atado el cuerpo. Abajo Diego tenía delante un tinto: mirá, che, un Malbec, de mi tierra, no ha nacido Red Label que lo desbanque, ¿cómo te fue a vos en tierras de lobas? No dije nada, el vino tenía un sabor fuerte y era muy rojo, a la pobre luz del local un escarlata oscuro. El bandoneón había desaparecido, algún anticuario dejaba oír una pieza de Glenn Miller. A la salida hurgué en mi bolsillo y le hice tomar a Diego un billete. Veinte dólares, dijo, asombrado. Sí, dáselos a él. ¿A quién? A ese, ese que está tirado allí. Me miró: che, como ese hay miles, vos venís de un sitio sin ellos, no podés andarte de Bill Gates, andate salvando al mundo y en breve serás vos ahí, debajo de esos papelones. No, le dije, yo me regreso a mi isla, dale eso al man. Sin querer había usado la jerga de Marufer. De María Fernanda, una chica de ojos preciosos, una dominicana en un puticlub de Corrientes. Diego despertó al tipo, desde el otro lado de la calle pude ver el asombro, la maraña de pelos en aquel rostro barbado. Muy bajito, susurré: te lo manda un compatriota, alguien que no puede hacer más por ti. Y después: un compatriota y una dominicana. Diego, por no hacer menos, le dejó cien pesos, argentinos. En la esquina miré atrás, el tipo se había levantado, parecía recoger los bártulos, irá a buscar comida, pensé. Yo me regresaría a mi hotel, a la buena de Dios, calentito, mesa buffet y desayuno americano, él quedaría allí, debajo de aquellos cartones, a la mala de Dios, la malísima, de Dios le había tocado la peor. Y viceversa, sí, por doquier voceaban las viceversas, de alguna manera las viceversas nos habían dejado tendidos allí a todos. A los once millones de cubanos que viven dentro. A los dos millones que viven fuera. Todos tapados con cartones. Las viceversas nos habían jodido a todos. Urbi et orbi. Eran las tres y cuarenta de la madrugada y el frío reptaba por Corrientes, el frío era una serpiente. Una pitón. Una anaconda. Una boa constrictor. Uno de esos bichos de los que hablaba Quiroga. Todo eso en esta parte del mundo, el mismo mundo, pero invertido. En Cuba no alcanzarían los ventiladores, el aire sería caliente, lleno de sudores, era Cuba y las pieles serían resbaladizas, húmedas. Y si había un cartón era para echarse aire. Acá voceaban el frío, anacondas, puticlubs. Acá era todo un griterío. Y si había cartones con ellos te cubrías. El aire, gélido, reptaba por aquella avenida y engullía a un cubano. Un cubano debajo de unos cartones. Lo iba ensalivando. Con lujuria. Una boa lo devoraba y en su piel devoraba a todos los cubanos. A todos los cubanos del mundo. A los cubanos en street o en strasse. En urbi y en orbi. ¿Era linda la lupa de Balvanera?, quiso saber Diego. La boa devoraba también a una dominicana. A todas las dominicanas del mundo. Dije que era una muchacha preciosa. Y hablé a Diego de la frase, aquella, las putas no tienen patria, esa. La frase es buena, pibe, vaya a saber si la puta no se nos ha leído a Sartre, a los putos existencialistas. María Fernanda, dije, se llama María Fernanda. Me miró. La muchacha, así se llama la muchacha. ¿Qué muchacha, che? La de La Chacarita de Balvanera. ¿La puta? Asentí: y tiene patria, es dominicana. De esas hay muchas acá, che, si llega la derecha, ese Macri, tendrán que irse, la derecha es mala hasta para las putas. ¿Sabes que un dominicano fue el jefe de la guerra de independencia de mi país? Diego negó, con la cabeza, y me palmeó varias veces la espalda. Máximo Gómez, le dije, así se llamaba, el Generalísimo Máximo Gómez. Otra vez caminábamos por Corrientes, la calle de la que Roberto Arlt alabara la belleza, la calle de la vagancia, del atorrantismo, del olvido, de la alegría, del placer, una calle en la que una dominicana vendía su cuerpo y un cubano vivía a la intemperie, un cubano debajo de unos cartones. A un lado del subte casi tropezamos con una pareja de viejos. Fue entonces que pensé en aquella teoría, si una mariposa mueve las alas en el Atlántico se desatan tormentas en el Pacífico. Esa era la teoría. No recordaba el nombre. Las mariposas tenían que haber movido más de un ala para que un cubano terminara cubierto por cartones tan lejos de su isla. Las alas de las mariposas nos habían jodido. A los cubanos. A los dominicanos. A millones en el mundo. Una legión de mariposas debía de haber movido muy mal las alas. Las mariposas y sus alas eran una mierda. Hacían que de Dios llegaran las malas. Las peores. Siempre esas. Ya en el subte Diego quiso saber: che, decime algo, ¿por qué diste esa guita al pobre diablo? Lo miré, serio. Recordé esa otra frase, de Martí, el pudor de los afectos grandes, esa era la frase, la empleó en una carta a la madre, yo nunca la había entendido muy bien, la escuchaba uno desde la escuela y quedaba turulato, sin entender, el pudor de los afectos grandes. Decime, che… ¿por qué le diste esa guita? ¿Solidaridad? ¿Humanismo? ¿Gesto de buen samaritano? No te voy a decir, Diego. ¿No? ¿A este hermano no le vas a decir? Perdóname, Diego, pero no te voy a decir. ¿Top secret? Yes, dije: top secret. Quise traducir al inglés la frase, aquella, la de Martí, el pudor de los afectos grandes, pero no lo logré. Ya en la calle Diego me palmeó, varias veces, los hombros: ustedes los cubanos..., dijo. Y después: ¿de verdad hicieron una fiesta cuando hundimos el Sheffield? Asentí. Caminábamos ahora por la enorme 9 de julio, a un lado el Teatro Colón, al frente el Obelisco. El frío culebreaba, con fuerza, el viento porteño no dejaba de hacer chirriar la cuaderna de los huesos. Las boas aprietan, esa es la manera de matar de una boa. Descerrajar los huesos. El frío, unos cartones, un puticlub, todo apretaba, todo se hacía boa. Anaconda. Esos bichos de Quiroga. Las luces de Puerto Madero parpadeaban allá, un cartel, enorme y multicolor, dejaba ver un rostro sonriente: Macri, Presidente. A la mierda. Todos habíamos estado moviendo de alguna manera las alas. Todos la hemos cagado, pensé. No solo las mariposas. La izquierda, la derecha, el centro, los de aquí, los de allá, todos. Habría que fotografiar el alma. Dejarlas a la vista. Medio boas son ciertas almas. Aprietan. Saben que con ellas no valen las viceversas. Las almas y las alas. Ambas nos habían jodido. Sin viceversas. Vaya frío, che, por lo menos a vos lo mantuvo calentito una puta. Hundí las manos en los bolsillos y repetí el nombre, María Fernanda, dije, y hablé, hablé de un sitio, un sitio llamado Haina, una bahía, un sitio en el Caribe, y hablé de los ojos, unos ojos verdes, los mismos ojos de la madre, los ojos más lindos del mundo, dije que eso jamás podría cambiarlo alguien, ni la derecha ni la izquierda, ni los comunistas, ni los capitalistas, ni en streets ni en strasses, nadie iba a cambiar eso, por más que movieran las alas las cabronas mariposas. ¿Qué mariposas, che? Los dos nos reímos. El whisky, che, te hace desvariar, ¿de veras no querés decirme por qué le diste la guita al infeliz? No, Diego, no voy a decirte. Por tales secretos, bromeó, los milicos llevaban a la ESMA, che. Dije que no diría aquello en sitio alguno, ni en la ESMA. Ayer Diego me había llevado allí, si había un sitio de miedo la ESMA lo era. La mariposa movió las alas y voilá: la ESMA. La mariposa las movió y voilá: puso a un cubano a dormir bajo unos cartones, en Corrientes. Las movió para que una dominicana vendiera allí su cuerpo. La mariposa era una mierda. Un asco. Movía las alas y se desataba el pandemónium. De regreso a la habitación de mi hotel el mundo pesó toneladas, yo había aceptado tener sexo por dinero, había dado dinero a un compatriota sin siquiera darle un abrazo. Me fui a la ventana y la abrí, no me importó el frío, el viento aullante de la 9 de julio me contrajo el rostro. No sé cuándo me fui a la cama, me eché en ella y soñé, soñé con una dominicana y un cubano, una puta y un pordiosero, ambos en mitad de Corrientes, se tapaban con cartones, después llegaba una mariposa, un bicho de alas enormes, la mariposa movía las alas, las movía y era polvo de estrellas, polvareda rosa, las movía para que una dominicana se fuera a su Haina y un cubano a su Camagüey, y todos felices, todo happy end, el mundo ya no más del revés, la boa en fuga, pitón y anaconda derrotadas, la mariposa movía las alas y salvaba al mundo. Todos salvados, urbi et orbi. En street y en strasse. Desperté y otra vez me fui a la ventana. Las luces de Puerto Madero iluminaban buena parte del cielo. Fuera de la isla los cubanos lloramos. En la isla no lloramos ni muertos. Ni a palos. Afuera sí. Por eso lloré, acodado a la ventana de aquel hotel 4 estrellas, lloré mirando al cielo, aquel pedazo allá, Puerto Madero, las torres de vidrio y acero, aquel pedazo iluminado por el neón de los ricos, y al centro la estrella, la estrella del sur, era el nombre de un libro, un libro de Julio Verne, uno leído en mi infancia, miraba la estrella del sur y el llanto salía, el llanto no dejaba de salir mientras una dominicana puta y un cubano pordiosero se me iban metiendo poco a poco dentro.