Cuando muere un Escritor se nos ha muerto alguien con el que hemos compartido muchas horas, muchas letras, muchos libros, mucha soledad. Alguien que, a fibra de lecturas, de admirar todo cuanto ha escrito, de vivirlo, se nos ha hecho entrañable. Y grande, y admirado, y hasta cercano. Sin conocerlo cercano. Sin haberlo visto jamás amigo. Sin haberle confesado nuestras cuitas, nuestras desesperanzas, nuestro centro más recóndito —eso que de la mano de libros y de vida nos hemos creado y recreado dentro—, ha devenido confidente, confesor, cómplice, ser al que hemos dirigido vaya a saber cuántas preguntas para recibir de él, como se recibe de un amigo del que se reconocen preeminencias, no pocas  respuestas.

foto del escritor argentino abelardo castillo
A sus 82 años, Abelardo Castillo murió el pasado 2 de mayo. Foto: Internet


Abelardo Castillo ha muerto. Era un anciano. Tenía 82 años. Un mito nos dice que los escritores ni envejecen, ni mueren. Pero Abelardo Castillo, el hombre de los cuentos rotundos y magistrales, se nos ha muerto. En este momento rememoro, como en liturgia admirada, sus cuentos, y ello deviene, en turbión, homenaje. Respeto. Admiración por su obra y dolor por su partida. Y la remembranza nos lo devuelve íntegro, vivaz, eterno, joven, escribiendo otra vez una de sus historias, una que ya no leeremos jamás. Nos legó sus novelas, sus ensayos, su teatro, y, sobre todo —ahí me aventuro a colocar su divino centro— sus cuentos, el delirio, la fantasía, la tensión honda y frenéticamente humana de sus cuentos.

Muere uno de los grandes. Otro. Continúan marchándose ellos: los excelsos. Cuando muere uno de ellos quizá las Parcas, inmisericordes, jueguen a restarle un trozo al alfabeto. Pero si fantasmales y diabólicas son capaces de cortar el hilo, escueto, de la vida, no resultan capaces de trozar la vastedad de la Literatura. No. Contra Abelardo Castillo no pueden las Parcas. Hizo su obra. Negó a las Parcas. Negó a la muerte. Le sacó, danzante, la lengua. Correteando con el alfabeto se hizo eterno. Duerma en paz, Maestro. Sus lectores, agradecidos, no dejaremos de leerlo. Seguiremos llegando a sus libros con las preguntas de siempre para que, desde sus libros, no importa la maldad de las Moiras, sigan llegando, eternas, frescas, vivas y lozanas, como siempre, las respuestas.