La campesina María Esther Rojas Rojas solía, en las tristes noches del central Carmita, pasar cepillo por la espalda y plancha por el pecho a su hijo asmático. Medio siglo después, ella se convirtió en la primera entrevistada de un fascinante libro que aquel hijo escribió. Dueño ahora de un secreto que no pudo hallar él cuando niño, ni su madre amorosa, Ricardo Riverón descubre de una vez por todas en El ungüento de la Magdalena aquel remedio maravilloso, aquel único elíxir capaz de curar todas las dolencias: el humor…


“Más que curas erradas o certeras, lo primero que Riverón ha hallado es un lenguaje”.
Ilustración: Sigfredo Ariel

 

Según afirma en el texto Nicanor Molina: “Elefantes parecen las personas cuando se les inflan las piernas por la infrangitis: estas cogen un tonito marrón, medio parecido al caimito maduro. […] una infrangitis mal cuidada puede terminar en cangrina seca. Lo sé porque le pasó a mi mamá, que como es yabética la cogió la cangrina por una infrangitis mal cuidada. Figúrese: tuvieron que imputarle la pierna”.

Jorge Milián Borroto rememora su diálogo con Mundo, cuando supo que “a él lo cogió un trueno, y lo salvaron porque en el momento le enterraron medio cuerpo y le sacaron un cable de la cabeza a una piedra”.

“Cuando a Ramón el Loco —recuerda Sofía Caso— le daba por hablar con las gallinas y decir que había visto al diablo, como era un loco mansito, la familia le daba a comer sal”. Sin embargo, Jesús Mederos nos advierte que “cuando alguien coge un tin nervioso hay pocas formas de curarlo”.

“Una noche estaba lloviendo —explica Elba Zabalo, con empaque doctoral— y teníamos al niño con casi cuarenta de fiebre. Entonces mi abuela en su desespero le dijo al padre del niño: “¡Vete allá afuera, donde está la puerca parida, y recoge un poquito de la mierda de la puerca, más siete cochinillas y tráemelo todo para acá!”. Mi abuela lo puso en una latica y empezó a freírlo. Él se lo tomó bien y como a las dos horas la fiebre fue cediendo. Pero como le decía, si el enfermo es hembra, hay que usar la mierda de un puerco macho, y si es varón, hay que usar la de puerca, porque la mierda tiene que ser de sexo contrario”.

¡Qué festín del idioma es este insólito libro, qué festín del imaginario campesino cubano, qué fiesta de la libertad! Más que curas erradas o certeras, lo primero que Riverón ha hallado es un lenguaje.

Existen libros como Tres tristes tigres, de Cabrera Infante; como Martí a flor de labios, de Froilán Escobar; como El ungüento de la Magdalena, de Ricardo Riverón, cuyos autores primero tuvieron que encontrar o inventar el lenguaje en el cual la obra sería escrita. Si se ha llamado “habanero” al de Cabrera Infante, a este otro pudiéramos llamarle “carmités”. Es el central Carmita el punto de partida de tan feliz aventura, el entorno rural de buena parte de los testimoniantes, a quienes fueron sumándose en un coro gigantesco otros muchos pobladores de la región central. ¡Cuánto derecho tienen a teorizar acerca del tin nervioso o la infrangitis! ¡Cuánto respeto pone Riverón en escucharlos y hacer que sean escuchados!

No se burla jamás de ningún “disparate” de esos que afloran naturalmente en su verba, aquello que hizo —por ejemplo— Fernández Vilarós en Los negros catedráticos. Por el contrario, si un registro del habla es sometido aquí a una burla feroz es ese enrevesado y ultra técnico que con frecuencia exhiben los médicos frente a sus pacientes, de tal manera que nos demuestran lo mucho que ellos saben y lo imposible que resulta a cualquier simple mortal intentar comprenderlos. Definitivamente es más dinámico, más puro, más cálido, más auténtico, más eficaz el dialecto carmités.

Por esta vía se abre paso una raigal cubanía, que tiene otro asidero firme en ese ademán definitivamente nuestro de sacar risa del dolor, así como en un hondo más que pintoresco costumbrismo. Y no se trata simplemente de nombres o de apodos, de tipos populares, de chistes o remedios, sino también de un amplio y diverso anecdotario que le sirve de fondo al hecho de enfrentar esta o aquella enfermedad.

También Ricardo Riverón es un enfermo grave e incurable: lo aqueja el síndrome del feijoseanismo. Aquel loco radiante, aquel Sensible Zarapico, nuestro Samuel, comprendió que La Habana no era Cuba ni en un sentido demográfico ni en el más amplio sentido cultural y emprendió épicamente una cruzada para que al hombre del campo se le diera en todos los ámbitos un espacio, su espacio. Forjado en ese espíritu, Riverón nos entrega una pieza del Interior —incluso, decididamente villareña— al demostrar implícitamente una vez más que la unidad espiritual de lo que fue Las Villas no podrá fragmentarla ninguna división administrativa ni política. 

Con Feijóo de la mano, Riverón ha emprendido una aventura justiciera y, dentro de ella, ha hecho un hermoso desagravio al guajiro del ingenio.

Hace años acompañé al autor en uno de sus tantos regresos al Carmita. Vimos cómo descuartizaban en chatarra lo que antes fue el central, y en todas las miradas se leía el dolor: era como arrancar jirones de sus cuerpos, martillar sus recuerdos, triturar toda una filosofía, todo un orden jerárquico, un porqué de estar juntos, una razón de ser. Pero este libro viene a devolverles el orgullo. Y vean si lo ha logrado, que ha habido conferencias interrumpidas porque un alumno oye leer su nombre y se descubre personaje de esta fiesta. En acto de total pirandellismo, otros muchos reclaman una página, demandan que se incluya su anécdota, su nombre, su remedio, aquel descubrimiento propio que en el libro faltó.

Obra abierta, infinita, condenada a crecer hasta el delirio, destinada a aportar en el ajiaco de Ortiz lo iatrogénico, lo escatológico, lo totalmente surrealista, el Ungüento de la Magdalena tiene su antecedente mayor en el enciclopédico texto de José Seoane El folclor médico de Cuba. La diferencia esencial viene de que Seoane recogía seriamente los frutos de una terapéutica espontánea, y en los terrenos de su investigación cabía todo medicamento popular. A Riverón no le importa el remedio en sí, sino el remedio como chispazo gracias al cual queda encendida la hoguera del humor.

Que Seoane y Feijóo rompieron su amistad y se fueron peleados a la muerte… eso no es más que el capítulo villareño de algo que suele suceder cuando dos genios se aproximan. Pero este libro devino para ellos acto de reconciliación mágica y póstuma. Bastaría con eso para que ya El ungüento de la Magdalena mereciera todos los elogios. Bastaría con ello, y con el gesto humanísimo de pagar con un texto esplendoroso el sacrificio de una madre: la campesina María Esther Rojas Rojas, quien a un montón de kilómetros de un médico, en las noches más tristes de Carmita, le pasaba el cepillo por la espalda y le planchaba el pecho a su niño Ricardo Riverón.