De Fernando Butazzoni (Montevideo, 1953) nos llega su libro más reciente, La vida y los papeles (Editorial Planeta, 2016), una suerte de confesionario interesantísimo, dado el carácter azaroso —si se quiere— del avatar que es el mapa de su vida. En gran medida, la dificultad para encasillar este volumen en un género literario específico, aumenta la curiosidad por llegar al final de la lectura. No es un testimonio puro (al menos, no en orden cronológico), no es un reportaje —o no solo eso—; tampoco es una crónica, ya que salta en el tiempo, ni mucho menos una reseña, porque nadie en sus cabales cuenta su vida fragmentariamente, ni en retazos.

Es, en fin, el conjunto de pinceladas autobiográficas que los grandes escritores(as) regalan, sabiéndose amados (as). Y sí, Butazzoni es un narrador-periodista, cuyos libros motivan a todo público. En Cuba conocemos, sobre todo, sus espléndidas novelas El tigre y la nieve y Las cenizas del cóndor, ambas comentadas en esta revista. Su primer libro de cuentos, Los días de nuestra sangre, ganó el Premio Casa de las Américas en 1979, cuando él apenas contaba veinticinco años, y vivía en Holguín.


Portada del libro Vidas y papeles. Foto: Cortesía del autor


Tupamaro, apresado en Chile, entrenado en Cuba como artillero, guerrillero en Nicaragua, exiliado en Suecia, trabajador de Casa de las Américas, cuyo Premio inaugurara en 1990, Butazzoni es un hombre que está de vuelta de casi todo, como podría decirse.

El libro, dedicado a sus padres, no puede tener más gancho ni mejor introducción que las palabras tituladas Yo desnudo, de las cuales extraigo un breve fragmento:

 

“[…] Había quienes opinaban que yo tenía material suficiente: la revuelta del 68, los tupamaros, el Chile de Allende, el exilio en Europa y antes en la Cuba de Fidel, la guerra como artillero sandinista en Nicaragua, algunos premios internacionales, fracasos grandes, querellas con la izquierda y la derecha, polémicas llenas de infamia, películas y guiones, amigos divertidos, enemigos feroces, amores y odios. Entonces, ¿por qué no escribir acerca de esas experiencias?”

Efectivamente, estos temas, y muchos más, como una entrevista a José Saramago, la historia del traidor Ariel Ricci, la violenta muerte de Dan Mitrione, el Montevideo subterráneo, entre otros detalles, convierten La vida y los papeles en un material literario (de alguna forma he de nombrarlo) altamente apasionante. Cada capítulo cuenta una historia que supera a la siguiente, en términos de curiosidad, de noticia reveladora.

Si en el año 1972 Butazzoni huyó de su hogar, luego de una aterradora búsqueda por parte de los militares uruguayos, seis años más tarde se repetía la aparición de un carro militar frente a su casa: Unos policías fueron adonde él pernoctaba en la ciudad de Holguín, a darle la noticia de su Premio Casa de las Américas. Si sus novelas El tigre y la nieve, y Las cenizas del cóndor le prodigaron admiración por casi todo el planeta, su guion para la película Esclavo de Dios, estrenada en Venezuela en 2013, provocó que fuera acusado de difundir propaganda sionista y antipalestina.

Además de hacernos partícipes de sus viajes, de sus filias, de decepciones y de firmes arraigos, Butazzoni, fiel a sí mismo (uno puede quedar desnudo cuando escribe, a merced de la humillación, el ridículo, la ira o la indiferencia), se abre el pecho de su memoria, para decirnos Así fueron las cosas. Ojalá este confesionario se publique en Cuba, y que nosotros, fieles seguidores de la obra de este gran narrador, accedamos a una vida tan fértil como apasionante. Solo así, impediremos que lo verdadero, gracias al tiempo, quede sepultado por aquello que parece real.