Del brazo de su esposo, Raidel Hernández, hace entrada a la sala donde se elogiará una vida de poesía y de amor. Viste enteramente de blanco y lleva el pelo cuidadosamente recogido. Detrás del sillón desde donde asistirá al homenaje, una foto de ella, toda de azul, algún tiempo antes. A su lado Abel Prieto, Miguel Barnet, Antón Arrufat. A sus espaldas, escritores, amigos, familiares, lectores.

En sus manos, una carta que le enviara Raúl, agradeciendo el patriotismo, la valentía y la lealtad de su Canto a Fidel, de su poesía toda. En su pecho, la medalla que la reconoce con la Orden Félix Varela de Primer Grado. En el aire, las palabras de elogio, que son muchas, muchas.

Carilda, la Oliver, ha cumplido 95 años.Y no deja de sonreír. Ha llegado su turno de agradecer.

foto de la poeta cubana Carilda Oliver Labra
Fotos: Internet


Dice, entre risas y miradas pícaras, que ella no es esa poetisa que su marido nos ha hecho creer con palabras de elogio, que trata de confundirnos para que creamos que él se casó con una poetisa ilustrísima, y que a ella le da tanta pena desmentirlo que va a engañarnos también y decirnos que ella no ha escrito versos de verdad, porque ella creía que estaba jugando con la tinta y con la pluma, pero que entonces el alma se le olvidaba y eso qué remedio tiene.

“La pobrecita Carilda no tiene palabras para responder a toda esta habladuría hermosa que ha tenido lugar hoy aquí. Perdonen a toda esta gente que dice mentiras porque me quiere. Y el amor no debía ser así, pero es mentiroso —dice. Esta amiga que no sabe cómo agradecer el amor, porque el amor no se puede agradecer, el amor es como una flor que nace, y ¿quién le va a dar las gracias a la flor? ¿Quién? ¿Quién puede agradecerle a una flor el milagro de su nacimiento?”

“Así me pasa a mí esta noche, que voy cumpliendo mis 95, fecha que adoro, porque estoy viva en ella, y cuántas gracias le doy al señor por esta salud que todavía me da. Sí, no veo bien, no oigo bien, no hablo bien, no bailo bien, pero no me pregunten qué cosa hago bien porque no se lo voy a decir”.

Carilda Oliver Labra, Doctora en Derecho y Premio Nacional de Literatura 1997. Que escribió para el periódico El Mundo con el seudónimo Claribel Darío, anagrama de su nombre, a finales de la década del 30 del siglo pasado. Que en 1943 publica Preludio lírico, su primer libro. Que ha confesado que no recuerda qué despertó en ella la pasión por la poesía —“acaso Dios”, ha dicho—, y que comenzó en ella a los nueve años. Que Bécquer fue al primero que leyó. Que trascendió tabúes y prejuicios y escribió siempre la poesía que quiso escribir. Que los títulos Al sur de mi garganta (1949), Calzada de Tirry 81 (1987), Se me ha perdido un hombre (1993), Con tinta de ayer (1997), y Libreta de la recién casada (1998), son solo unos pocos que avalan la trascendencia literaria de la “novia de Matanzas”.

Que escribió:

Voy a verle:/ a las seis de la tarde,/ cuando los combatientes repasan sus fusiles/ y los adúlteros se acuestan con mariposas;/ a las seis de la tarde,/ sin luna,/ cuando por los cines naufragan las divorciadas/ y los obreros comienzan a bañarse./ A las seis,/ con temblor y relente,/ con bochorno,/ ciega como leche y sed,/ voy a verle./ Azogue en su mano,/ una extraña,/ qué poco de suerte,/ subterráneo para reírme a carcajadas./ Con un traje amarillo como si renunciara a la tristeza/ voy a verle.

Que asegura, de pie aún al frente de su auditorio, que cumplirá otros tantos.

“Perdónenme, recíbanme como soy, desnuda y para siempre, con mis 95, que creo que no los tengo, eso es mentira, cómo es posible que nos hayamos equivocado todos. Yo no tengo culpa ninguna, si Dios me hizo mentirosa, perdóname Dios mío”.