El Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos (ICAIC)

También en los primeros meses de 1959, se había creado el ICAIC.

Tan temprano como en 1962, ya habían aparecido más de un centenar de emisiones del Noticiero ICAIC Latinoamericano, verdaderos ejemplos del buen hacer; se había fundado la Cinemateca de Cuba con una impresionante programación, y protegiendo todos los fondos cinematográficos cubanos; habían sido publicados decenas de números de la revista Cine Cubano; habían aparecido también decenas de documentales con un lenguaje que prefiguraba toda una escuela cubana del género, de la cual podría hablarse con nombre propio, y que comenzaba a ser noticia en los grandes eventos cinematográficos, en los que abundaron, desde entonces, los premios y los reconocimientos.

El ejemplo total: Santiago Álvarez, una especie de ser de otra galaxia, que abrió fuego graneado hacia todas las direcciones. En ese año, llegó la magia irrepetible de Por primera vez (Octavio Cortázar, 1967). Definitivamente nos convencieron de que el documental tenía vida propia, y no sería ya, nunca más, el simple “complemento” de la “película” en los cines cubanos. 

A Julio García Espinosa se deben, por lo menos, dos grandes largometrajes: Cuba baila (1960) y Aventuras de Juan Quin Quin (1968). A Manuel Octavio Gómez, La salación (1965) —un tema “atrevido” para la época— y La primera carga al machete (1969). A Humberto Solás, apenas dos títulos le valieron reconocimiento inmediato: Manuela (1967) y Lucía (1969).

Pero, sobre todo, ahí estaba Titón. Siete filmes en esa década, entre ellos tres de los más recordados de toda la historia del cine cubano: Las doce sillas (1962), La muerte de un burócrata (1966) y el clásico de clásicos Memorias del subdesarrollo (1968).

Como si esto fuera poco, el ICAIC había logrado un subproducto extraordinario: la producción de carteles. Lo curioso es que aquel lenguaje rebuscado, siempre distante de la inmediatez ramplona de una buena parte de lo que aparecía como propaganda en otros sectores, era entendido por los más. El que no tuviera una buena colección de “afiches” del  ICAIC colgado en sus paredes, no podía aspirar a mucho.

Es acreditable también al ICAIC, y a la paciencia y sabiduría de Alfredo Guevara, la creación del Grupo de Experimentación Sonora, verdadero laboratorio creativo en el que todo sería posible, y que dotó al cine cubano de una personalidad sonora única y reconocible.

Inventando cuanto había que inventar, abriendo una perspectiva inconmensurable, el ICAIC nos propuso ver el mejor cine del mundo en medio de polémicas que, en oportunidades, trascendieron el mundo cultural para adentrarse en los muchos vericuetos ideopolíticos que una revolución naciente va generando por su propia naturaleza.

Anita Ekberg, ebria, se movía, con su sueca sensualidad, dentro de la Fontana de Trevi en el mismo cine en que Monica Vitti tenía aquella mirada siempre perdida; Cybulski era tan intenso como James Dean, un niño inválido disparaba a una paloma blanca, Jana Projorenko llenaba de ternura los últimos días de un joven soldado devenido héroe por casualidad y Tatiana Samoilova miraba pasar las grullas bajo un cielo encapotado.  Chrujai, Kalatosov,  Fellini,  Polanski,  Truffau,  Tony  Richardson, Saura,  Antonioni aseguraban llenos completos en  cualquier cine, incluyendo los llamados cines de barrio. Nada mal.

La literatura

Ya habíamos conocido a Ti Noel, el seguidor de Mackandal, y habíamos escuchado toda la “Sinfonía Heroica” en el Auditorium, metidos en la dolorosa persecución de El acoso.  Así nos fuimos preparando para las complicadas aventuras mundanales del iluminado Victor Hughes, y sus escarceos amorosos con Sofía. Carpentier. El realismo mágico. Un arte superior.

El senador Gabriel Cedrón afirmaba: “El país avanza, señores. ¡Esa es la situación!”, y Lisandro Otero arrancaba su trilogía cubana con un premio Casa de las Américas.

Habían comenzado a llegar algunos libros “medulares”. Los hombres de aquel general llamado Panfilov, estuvieron muchos años literalmente “en primera línea”. El espíritu aventurero de toda una generación saltó de los aviones cazas que piloteaban los “Halcones negros” directo a la carretera que llevaba a Volokolansk. 

Empezaron a ser como de la familia, todos los Buendía de Cien años de soledad, Aura y Felipe Montero, Pedro Páramo y Juan Preciado, el Jaguar y el Esclavo, la Maga y Rocamadour. Sabíamos, por Vallejo, que hay golpes tan fuertes en la vida como del odio de Dios y que Walt Whitman se cantaba y se celebraba, con toda la razón de saberse un ser humano; pero sobre todo que Neruda podía escribir los versos más tristes esa noche, pero nos estaba pidiendo un minuto sonoro para la Sierra Maestra, y que Juan Gelman reclamaba a gritos que se nos abriera la puerta de la historia para entrar con Fidel, con el Caballo.

Fayad Jamís había publicado Los puentes. Fue un descubrimiento. Todos anduvimos por París. Todos fuimos vagabundos de la ciudad, el otoño y el alba. Todos nos enamoramos de Kinnairam, la perseguida del cuento árabe para Mariannik. Pero a ese poemario accedimos solo después de que ya habíamos quedado desarmados cuando leímos, por primera vez, los poemas simples y directos de Por esta libertad (Premio Casa de las Américas, 1962) y nos convencimos una vez más de que habría que darlo todo, hasta la sombra, si fuera necesario, por aquella libertad de canción bajo la lluvia.

Fernández Retamar trataba de construir una escuela con las mismas manos de acariciarla (a ella, la eterna y desconocida musa de los poetas), se preguntaba si aquella voz de Benny Moré era ya la voz de nadie, y si en el futuro previsible habría bastón. Con las mismas manos (1962) fue el otro gran poemario de cabecera.

Ahí, al lado, teníamos a Jesús. Tipo del barrio, unía a su enorme talento y su necesidad de saber de todo, un notable carisma y unas extraordinarias dotes de comunicador. “¡Pendejo!”, decía el personaje. ¡En la primera página del libro! Como un mazazo. Algo tan inesperado como necesario. “¡Pendejo!”, dos veces más ¡en la misma página! Después vendrían uno tras otro, los diez relatos que conforman Los años duros (Premio Casa en 1966), la bengala, la clarinada que anunciaba el comienzo de una nueva literatura. Así lo sentíamos todos.

El Chino Heras había estado en Playa Girón y, en un pequeño libro de cuentos, dejó, mucho más que la épica de aquella gesta, algunas de nuestras vivencias definitivas, a propósito de seis jóvenes combatientes con sus seis nombres y sus seis circunstancias. El último se llama “Eduardo”, y narra la más profunda de sus tribulaciones: “Se acabó, la guerra ha terminado y estás vivo…”.

Víctor inmortalizaba los ya inmortales restos de las Ruinas de Pompeya y bendecía los muslos feroces de Bárbara, dondequiera que estuvieran, por los mismos días en que Guillermo nos ofrecía una deliciosa receta de amor, que nunca incluyó el matrimonio. 

El teatro

Sobreviviendo a su pasado reciente, ya Teatro Estudio se había asentado en el Hubert de Blanck, y ya habían logrado convencer a todos de que Fuenteovejuna fue quien mató al Comendador, que el teatro político no tenía que ser aburrido, y que el teatro cubano podía ser alimento de las grandes masas. Contigo pan y cebolla (Héctor Quintero) y más tarde La noche de los asesinos (José Triana) abarrotaban la sala y obligaban a repetirlas una y otra vez. 

Sartre y Simone de Beauvoir asisten al reestreno de Electra Garrigó; Virgilio Piñera sigue contando parte de su vida contradictoria en Aire frío y, en este mismo 1967, sus Dos viejos pánicos le darán el premio Casa de las Américas.

Camila no quiere que Ñico se vaya, lo “amarra”, lo persigue, pero algo está cambiando a su alrededor, y la lucha de lo que se prefigura como futuro contra ciertos atavismos ancestrales es inevitable. Santa Camila de la Habana Vieja (José Ramón Brene) se apodera de los escenarios, y entra en la televisión.

Estorino estrena El robo del cochino, Las vacas gordas y La casa vieja. Antón Arrufat recién estrena Todos los domingos, y prepara Los siete contra Tebas. Héctor Quintero vuelve con El premio flaco. Todo está listo para la entrada en escena de María Antonia (Eugenio Hernández), un clásico temprano del teatro cubano de la Revolución.

Nuevamente emprendedor y vanguardista, Vicente Revuelta encabeza la tropa que, bajo el nombre de “Los Doce”, ha comenzado el acercamiento a la técnica teatral de Grotowski.

En otro extremo, y buscando las razones para un teatro nuevo entre los montes de la Sierra del Escambray, en las pequeñas miserias y el heroísmo cotidiano, Sergio Corrieri y Gisela Hernández han comenzado a desplegar un movimiento que tendrá dimensiones extraordinarias. 

Los viejos sueños de titiriteros recalcitrantemente activos comenzaban a hacerse realidad en medio del Vedado, en la parte más baja del edificio más alto de Cuba. Del ingenuo y cubanísimo “Pelusín del Monte” al muy atrevido y lorquiano Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín, el Teatro Nacional de Guiñol se sumaba a la poderosa ofensiva teatral. 

Las artes plásticas

De muchas maneras llegaba el vigoroso legado de las vanguardias de la plástica cubana de décadas anteriores; pero nada nos sería tan cercano como el trazo fuerte y los azules intensos del mural de Amelia Peláez en la fachada del Habana Libre, paso obligado de la Universidad a La Rampa.

Los colores del carnaval, los que se posan sobre rostros perfectos de mujeres, los diablitos y otros santos populares, todos convulsionando en paisajes de una ciudad abigarrada en la que uno se reconoce y se extraña. Portocarrero había acaparado la visualidad del cotidiano habanero. Cabrera Moreno viaja de la pintura épica a la más delicada sensualidad expresionista.

Pero, sin dudas, el más popular es Raúl Martínez, el gran gurú del pop nacional. Para eso, bastaban las secuencias y reiteraciones de imágenes de Martí, que luego extendería a otros héroes como el Che, Camilo y el propio Fidel.

Es también exactamente en este 1967 que el famoso Salón de Mayo del Museo de Arte Moderno de Francia decide tomar La Habana. El Pabellón Cuba crecía en todos los imaginarios posibles, las nuevas aceras de La Rampa se llenan de cuadros empotrados en su granito, que la gente evita pisar, mientras la música iconoclasta de Juan Blanco intenta acompañar aquella instalación permanente.

Algunas publicaciones

Una buena cantidad de publicaciones llenan las librerías y los estanquillos. Es imposible buscar tanto en la memoria. Konstantinov, Roger Garaudy, Sánchez Vázquez, Louis Althusser, el Che,  Adam Schaft, Galeano, Regis Debray, Bertrand Russel, la teología de la liberación, Franz Fanon…

Tan cercano El Caimán Barbudo… tan lejana Teoría y Práctica.

¿Yo?

Febrero de 1967. ¡Todo eso está pasando por estas calles! A la velocidad de la luz. Y solo hemos vivido ocho años de Revolución.

Un año antes, caminando desde la parada de la 37, llegué por primera vez al Departamento de Filosofía, con mi camisa gris de trabajo y mis botas rusas… todo tan a la moda.

¿Cómo es que llegué a escribir en un libro de texto para la Universidad? ¿Cómo pude batirme de tú a tú con Michel Guttelman? ¿Cómo redacté una parte del “folletón” sobre política económica? ¿Quién me dijo que yo podía inventar ese primer curso de Estética en la ENA? ¿Qué hago sentado en la oficina de los asesores del Presidente del ICRT? ¿Cómo llegué a compilar con Eugenio  ese volumen trascendente de la revista  Referencias  en que por primera vez estarían juntos Teodoro Adorno, Umberto Eco, Gunther Anders y Armand y Michelle Mattelard, y una docena más de especialistas, para hablar de medios de comunicación masiva y de industrias culturales? ¿Cómo he podido prologar este tremendo volumen? ¿Cómo la Antología de Manuel Sacristán sobre la obra de Gramsci, o la edición cubana de Eros y Civilización de Marcuse?

No sé. No me lo creo.

Pero recuerdo bien cuando hojeé las páginas del primer número de Pensamiento Crítico, cuando sentí aquel olor de tinta fresca que era como los zapatos nuevos de mi infancia. Tenía entonces 24 años.

Recuerdo también la portada amarilla y violeta del número 41.

Parece que todo me pasó entre los 24 y los 27.

Hoy es febrero de 2017. Gracias a mis errores como filósofo, he conocido una buena parte del mundo, algunos de sus mejores y más famosos escenarios y estaciones de televisión; mucha gente me reconoce en las calles, me saludan al pasar, y siento que me quieren, tengo una excelente relación personal con Leo Brouwer y Frank Fernández, con Vicente Feliú y Adrián Berazaín, con Elito Revé y con los dos Alexander (el de Habana D´ Primera y el de Gente de Zona).

Pero sigo teniendo un extraño sentido de pertenencia. Ante cada reto intelectual, me pregunto qué pensarán Fernando, Aurelio, qué pensará Pedro Pablo, mi compañero de la CJC, qué habrían pensado el gordo Hugo o mi hermano Angelito.

No sé dónde se reúnen ahora los muchachos como Alejandro Gumá, a quien debo la gentileza de haberme invitado al coloquio y a decir algunas de estas cosas. Donde quiera que sea, y a pesar de todo… ¡espero que haya 25 sabores!