El pasado viernes 30 de junio, desafiando el calor de un verano que se empeña en ser el más cálido de la historia, me llegué hasta el Museo y Teatro de Títeres El Arca, ubicado hace ya más de cinco años en la Avenida del Puerto y Obrapía, en la Habana Vieja. La institución cultural propuso una suerte de espectáculo-recuento titulado Mi vida en el retablo, que bajo la dirección de Sarita Miyares, celebró los 58 años de vida artística de la maestra titiritera Miriam Sánchez.

 


Invitación al espectáculo dedicado a la actriz Miriam Sánchez Fotos: Cortesía del  autor


Hermosa y sentida forma de agasajar a quien tanto y bueno nos ha entregado desde que en 1959 se integrara al elenco del Teatro de Muñecos de La Habana, creado por Luis Interian, hasta formar parte del Teatro Nacional de Guiñol en 1972. Lo primero que uno evoca cuando se menciona su nombre sonoro y sencillo es el timbre especial de su voz. Pocas mujeres han nacido en la Isla con esa emisión inconfundible que tiene de niño, niña, duende, estrella titilante y hasta de fantasma.

El sintético recorrido escénico por una trayectoria aplaudida y reconocida múltiples veces en festivales y concursos nacionales e internacionales, incluyó a personajes de las obras Pluff el fantasmita, Caperucita, Bebé y el Señor Don Pomposo, Estampas cubanas, Cuentos con caricias, y por supuesto Los tres pichones. Junto a la maestra, estuvieron en las tablas y el retablo la propia Sarita Miyares, colega teatral de la Sánchez en varias ocasiones, junto a las jóvenes actrices titiriteras YanelisVignier y Rigel González, alumnas de la homenajeada e integrantes de la compañía anfitriona de la puesta en escena.

Se menciona de golpe 58 años de vida en el retablo, pero las diversas generaciones que la han aplaudido, junto a los artistas, investigadores y curiosos del teatro de figuras, saben bien que hay mucho más, un cúmulo de vivencias y entregas marcadas con el fuego de un talento inusual, arropado por un carácter campechano y sincero, sin ínfulas o vanidades innecesarias.

La periodista Nati González Freire, elogiaba en octubre de 1966, en el periódico Granma, la concepción, voz y manejo justísimos de su personaje espectral y protagónico en Pluff el fantasmita, un hermosísimo e inteligente texto de la dramaturga brasileña Maria Clara Machado, llevado a escena desde el Teatro de Muñecos de La Habana, por el desaparecido director artístico Roberto Fernández, diseñado por Jesús Ruíz, otro ausente presente, y  con música de Eduardo Ramos. Miriam obtuvo junto a ellos los principales galardones del 1er. Festival Nacional de Teatro Infantil y de la Juventud, celebrado en La Habana en 1966.


Miriam Sánchez primera a la izquierda. Obra El perrito travieso.


En varias oportunidades Roberto Fernández la volvió a convocar para personajes tan especiales como Pelusín del Monte o Caperucita Roja, pues la Sánchez puede ir del pilluelo guajiro creado por Dora Alonso, a la avispada y encantadora pequeña imaginada por el francés Charles Perrault. Sin embargo el montaje de Fernández que la vuelve a catapultar a planos altos de popularidad y reconocimiento, fue el unipersonal “Los tres pichones”, versión teatral y titiritera del cuento de Onelio Jorge Cardoso, estrenado en febrero de 1982, como miembro del Teatro Nacional de Guiñol. El crítico y periodista Rafael Hernández, en El Diario Marks, de Lima, Perú, noviembre de 1985, expresó sobre este espectáculo: Un trabajo de inmensa ternura (…) llevado al escenario por Miriam Sánchez, quien lo resolvió con imaginación y delicada fantasía.”.

Otros unipersonales llegaron para realzar su maestría en la actuación y el manejo de los muñecos. Bonita y el mar y Los huevos de Doña Coruja, otra vez a las órdenes de Roberto Fernández, en los años 90, y Cuentos con caricias, dirigido por el novel Raul Rodríguez, uno de los primeros acercamientos nacionales al teatro de objetos, riesgo que la Sánchez sorteó con la pericia y el arrojo escénico de siempre. En el 2012, en Uruguay, tuve el inmenso privilegio de volver a verla brillar con la historia de los tres pichones marineros, tan vital como hacía tres décadas atrás, en el momento de su estreno.

Mi vida en el retablo mostró durante casi una hora su sabiduría y amor por el arte de la titerería, también, según la propia maestra, el anuncio de un adiós de los escenarios. Miembro de Honor del Centro Cubano de la Unión Internacional de la Marioneta (Unima) y personalidad homenajeada en la edición del Taller Internacional de Títeres de Matanzas (Titim), en 2008, entre otros estímulos, todos merecidos, caí en la cuenta de que tras más de cinco décadas de labor profesional, a Miriam Sánchez nunca se le ha otorgado la Distinción por la Cultura Nacional. Su impecable trabajo por toda la nación y en diferentes países de Europa y Latinoamérica, la hacen acreedora de ese galardón patrio.

Confío en que esta nueva puesta en escena no será una despedida definitiva de la profesión que Miriam tanto quiere y respeta, también en que más temprano que tarde podrá ostentar en su pecho de auténtica artista cubana, la medalla que la reconoce como tal, con una vida dedicada a los retablos y mucho, muchísimo más.