Arte y beisbol: el batazo sideral de Jorge Bermúdez

Quiero empezar hablando del autor cuyo libro presentamos hoy, el Dr. Jorge Bermúdez, en clave literaria y beisbolera, como corresponde a su maravilloso texto titulado El beisbol en la plástica y gráfica cubanas. Antología visual.  Cuando Manolín le preguntó a Santiago, en las páginas de El viejo y el mar,  quién era mejor, si Adolfo Luque o Miguel Ángel González, el viejo pescador le contestó con irresistible candor: “Creo que son iguales”. Algo de ambos brillantes exjugadores y directores observo en la personalidad de Bermúdez, pues él tiene la inteligencia y la cubanía de Luque, y también la modestia y gallardía de Miguel Ángel, dos manes tutelares de nuestro beisbol de todos los tiempos. Con ello quiero decir también que es un gran amigo y un extraordinario investigador, al que debemos ya una apreciable contribución a la historia de la gráfica y las artes plásticas en nuestro país, como lo demuestran, entre muchos otros títulos, sus exquisitas antologías visuales dedicadas a Martí, el Che y Lezama, o su impresionante monografía consagrada a Conrado Walter Massaguer. Asimismo es una criatura generosa, que comparte sus múltiples saberes con quien se lo pida, un gran conversador y una gente campechana, que guarda toda su grandeza bajo un semblante humilde y risueño.


Foto: Archivo La Jiribilla


Otra virtud de Bermúdez es que es mi coterráneo, oriundo de Ranchuelo, un pintoresco pueblo situado a menos de 20 km de Santa Clara, donde como reza la dedicatoria del libro, su padre, pitcher y obrero cigarrero, seguía a los  Dodgers de Brooklyn cuando todo el mundo admiraba a los Yankees de Nueva York. Como es conocido, los Dodgers fueron el equipo que rompió la barrera racial en las Grandes Ligas cuando firmó a Jackie Robinson en 1947, con el mítico número 42 en la espalda, hoy retirado de todas las franquicias del beisbol organizado del máximo nivel en Estados Unidos.

Cerca de Ranchuelo está Cruces, la tierra sagrada donde descansan los restos de Don Martín Dihígo, el Maestro Inmortal, y también Santa Isabel de las Lajas, donde reposa el gigante Benny Moré, que hermanó música y pelota en su enorme plenitud como artista. En Ranchuelo está en pie todavía el enorme edificio de la fábrica de cigarros de Trinidad y Hermanos, la segunda mayor de Cuba y que empleaba más de 500 obreros, entre ellos al padre de Bermúdez. Sus dueños eran propietarios del Banco Mercantil de Ranchuelo y también de los terrenos de beisbol más importantes de Santa Clara y Cienfuegos, me refiero a la Boulanger y Aida Park, los que fueron remodelados y rebautizados en la primera mitad del siglo XX con el nombre de la firma cigarrera; es decir, hay un momento a fines de los años 1930 y comienzos de los 40, que ambos se llaman Estadio Trinidad y Hermanos.

Permítanme una última digresión, Aida Park se llamaba así por la ópera de Verdi, y en Santa Clara hubo un equipo llamado Tosca en alusión al melodrama de Puccini; en este último actuó el gran Alejandro Oms, capitán inmarcesible de los Leopardos de Santa Clara, el equipo de pelota cubano más grande de todos los tiempos, y que seguramente el padre de Bermúdez vio jugar, cuando fascinaban al público en sus  incursiones por la geografía villareña. En aquel conjunto estuvo también el gigante negro estadounidense Joshua Gibson, que conectó más jonrones que Babe Ruth y fue autor de un batazo descomunal de 700 pies en la Boulanger Park, y que aquí verán llevando la pelota un poco más lejos… hasta la luna de Méliès.  


Estamos en presencia de un volumen imprescindible y de un vademécum espléndido de historia cultural del beisbol en Cuba, en fecundante cercanía con la gráfica y la plástica insular. Y subrayo aquí el concepto de historia cultural, porque la pelota es sobre todas las cosas un elemento esencial de la cultura cubana, de nuestra identidad como nación y forma parte de sus esencias más profundas y permanentes. Es asimismo una fuente inagotable de creación para el imaginario popular, vigente de manera indiscutible en el lenguaje cotidiano, en la gestualidad y en la música, pero también domina un lugar importante dentro de la ciudad letrada y, en el caso que nos ocupa, en la metrópoli inquieta y cosmopolita de los pintores, escultores y artistas gráficos.

El plato fuerte de este prontuario, tratándose de una antología visual, son las obras de más de 50 creadores, varios de ellos premios nacionales de artes plásticas y otros que lo serán en el futuro. Estos trabajos tienen con la pelota una relación intensa y diversa, plural, filosófica y coral. En pocas ocasiones el tema aparece explícito o canonizado, la mayoría de las imágenes son representaciones donde se entrelazan visiones existenciales, oníricas, eróticas, fantásticas, esotéricas, irreverentes, desacralizadoras o intertextuales. El carnaval de Bajtín, los paratextos de Genette y la literariedad de Roman Jacobson están inscritos como palimpsestos o explorados sutilmente en la inmensa mayoría de los trabajos pictóricos elegidos por Bermúdez, que, huelga decir, pudieron ser muchos más.  Estamos en presencia de una apropiación estética variopinta del juego de pelota, con múltiples acercamientos y miradas, desde la perspectiva y la agudeza propias de cada autor, a una dimensión espiritual y ontológica que trasciende con creces el terreno de juego.

La lista de creadores que aparecen en la antología es extensa y no sería justo enumerarla prolijamente. Los hay de todas las promociones: clásicos, modernos, contemporáneos y posmodernos, y de todos los credos estéticos. Aquí se dan cita, en un equipo Todos Estrellas, Massaguer, Jaime Valls y Rivadulla (padre e hija), Antonia Eiriz  y Lesbia Vent Dumois,  Ever Fonseca y  César Leal, Pedro Pablo Oliva y Rapi Diego, Bonachea y Alicia Leal, Choco y Rancaño, Montoto y Julio Neira, Alpízar y Fabelo, Kcho y Abela, Juan Padrón y Vicente Hernández, Ares y Tamayo, Ángel Fernandez y Mario García Portela, que cierra junto con Bermúdez, en un guiño travieso, con un jonrón manigüero conectado entre ambos. Entre toda esta pléyade de cuartos bates, quisiera detenerme en la obra de un pintor, Reynerio Tamayo, que no por casualidad es el ilustrador de cubierta. Como he dicho en otras ocasiones, Tamayo es el artista que con mayor dedicación ha pintado el beisbol en Cuba, y ha recreado su riqueza polisémica con talento, humor, ironía y sobre todo con una especial sensibilidad.

De las casi 100 obras recopiladas en este tratado artístico, no menos de diez le pertenecen, pero de su autoría son muchas más, y entre ellas destaco ese majestuoso cuadro que lleva por título El cuarto bate, un profundo homenaje al beisbol como parte del arsenal simbólico de lo cubano de raíz popular, asociado aquí a esa otra gran alegoría de nuestra espiritualidad que es la Virgen de la Caridad del Cobre. Desde ahora anuncio que Tamayo prepara una gran exposición de tema beisbolera para el próximo año, cuando se celebre el IV Clásico Mundial de pelota, y varias de las obras que mostrará allí, estoy seguro que formarán parte de la segunda edición, notablemente ampliada, que auguro tendrá este libro.

Una última cuestión, que se me antoja de un hondo simbolismo, me recuerda que un día 3 de septiembre, pero del año 1867, el periódico Aurora del Yumurí, de Matanzas, publicó una reseña mínima de un partido de pelota, disputado dos días antes en los terrenos del Palmar de Junco, y que constituye hasta el presente la evidencia escrita más antigua de un desafío beisbolero celebrado en nuestro país.

Y ahora solo me queda invitarlos a que adquieran el texto, bellamente  impreso por Arte Cubano Ediciones, que no dejen de leer la enjundiosa y erudita introducción, que más que un proemio es un verdadero ensayo sobre el lugar del juego de pelota en la historia de la cultura cubana, y agradecerle mucho a Jorge Bermúdez por este hermoso regalo que nos hace a todos los que amamos el arte, y creemos y soñamos con el beisbol.