Arian García: La obra soñada no existe

Arian García anda por estos días sumergido en tres colores: el blanco, el azul y el rojo. Y es que intenta robustecer una serie —comenzada hace un tiempo—  que tiene en su centro a nuestra bandera cubana.


Fotos: Cortesía del Artista


Sobre la venerada enseña nacional, sus inicios y otros temas, conversamos con el diseñador gráfico, pintor y escultor, quien es graduado de la prestigiosa Academia de Artes de San Alejandro (1993) y del Instituto Superior de Diseño Industrial (1996).

“No es un cliché: de niño siempre me gustó dibujar y todas mis libretas estaban llenas de garabatos; le hacía caricaturas a los profesores y por eso me busqué más de un problema. Pero no tenía idea de que iba a ser artista. De hecho, mi vocación era hacia las ciencias; quería ser físico nuclear y esa carrera se estudiaba en la antigua Unión Soviética. Estuve a punto de optar por ella, pero mis amigos veían que tenía mucha inclinación al arte, incluso, en las vacaciones, mientras todos se iban para fiestas y playas, yo me quedaba en casa dibujando y haciendo maquetas.

“Ellos fueron los que verdaderamente me embullaron para que me presentara a los exámenes de San Alejandro, porque en mi familia nadie tiene que ver con el mundo de las artes visuales —mi madre es oftalmóloga y mi padre militar, ahora retirado—. En aquel entonces existían las escuelas elementales de arte y tenía mucho temor, porque sabía que había muchachos que se estaban formando y preparando desde la primaria. Me arriesgué y aprobé”.

¿Nunca tuviste profesores particulares?

Solo unos quince días antes fui a la Casa de la Cultura del Cerro y hablé con un profesor; le dije que nunca había dado una clase de dibujo ni pintura, y que no tenía la menor idea de ese mundo. Nunca olvidaré a ese maestro, Amador, ya fallecido; él me dijo: “Te voy a dar una preparatoria elemental”. Me ofreció los rudimentos básicos y con el mínimo de conocimientos me presenté. En aquel entonces los exámenes eran muy rigurosos y felizmente aprobé.

Al mismo tiempo, había hecho los exámenes en el ISDi. De manera simultánea, me entero que me habían otorgado las dos carreras. Como era un adolescente, mi mamá tuvo que ir a hablar para que me autorizaran a hacer las dos carreras en paralelo —en el curso diurno iba al ISDi y a San Alejandro por la noche—.

Debe haber sido difícil saltar, en un mismo día, de lo más riguroso de la academia hacia el diseño. ¿Nunca sentiste un cortocircuito?

No, aunque confieso que era complicado. Hay personas que piensan que el haber estudiado en San Alejandro y después ir a una escuela de diseño tiene mucho que ver. No. Hice la especialidad de diseño informacional —que se conoce más como diseño gráfico— y no tiene nada que ver. San Alejandro me dotó del pensar como artista, y otra cosa es el pensar como diseñador. Siempre digo que son dos pieles diferentes, es decir, cuando diseño soy uno y cuando pinto soy otro. Tuve un profesor de dibujo en San Alejandro, Eugenio de Melo, que siempre me decía lo mismo: “¡Decídete, o eres artista o eres diseñador!”. Y yo siempre le respondía lo mismo: “Quiero pintar y también diseñar. ¿Acaso no son ambos artistas?

Cultivas un paisaje urbano muy particular…

No me considero un paisajista académico. Lo que hago es un paisaje más expresivo y, quizá, hasta melancólico. Soy un apasionado, un amante de mi ciudad, aun con todos los problemas que tiene y esos tonos grises con que la siento. Y así es como la pinto. Mis paisajes son urbanos y gran parte de las piezas son casas que existen en la vida real.

¿Fotografías las casas y luego las pintas?

En muchos casos sí. La exposición 358 —que se exhibió en la galería del Hotel Ambos Mundos, en La Habana colonial, y que incluyó 16 piezas— fue de casas fotografiadas. El proceso fue así: salí por las calles de La Habana a fotografiar casas que tuvieran un elemento común, es decir, que estuvieran en ruinas o deterioradas, y en las que se viera la huella del tiempo marcado sobre ellas. Pero eran casas en las que siempre vivía alguien y donde había una fe, una esperanza, una luz de vida. Esas fotografías las llevé a la obra e, incluso, en esa exposición —al lado de la obra pictórica— coloqué la fotografía a modo de referencia. Por otro lado, los títulos de las piezas eran los nombres de las calles, pero las unifiqué con el número de mi casa, que es el 358; por lo tanto, todas tenían ese número identificatorio.   

¿358 es una serie?

Sí, es una serie infinita porque nunca voy a dejar de pintar este tipo de casas; también hago fachadas, balcones, puertas —que me fascinan—, así como plazas, plazoletas y entrecalles, a las cuales les incorporo muchos elementos simbólicos que, creo, hacen mi arte bastante conceptual. Quizás ahí se me sale un poco lo de diseñador, en el sentido de que siempre trato de justificarlo todo y no dejar al libre albedrío o a la imaginación, sino que intento encontrar elementos que aten o halen en la búsqueda de algún concepto. Siempre son símbolos muy sutiles dentro de las piezas, pueden ser una simple sombra o una señal de tránsito.

En lo personal, ¿cómo asumes los códigos del arte conceptual?   

El artista debe y tiene que de ser responsable, consecuente y respetuoso con lo que hace. El término arte conceptual y sus significantes es muy paradójico, entre otras cosas, porque la palabra concepto es muy abstracta.  Sucede lo mismo que con el término estética: hay que tener en cuenta que la estética de Platón no es la misma que estamos viviendo hoy día. El arte conceptual y la estética agrupan muchas maneras de hacer y, a veces, a cualquier pieza la quieren encasillar, a la fuerza, en la categoría de arte conceptual.  

El arte conceptual tiene que tener, intrínsecamente, una marcada carga de ideas y un discurso claramente justificado. Es un arte que, quizás, se aleja un poco de los cánones de la academia y hace un uso mayor de los materiales, las tecnologías, y de elementos que pueden transmitir un concepto de una manera mucho más limpia, depurada y directa.

Entre los símbolos que empleas con frecuencia, sobre todo en la obra más reciente, está la enseña nacional. ¿Puede considerarse la bandera una serie?

Sí. Amo a mi patria y a mi bandera, que es muy hermosa. Pienso que trabajarla, abordarla y plasmarla en la obra es una forma de rendirle tributo y respeto a todo lo que puede significar. Detrás de los tres colores —rojo, blanco y azul— hay conceptos.

Es una serie que estoy haciendo, en la que mezclo la bandera con elementos simbólicos que transmiten mensajes que pueden estar unidos a la historia de la nación. Tengo una pieza en resina titulada Ser mariposa un día cuesta siglos de oruga, que es una crisálida, es decir, el capullo de una mariposa. Dentro tiene una bandera cubana y alude al nacimiento de la nación. Una nación no se fragua de la noche a la mañana, sino que tiene que pasar por innumerables momentos difíciles, incluso de dolor, para luego poder brillar.

En tu condición de diseñador, que es una especialidad concreta, ¿cómo es el proceso para llegar a la abstracción, que también cultivas? 

La abstracción siempre ha sido muy polémica. Para algunos, de manera errónea, puede considerarse algo fácil en su hechura, pero realmente es muy complicada. Hay que tener el tino de saber seleccionar el color, la forma, la pincelada y la textura adecuada para poder expresar lo que uno desea. Primero, hay que tener un pensamiento marcadamente abstracto, es decir, saber seleccionar el concepto para, a partir de ahí —y sin el apoyo de la figuración—, poder armar un discurso auxiliándote en la psicología del color, una determinada línea (ya sea horizontal o vertical). También juega su papel el temperamento del artista a la hora de plasmar lo que significa ese concepto. La síntesis también es muy importante y engloba todo, porque si te diluyes en muchos elementos, se pierde la efectividad del mensaje, que debe ser claro y directo.

¿Cuál es la obra soñada?

Para mí, la obra soñada no existe, aunque diariamente la busco. Tal vez un día la encuentre, o quizás no. Eso no es lo que más me preocupa.