Ares no es –precisamente– Charlie

El atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo, en 2015, fue el colofón de tensos períodos de confrontación entre la burla satírica, casi siempre satánica, que implicaba al Islam, aunque ello a través de determinadas conductas de personas que se focalizaban como representativos de esa religión. Desde el punto de vista del canon cultural occidental, la norma de la publicación raya en lo osado y lo grotesco, pero no en lo blasfemo: defiende su anárquico ateísmo y sostiene su legitimidad en el derecho a la libertad de expresión que el Occidente global ha legitimado. La religión islámica, mucho más metonímica que el cristianismo —relacionado sobre todo al uso de símbolos, imágenes y fuentes—, ve en su actitud un sacrilegio cuyo castigo cardinal es la muerte. Así, las bases del fundamentalismo certifican la conducta fundamentalista.
 

 “Ares es uno de los artistas cubanos que mejor dignifica el humor gráfico.”
 Foto: Cortesía del Autor

 

Cualquier persona medianamente culta e informada reconoce el proceder en sociedad de estos elementos y puede diferenciar, por separado, al mono y la cadena. Es un conflicto arraigado en la diversidad del canon cultural que no se soluciona con asertos ni, muchos menos, con llamados a un orden ciudadano que no demuestra el respeto necesario por sí mismo.

 Las bases de la propia sátira hacia el interior de la sociedad europea lo evidencian. Los dibujantes de Charlie Hebdo no estaban ajenos a la tensión y el riesgo que corrían: habían vivido conflictos anteriores y sabían, incluso por amenazas públicas retransmitidas por la prensa, que podían ser víctimas de terrorismo.

Caro lo pagaron los caricaturistas Cabu (Jean Cabut), Charb (Stephane Charbonnier), Director del semanario en ese momento, Tignous (Bernard Velhac), George Wolinski, el economista Bernard Maris (Oncle Bernard), la columnista y sicoanalista Elsa Cayat, y el corrector Mustapha Ourad. Son las víctimas mortales del atentado que formaban parte del staff de la publicación.

Tres años después, la intensidad de la repulsa al acto terrorista ha disminuido y el boomerang de la siempre manipulada libertad de expresión presiona al semanario. Una encuesta citada por el Diario El País refiere que un 38% de los encuestados considera que siguen yendo lejos con sus caricaturas, aunque el porciento que lo legitima duplica ese algoritmo. Hallamos en sus páginas, sobre todo en portada, un humor corrosivo, marcado por la recurrencia al exhibicionismo de los genitales y sus usos metonímicos, una profusa irreverencia anárquica, de caos paradójico, y un discurso gráfico denotativo que en ocasiones se convierte en simple. La vertiente satírica apuesta más por resaltar las conclusiones de codificación que por buscar la vivaz complicidad del receptor en otros sentidos de significación posible.

Los humoristas cubanos se sumaron a la campaña de repulsa denominada “Je suis Charlie” que siguió al atentado en 2015. De esas manifestaciones de solidaridad procede la exposición homónima de Ares (Arístides Hernández), uno de los artistas cubanos que mejor dignifica el humor gráfico y que más proyección universal ha demostrado en su obra. El escueto suelto que funge de catálogo la presenta con el dibujo que Ares publicara al efecto, inmediatamente después del trágico suceso. Por circunstancias de coordinación no bien dispuestas, anodinas acaso pero muy naturales en el medio de la curaduría cubana, se retardó hasta el tercer aniversario. La Casa Víctor Hugo (O'Reilly 311 e/ Habana y Aguiar, Habana Vieja) la ha acogido, con el patrocinio de la Oficina del Historiador de la Ciudad, Patrimonio Cultural, y Cuba Coopération (France). Se divide en dos áreas asociadas para su recorrido: en la planta baja el conjunto de las obras del autor y en la alta los facsímiles de las páginas de las publicaciones francesas que han incluido a algunas de ellas. Es una inteligente decisión de la curaduría, a cargo de Lisa del Prado, pues sobrepasa la intención inmediata de revelar su alcance universal como humorista gráfico, para mostrar, en la página misma de los rotativos, la superioridad de la visión pictórica de Ares. Así lo exhibe y lo demuestra el diseño de la plana del Currier International que ilustra los envíos de solidaridad con el semanario y repudio al atentado. En ella, el dibujo de Ares preside y domina el conjunto, marca la esencial diferencia de elaboración estética y semiótica y define con arte el valor de la repulsa.

El “Je suis Charlie” de Ares que se exhibe en la Casa Víctor Hugo recibe al espectador con un conjunto de obras que apenas se relacionan con la norma del semanario al que rinde homenaje, ni en el estilo del dibujo ni en los recursos de expresión. Son piezas en las que el pensamiento, la crítica y la sátira, fluyen imbricadas con el ingenio del sentido y el esmero del trazo. La síntesis de códigos que el humor necesita para serlo, se da con naturalidad en el conjunto. Un tópico esencial se erige en conductor: la libertad de expresión.

La denuncia de Ares es, además de precisa en su sentido semántico, universal en el manejo de elementos relativos. No hay facilismo en la búsqueda de significados concretos y, sin embargo, no es recóndito el ejercicio al producir el sentido. Los escasos textos que comprometen el significado de alguna que otra pieza se reducen a las palabras “yes”, “no”, “news” y, en solo un caso, la frase “You are here”. Todas, como puede apreciarse, de un alcance que pasa –globalización mediante– más allá del alfabeto y las lenguas de Occidente. La cardinal diferencia entre el modo de Ares y el de Charlie Hebdo parece, en primera instancia, una lección de arte; en segunda, una defensa del ejercicio del valor en la denuncia misma. Lejos del populismo inmediato y del apego a los códigos globales, Ares consigue colocar en paredón los modos esenciales que someten la libertad de expresión, como la manipulación cínica que ejerce con la ciudadanía la prensa, la televisión y los canales actuales de comunicación masiva, como las redes sociales de Internet.

El dibujo en que muestra a un Diario como pared de prisión a cuyos barrotes de aferra un par de manos, concentra el contenido de este tópico. Al tiempo que abunda en elementos de información para lograr la significación precisa, la metáfora es sintética en su concepción pictórica, demostrando que el uso del tropo puede llevar a un mismo tiempo alcance popular y profundidad en su sentido.

Al tópico de la libertad de expresión se une el de la anomia ciudadana, en ciertos casos en obras que parecen aislarse del motivo central y en otros en detalles de relación que van a acompañar a ese motivo. La que presenta a un grupo de manos que filma con sus celulares una explosión, revela la falta de responsabilidad ciudadana que permite los ámbitos de manipulación y cierre de las libertades que esos mismos ciudadanos debieran defender. Contemplar la explosión que nos destruye resulta, por ende, más atractivo que evitarla. También se unen a esta vertiente la obra que nos muestra a un rostro que es un símbolo de Facebook o la que hallamos en la plana del Currier International de noviembre de 2003.

Hay además en el conjunto de obras que el “Je suis Charlie” de Ares nos regala, la habitual poesía de sus dibujos y la chispa vibrante que el absurdo humano recibe como chiste. Circunstancia, motivo y entramado social se funden en la obra de Ares; dan fe, por fortuna, de que el humor es, y debe ser, un modo digno de expresión artística. Vale la pena darse el salto a la apretada Habana Vieja y quedar, luego del agradable recorrido que depara tan desagradable tema, con la esperanza de hallar de nuevo la obra de Ares en un salto más universal y concentrado que le otorgue el sitio que a veces la crítica parece escamotearle.